San Pedro Esqueda Ramírez, Pbro.

Publicado el Agosto 20, 2010 » Categoría: Santos Mártires |

En la ciudad de San Juan de los Lagos, Jal., el 29 de abril de 1887, nació Pedro Esqueda, hijo de Margarito Esqueda y Nicanora Ramírez. El mismo día de su nacimiento recibió el santo bautismo, y la confirmación, menos de tres meses después, el 10 de julio siguiente. Sus padres fueron pobres, pero pro­fundamente cristianos, de manera que criaron al niño en el santo temor de Dios, lo que hizo que toda su vida se conservara en la inocencia y santa simplicidad de costumbres.

A los cuatro años de edad inició su instrucción en una escuela privada, regida por la maestra Piedad; en ella aprendió las primeras letras, en la cartilla, durante dos años. A los seis años ingresó a la llamada “Escuela del Santuario”, dirigida por el profesor Pedro Márquez. Ahí curso los seis grados de instruc­ción primaria. Fue un alumno aprovechado, con buenas calificaciones y, a veces, premios en las materias. Era un niño sencillo, pacífico; no se le vio reñir, ni molestar a nadie.

Mientras estuvo en esta escuela formó parte del grupo de acólitos y del coro de la Basílica, así que una semana servía al altar y otra se integraba al coro. Era un niño piadoso, rezaba diariamente un rosario él solo y otro con su familia, en casa. Su diversión principal era levantar altares pequeños, con todo lo necesario para el culto, y él, con un compa­ñero llamado Mardonio, imitaba la celebración de la Santa Misa. Muy “contento y alegre”, a los ocho años de edad, se acercó a recibir por primera vez la Sagrada Comunión, en la fiesta del Sagrado Corazón de 1895.

Al terminar la instrucción primaria no conti­nuó estudiando, sino que se ocupó de trabajar en una zapatería, hasta que le externó a su padre, un día, el deseo que abrigaba de entrar al Seminario para llegar a ser sacerdote. Fue matriculado en el Seminario Auxiliar que funcionaba en la misma ciudad de San Juan de los Fagos. Ahí estudió los cursos de Humani­dades y dos de Filosofía. “Sobresalió, en el Semina­rio; era muy estudioso”. Después de seis años en el Seminario Auxiliar, por orden de los superiores pasó, en 1908, a estudiar al Seminario Diocesano de Guadalajara. Ahí cursó el tercer año de Filosofía y los cursos de Teología. Recibió las órdenes sagradas hasta el diaconado.

En 1914, al desatarse la persecu­ción carrancista, el Seminario fue clausura­do e incautado su edificio. Los seminaristas lo abandonaron. Tuvo que refugiarse en San Juan de los Lagos. Ahí prestó servicios ministeriales a la parro­quia, colaborando con el párroco, hasta que un día fue llamado a Guadalajara. En esta ciudad, en el oratorio público del Hospital de la Santísima Trini­dad, recibió la ordenación sacerdotal el 19 de noviembre de 1916.

Seis días después, por orden de la autoridad eclesiás­tica competente, fue nombrado vicario cooperador de la parroquia donde había nacido, con el encargo de que, si fuera necesario, impartiera clases en el Seminario Auxiliar del lugar. Con gran gozo y regoci­jo de toda la feligresía, cantó su Primera Misa en el Santuario de Nuestra Señora de San Juan de los Lagos, el primero de diciembre del mismo año.

Inició luego su ministerio sacerdotal, que ejerció durante, once años en esa parroquia de San Juan.  Los feligreses lo recuerdan como un sacerdote ejemplar, humilde y lleno de caridad, con grandísimo celo, especialmente con los niños”. Tenía caridad con los pobres: jamás se le vio contrariado o de mal humor. Fue muy devoto de la Eucaristía, su párroco recuerda: “…lo vi haciendo devotamente oración ante el Santísimo Sacramento”.

Organizó una asociación llamada “Cruzada Eucarística”, para impulsar a los niños en el amor y devoción a Jesús Sacramentado. Ponía empeño especial en preparar a los niños que por primera vez se acercaban a la comunión. Amó entrañablemente a la Santísima Virgen María y motivó especialmente a los niños a que también la amaran.

En 1926 se recrudeció en México la persecu­ción contra la Iglesia. El Presidente de la República, en su modo de proceder, manifestaba una apasionada decisión de acabar con la Iglesia. Los Obispos mexi­canos, como última medida de protesta y defensa, decidieron cerrar los templos y suspender el culto público. La administración de los sacramentos y el ministerio sacerdotal se realizaba ocultamente, en los hogares. Entonces las fuerzas del Gobierno desplegaron una tenaz persecución contra los sacer­dotes de todo el país. El Arzobispo de Guadalajara aprobó que los sacerdotes que gustaran se escondie­ran, aun dejando sus puestos. En la ciudad de San Juan de los Lagos, el párroco y los sacerdotes se ocultaron en diversos lugares.

El padre Esqueda, también escondiéndose, quedó al frente de la parroquia por encargo del señor Cura. En diversas casas, y algunas veces fuera de la ciudad, se ocultaba, y en esos lugares ejercía su ministerio sacerdotal.

En los primeros días de noviembre de 1927, se refugió en Jalostotitlán, Jal. Decidió volver a la ciudad de San Juan de los Lagos para cumplir sus deberes ministeriales. Se hospedó en el Hospital del Sagrado Corazón. Solicitó asilo en alguna otra casa, que le negaron por miedo a las represiones del Gobierno; por lo cual se volvió a la casa de la familia Macías, donde había estado por algún tiempo. Las dos hermanas de sacerdote, Valeria y María del Refugio, le indicaron que era peligroso volver a una casa donde había estado antes; que ahí lo buscarían nuevamente, y le suplicaban saliera de la ciudad, a lo que contestó: “Dios me trajo, Dios sabrá”. Ahí se quedó. Tenía planeado salir de San Juan el 18 de noviembre, día en que lo aprehendieron.

Habían abierto en el piso, en el lugar donde estaba su cama, un agujero. Era un escondite peque­ño. Ahí ocultaron los ornamentos y todo lo necesario para la celebración de la Eucaristía, como también algo del archivo parroquial, y dejaron un espacio pequeño para que pudiera esconderse el padre.

El 17 de noviembre, un sobrino del P. Pedro y otras dos personas vinieron, ya anocheciendo, a comunicarle que peligraba estando en la casa donde habitaba; que saliera de la ciudad. El contestó: “Dios sabrá”. Entrada la noche, se fue a la habitación que servía de oratorio y se guardaba el Santísimo Sacra­mento, invitó a toda la familia a participar y dirigió una meditación. Fue una reflexión de preparación a la muerte. Se vio, dice una de las personas presentes, ” que estaba dispuesto a morir”. Al terminar agrade­ció, muy atentamente, la hospitalidad que le habían prestado.

Al día siguiente, 18 de noviembre, celebró la Santa Misa con mucho fervor. Después de las últimas oraciones, tomó un crucifijo y lo besó con mucha devoción, y después del desayuno entonó unos cánti­cos a media voz, al Sagrado Corazón de Jesús, con su semblante muy alegre.

Avanzaba la mañana cuando se escucharon unos fuertes golpes en la puerta de entrada a la casa. La señorita María del Refugio, de la familia donde se hospedaba el padre, fue a ver quién tocaba. Era la hermana del padre Pedro, que daba aviso de estar ya a la puerta los soldados. Así era. Habían rodeado la manzana y otros habían subido a las azoteas vecinas. El padre Pedro apenas tuvo tiempo de entrar a la excavación, preparada como escondite, taparla con unas tablas y poner encima una alfombra.

En seguida se oyeron otros fuertes golpes en la puerta. Fue la señorita Florentina a abrirla. Era el teniente Santoyo acompañado de cuatro soldados. Sin decir nada, entraron violentamente a la casa. La empezaron a revisar y llegaron al sitio de la excava­ción. El teniente ordenó a los soldados remover la alfombra y las tablas. Encontrando al padre, le ordenaron salir. “Lo sacaron a puros golpes y malas palabras”, amenazándolo con que lo fusilarían por ser sacerdote.

Llegó luego el coronel González Romero con otro buen número de soldados. Hizo algunas preguntas al Padre Esqueda y, con furia, le golpeó una mejilla, abriéndole una herida que manó sangre. Le dio varios golpes con un fuete, que también le hirió la cabeza. A empujones le indicó que marchara. Fue tan fuerte uno de los empujones, que lo hizo caer al suelo, en el pequeño patio de la casa.

Se lo llevaron a la Abadía, (casa del Abad, contigua a la Colegiata de Nuestra Señora de San Juan) que el ejército había con vertido en cuartel. Ahí metieron al Padre Esqueda a un cuarto oscuro, teniéndole incomunicado. Durante su prisión… lo azotaban diariamente. La encargada del Orfanatorio del Sagrado Corazón, Gertrudis del Espíritu Santo, que con valor fue a llevarle los alimentos, afirma que “oyó los golpes que le descargaban y los tremendos azotes. Antes de que lo mataran ya estaba por terminar su vida con tanto que lo martirizaban”.

Ahí lo tuvieron prisionero hasta el 22 de ese mes de noviembre de 1927. Ese día la tropa toda se movía al pueblo de San Miguel el Alto. Se llevaron al Padre Esqueda consigo. Lo sacaron de la casa-prisión a empujones y golpes. Uno de los empujones, al bajar la escalera de la Abadía, fue tan fuerte que lo arrojó al suelo, quebrándosele el brazo derecho. El soportaba callado.“Sufrió las molestias y tormentos que le dieron antes de morir, en silencio, manifestando tranquilidad de ánimo al salir para el lugar del tormento”.

Se lo llevaron a pie hasta la salida de San Juan de los Lagos. Algunos niños lo acompañaron, y con uno de ellos mandó un recado a sus hermanas, y algunas cosas. Lo subieron a un caballo, atándole con una soga los brazos. El Padre Esqueda, a caballo, vigilado por los soldados, caminó hasta llegar al poblado de Teocaltitán, cercano a San Miguel el Alto. Lo bajaron del caballo y a pie cruzó el poblado hasta las afueras de él. Ya en el campo, llegaron a un lugar donde estaba un mezquite que en sus ramas tenía colgado rastrojo, (lo que llaman un tapanco o almear). El Coronel Santoyo ordenó al prisionero que subiera al mezquite hasta donde estaba el tapanco de rastrojo. El Padre Esqueda, con infinita humildad, sin decir palabra, intentó cumplir lo que se le ordenaba. Mas no pudo hacerlo, ya que tenía el brazo derecho roto y no podía hacer fuerza. Hizo varios intentos de subir pero no pudo. ¿Qué intentaba el Coronel Santoyo con hacer que el sometido subiera al tapan­co?

El que estuvo presente oyó la orden del Coronel y vio los esfuerzos que el Padre Esqueda hacía por cumplir la orden; pensó que lo que intentaba era darle muerte quemándole vivo, incendiando el almear cuando el padre estuviera sobre él. Esta versión la aceptaron todos y fue la que corrió entre los fieles de la región.

Injurió el Coronel al sacerdote por no subir al tapanco y sacó entonces la pistola, descargando tres tiros sobre el padre Esqueda. Uno le entró en la mandíbula y salió en el cráneo y dos en el costado izquierdo. Cayó muerto con “el brazo derecho exten­dido hacia arriba, y el izquierdo en el pecho”. “Eran entre una y dos de la tarde”, del 22 de noviembre de 1927.

Los habitantes del poblado de Teocaltitán recogieron el cuerpo del mártir la tarde de ese día. Lo tuvieron en un salón de la escuela del pueblo y al siguiente día en la tarde le dieron sepultura en el panteón del lugar.


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