PRIMER CENTENARIO DE LA CONSAGRACIÓN DE MÉXICO AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

Publicado el enero 16, 2014 » Categoría: Destacados, Noticias, Sin categoría |

UNA SIGNIFICATIVA EFEMÉRIDE

PRIMER CENTENARIO DE LA CONSAGRACIÓN DE MÉXICO AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

Pbro. Tomás de Hijar Ornelas

Cronista de la Arquidiócesis de Guadalajara

Fuente: Semanario Arquidiocesano de Guadalajara Nº 885

Se da cuenta en estas líneas cómo a la Marcha para festejar la Proclamación de la Realeza de Cristo sobre México, el 11 de enero de 1914, detonó una nueva era de persecución religiosa en la República.

Hace cien años, los habitantes de este país se vieron envueltos en el estado de anarquía derivado del desmantelamiento del Gobierno del General Porfirio Díaz Mori y de la paz artificial que, a sangre y fuego, había impuesto este gestor supremo de la Nación durante más de tres décadas, demostrando con ello que la armonía social es algo insostenible sin la equidad y la justicia.

Le sucedió un convencido demócrata, Francisco Ignacio Madero González, quien se dio a la tarea de remover las restricciones a la libertad de expresión y al derecho de asociarse con fines políticos; pero, desafortunadamente, no implementó planes inmediatos y eficaces para frenar la voracidad de los latifundistas ni propuso una legislación laboral mínima ni reconoció derecho alguno a los pueblos indios, que su antecesor quiso eliminar.

La caída de Madero y su artero asesinato hicieron surgir una generación de caudillos encarnizados y sanguinarios, así como el destape de furiosas y opuestas corrientes de intereses, que sepultaron la democracia y restauraron el predominio de la opción militarizada.

El General de Carrera, Victoriano Huerta, jalisciense, encabezó un régimen que pronto vio su fin, entre otras cosas, debido a la participación que para ello tomó el principal productor y expendedor de armas en el mundo: Estados Unidos, cuyo Gobierno en esta materia ha cultivado siempre la estrategia de los pescadores en río revuelto.


Una idea episcopal

Puesto que ningún líder popular ofrecía condiciones para llenar el hueco que dejó don Porfirio Díaz, a los obispos se les ocurrió proclamar la realeza de Cristo sobre la Patria, sin calcular ni quizás imaginarse que tal acto lo interpretaran las facciones beligerantes y adversas al presidente Huerta como un reto y un desafío de la Iglesia a la opción por ellos presentada.

Para hacer operativo este “recurso sobrenatural de auxilio”, a finales de 1913 se pidió al Papa Pío X su visto bueno. El Pontífice autorizó el acto y concedió su Bendición Apostólica a quienes tomaron parte en él.

La Consagración se realizó el 6 de enero de 1914, Solemnidad de la Epifanía del Señor, y el 11 de enero tuvo lugar una Marcha, promovida por el Centro Católico de Estudiantes de México, con réplicas en otras ciudades del país.


Restricciones a la libertad de Credo

Ahora bien, como las Leyes mexicanas prohibían las manifestaciones religiosas fuera de los templos, el Gobierno pidió a los organizadores que la Marcha no pasara de ser un “desfile cívico” por algunas calles principales, absteniéndose su contingente de portar imágenes sagradas e insignias religiosas o clericales.

La Marcha de la Ciudad de México fue apoteósica y hasta participaron en ella algunos Delegados del Gobierno de Huerta, granjeándose con ello el repudio de los enemigos de este Mandatario.

La de Guadalajara, por su parte, provocó, a la vuelta de algunos días, la renuncia del Gobernador del Estado, José López Portillo y Rojas, además del exilio de su Sede Metropolitana, por cuatro años, del Arzobispo Francisco Orozco y Jiménez.

Y la causa de ellos fue doble: el haber ovacionado los millares de católicos congregados, a Cristo Rey durante el trayecto de la Catedral al Santuario de Guadalupe, y la falta de licencia del Gobierno para la Marcha, revocada poco antes del inicio de la misma. Se renovaban, de este modo, las hostilidades al catolicismo de los jaliscienses.


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