San David Uribe Velasco, Pbro.

Publicado el agosto 20, 2010 » Categoría: Santos Mártires |

David Uribe Velasco nació en Buenavista de Cuéllar, Gro. (Diócesis de Chilapa), el 29 de diciembre de 1889, hijo de Juan Uribe y Victorina Velasco. A la edad de catorce años pidió permiso a su padre para ingresar al seminario de Chilapa, pero éste le puso obstáculos por la pobreza en que vivían y, además, para probar la firmeza de sus deseos le dijo: “Se acera el tiempo en que los sacerdotes serán perseguidos, maltratados, ultrajados y a muchos los matarán”. Y David le contestó: “Esto no me da miedo; ojalá tuviera la dicha de dar mi vida por Jesús”.

Por fin, pudo entrar al seminario y recibir la ordenación sacerdotal el 2 de marzo de 1913. Su obispo lo destinó a Tabasco. Por la persecución que se desató en Tabasco contra la Iglesia en el año de 1914, y las severas amenazas, el señor obispo D. Antonio Hernández Rodríguez  y el P. Uribe, para no abandonar a los feligreses, buscaron la forma de ocultarse, pero el gobierno ofrecía recompensa a quien los delatara  y tuvieron que huir a Veracruz.

En Veracruz, el señor Obispo envió al P. Uribe al obispado de Chilapa. El padre, ayudado por unos arrieros llegó a casa de su familia; su madre, no lo reconoció por lo demacrado que estaba, allí, con los cuidados de su familia se recuperó  y fue enviado a la parroquia de Ziríndaro, donde permaneció un año. Por los continuos levantamientos de los zapatistas se fue a Chilapa, permaneciendo solamente cinco meses, en los cuales  ayudó en la catedral y en el seminario. Luego lo nombraron párroco de su tierra natal, y se ganó la estimación de sus paisanos por  toda la labor pastoral que hizo en la región. Permaneció en esa parroquia desde 1917 hasta 1922. Después estuvo en la parroquia de Iguala, Guerrero, por tres años, apoyando al que fuera su obispo en Tabasco. A la muerte del Sr. Obispo, fue nombrado párroco de Iguala. En 1926, cuando se cerraron los templos de toda la República Mexicana, y el gobierno prohibió el culto religioso, el padre Uribe tuvo que dejar la parroquia, se fue por un tiempo a su tierra y luego a la Ciudad de México porque seguían persiguiéndolo.

En febrero de 1927, desde la Cuidad de México, escribió a los fieles de la parroquia estas palabras: “Si la situación se prolonga me iré, poco importa que mi sangre corra por las calles de la histórica ciudad de Iturbide…  me siento obligado a defender a mis ovejas del lobo feroz, deseo ardientemente ser compañero de Felipe de Jesús, de Bartolomé Gutiérrez…”

El 12 de marzo de 1927 salió para Iguala pero no pudo llegar a esa ciudad por la estrecha vigilancia que lo seguía y se retiró a Buenavista, donde su familia le insistía que permaneciera. Sin convencerlo, el padre David marchó para Iguala el 7 de abril; acompañado de su amigo José García, abordó el tren de pasajeros en carro de segunda. Lo vio subir el general Adrián Castrejón y mandó a su asistente que invitara al padre a pasar al carro de primera y sentarse a su lado, y empezó a tratarle el tema de la persecución religiosa y a ofrecerle que nada le pasaría si aceptaba las leyes del gobierno y hasta le prometió que harían obispado en Iguala de la nueva iglesia nacional, apoyada por el gobierno, y él sería el obispo. Ante tales proposiciones el padre Uribe rechazó enérgicamente esta osadía y le dijo al general: “¿No sería usted un infame si traicionara a su bandera? Pues yo sería más infame si traicionara a mi santa religión”. No aceptó la propuesta del general, y al llegar a Iguala lo detuvieron los militares.

Fueron inútiles todos los esfuerzos que hicieron los vecinos de Iguala por liberar al padre David.

Lo trasladaron en tren  hacia Morelos; al llegar a la estación Cuernavaca, el oficial ordenó al sacerdote que se bajara; el padre Uribe preguntó a los soldados: “¿Me van a fusilar?”. Por respuesta lo subieron a un auto y se lo llevaron a la jefatura.

En la noche del 11 de abril, incomunicado y arrojado en una cárcel inmunda, el padre se encontraba haciendo oración cuando le avisaron que al día siguiente tendría que morir. Él tomó un papel y escribió: “Declaro ante Dios que soy inocente de los delitos de que se me acusa. Estoy en las manos de Dios y de la Santísima Virgen de Guadalupe. Decid a mis superiores esto, y que pidan a Dios por mi alma. Me despido de mi familia, amigos y feligreses de Iguala, y les mando mi bendición… Perdono a todos mis enemigos y pido a Dios perdón y a quien yo haya ofendido.”

Al día siguiente, 12 de abril de 1927, a las tres de la madrugada llegó la escolta  militar a la cárcel, lo sacaron de su celda y lo llevaron por la carretera en un auto hasta el kilometro 168. Apenas hubo pisado tierra, se puso de rodillas y desde lo más profundo de su alma imploró de Dios el perdón de sus pecados y la salvación de México y de su Iglesia. Se levantó tranquilo y dirigiéndose a los soldados con paternal acento, les dijo: “Hermanos, hínquense que les voy a dar la bendición. De corazón les perdono y sólo les suplico que pidan a Dios por mi alma. Yo, en cambio, no los olvidaré delante de Él”.

Levantó firme su diestra y trazó en el aire el signo luminoso de la Cruz; después repartió entre los mismos su reloj, su rosario, un crucifijo y otros objetos. El oficial que mandaba el  pelotón de los soldados desenfundó su revólver y le disparó a bocajarro. Murió al instante. Era Martes Santo. Esto sucedió cerca de la estación del tren de San José Vidal en Morelos.

Sus restos descansan en la iglesia de San Antonio de Padua en su pueblo natal de Buenavista de Cuéllar.

Fue canonizado por el Papa Juan Pablo II, el 21 de mayo de 2000, Año del Gran Jubileo de la Encarnación, en Ciudad del Vaticano.


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