San Mateo Correa Magallanes, Pbro.

Publicado el Agosto 20, 2010 » Categoría: Santos Mártires |

El padre Mateo Correa Magallanes nació un 22 de julio de 1866 en Tepechitlán, Zacatecas, sus padres fueron don Rafael Correa y doña Concepción Magallanes.

Realizó los estudios primarios en Jerez y Guadalajara, en donde vivió de 1879 a 1881. Ingresó al Seminario de Zacatecas. Como era un estudiante ejemplar y aplicado,  recibió una beca. Fue ordenado sacerdote el 20 de agosto de 1893 y cantó su primera misa en Fresnillo, Zac.

Después de estar como capellán en algunos poblados, fue párroco de Concepción del Oro, donde conoció y tuvo amistad con la familia Pro Juárez. Dio la Primera Comunión a Miguel Agustín Pro Juárez quien, siendo sacerdote jesuita, también murió como mártir durante la persecución religiosa, y bautizó a su hermano Humberto, que murió con Agustín.

Mateo Correa ejerció su ministerio en Zacatecas y Jalisco, y fue conocido como cura de los pobres, de los niños y de los jóvenes, además cumplió fielmente con las obligaciones de su sacerdocio: evangelizar y servir a los más pobres, obedecer a su obispo, unirse a Cristo sacerdote y víctima, especialmente al convertirse en mártir a causa del sello sacramental.

En dos etapas estuvo en la parroquia de Cocotlán, la segunda vez estuvo tres años y en febrero de 1926 fue destinado a Valparaíso, Zacatecas, lugar en donde tuvo que soportar la persecución encarnizada y constante de los federales, capitaneados por el general Eulogio Ortiz, quien odiaba a muerte a los sacerdotes.

El 2 de marzo de 1926, llegó a Valparaíso, Zac., el general Ortiz; inmediatamente  supo que los jóvenes de la Acción Católica daban a conocer el manifiesto del comité central que expresaba el sentir de los católicos ante las leyes injustas de la Constitución, y juntaban firmas para pedir al Congreso de la Unión se derogaran tales leyes. Metió en la cárcel a los jóvenes acejotaemeros y lleno de ira mandó traer a los sacerdotes del lugar, padre J. Rodolfo Arroyo y al párroco recién llegado, Mateo Correa. “Labor de paz” es cuanto se hace, contestó el P. Mateo. El general les mostró el manifiesto y la lista de firmas y les dijo: “¿Ésta es labor de paz?” El padre Arroyo dijo entonces que el Sr. Cura no sabía nada del manifiesto, porque acababa de llegar. El general contestó  que se los iba a llevar presos a Zacatecas.

Al ver que el pueblo estaba exaltado, el general Ortiz y los quince soldados que con él habían llegado al pueblo, se fueron de Valparaíso, pero dejó al presidente la orden  de que remitiera a Zacatecas a los dos sacerdotes y a los jóvenes acejotaemeros.

A pesar de las amenazas de muerte, el Sr. Cura Correa no quiso dejar solos a sus feligreses. A invitación del Sr. José María Miranda, pasó unos días en la hacienda de San José de Yanetes, a fines de diciembre de 1926. Estando allí, atendía las necesidades de los cristianos. El 30 de enero de 1927, Eleuterio García, del rancho Las Mangas, cercano a la hacienda de Sauceda, fue a pedir al Sr. Cura que atendiera a su señora madre que estaba gravemente enferma. Pronto se fue a atenderlo, acompañado de José María Miranda. En el camino los detuvieron y los llevaron a la prisión de Fresnillo. En la cárcel los presos se burlaban del Sr. Cura y lo injuriaban, él pacientemente sufría los ultrajes.

El 1º de febrero, por orden del general Ortiz, trasladaron en el tren a los dos presos a la ciudad de Durango y los encarcelaron. El sacerdote se despidió de los acompañantes (allí estaba también su hermana) y les dijo que no lloraran, que él iba contento. Lo tuvieron preso tres días en una cárcel común. Desde allí escribió a sus hermanas: “Tiempo es ya de padecer por Cristo Jesús, que murió por nosotros”. El señor cura rezaba el rosario con los detenidos y los alentaba a vivir con fe y esperanza cristianas.

El día 5, después de la cena, el general Ortiz  mandó que le llevaran al P. Correa, y le pidió que confesara a unos cristeros que tenía detenidos y que estaban condenados a muerte, que después vería que hacía con él. El  P. Mateo los confesó y preparó a bien morir. Cuando acabó de confesar el general dijo al padre: “Ahora usted va a decirme lo que esos bandidos le han dicho en confesión”. “¡Jamás lo haré!”, fue la respuesta. “¿Cómo que jamás?”, le replicó el general, y le gritó: “¡Voy a mandar que lo fusilen inmediatamente!”. “Puede hacerlo, -dijo el señor cura-; pero no ignora usted general, que un sacerdote debe guardar el secreto de la confesión. Estoy dispuesto a morir”.

Fue fusilado en el campo, a las afueras de la ciudad de Durango, el 6 de febrero de 1927 y se abrieron, para aquel párroco abnegado y bondadoso, las puertas del cielo.


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