San David Galván, Pbro.

Publicado el agosto 20, 2010 » Categoría: Santos Mártires |

Originario de la perla tapitía, la hermosa Guadalajara, Jal., nació el 29 de enero de 1881. Hijo de Trinidad  Galván y de Mariana Bermúdez. Fue bautizado el 2 de febrero de 1881 en el Templo de Nuestra Señora del Pilar, Vicaría de la Parroquia del Sagrario Metropolitano.

Su padre trabajó primero de zapatero y luego de obrero y fue honorabilísimo y de muy buenas costumbres, formal en todos sus quehaceres. Su mamá murió cuando David estaba tenía tres años. Más tarde su padre volvió a contraer matrimonio y David quedó al cuidado d padre, hermanos y de su madrastra Victoriana Medina.

Desde pequeño era inclinado a la piedad. Comenzó la formación escolar en la Escuela Católica del Prof. D. José María Martínez. Después pasó a la Escuela del Prof. D. Juan Cervantes, anexa al Seminario. En 1895 ingresó al Seminario de Guadalajara y cursó la preparatoria con buen aprovechamiento, ocupando casi siempre el primer lugar en clases. Presentó brillantes exámenes.

Cursada la preparatoria, salió del Seminario y estuvo casi tres años fuera; se dedicó a trabajar en un taller de zapatería, y también como maestro de escuela. Durante el tiempo que estuvo fuera del seminario su conducta era algo disipada y con extravíos.

A los veintiún años de edad sintió de nuevo el deseo intenso de volver al seminario. Volvió a él, y después de un año de duras pruebas para aquilatar su vocación sacerdotal, que superó y admirablemente, recibió la primera tonsura 17 de noviembre de 1903; El 20 de mayo de 1909 fue ordenado sacerdote.

Fue nombrado maestro del Seminario Diocesano desde antes de ser ordenado presbítero. En el curso escolar 1908-1909 estuvo al frente de la cátedra de 2o. de Latinidad en el Semi­nario Menor. Desde el 9 de noviembre de 1909 sustentó la cátedra de Lógica en el Seminario Mayor.

En el curso de 1911-1912 fue catedrático de Derecho Natural y Sociología. Fue fundador y director de la revista del Seminario “Voz de aliento”, desde diciembre de 1910 al año 1912. En esos mismos años, de 1909-1914, fue capellán del Hospital de San José y del Orfanatorio de La Luz, de Guadalajara.

En el año 1914 estuvo en Amatitán, Jal., como ministro, capellán vicario, encargado de la iglesia. Estando allí y con motivo de la persecución contra la Iglesia que se desató durante la revolución carrancista, fue aprehendido por una tropa al mando de un teniente coronel quien   había sido su compañero de escuela, y conducido preso a Ameca por el delito de ser sacerdote. Después fue conducido a Guadalajara, a la cárcel de Escobedo, y pocos días después fue puesto en libertad.

Su alimentación y su forma de vestir eran sumamente sencillas; socorría a los pobres; instruía a los ignorantes; procuraba medicina a los enfermos; generoso con los necesitados. Proveía de zapatos a las niñas del orfanatorio de La Luz para que pudieran comulgar, ya que las religiosas no les permitían comulgar descalzas. Les llevaba nieve, y si veía a alguna falta de ropa, socorría a la madre superiora para que la vistiera. Sostenía a una huérfana en un internado y a una pobre enferma tuberculosa le daba todo lo necesario. Trabajó en la formación de un sindicato de zapateros para auxiliarlos en su ignorancia y pobreza. Los trataba como a hermanos y compañeros.

Prudente como profesor; estimado por alumnos y superiores; caritativo con los pecadores; obediente con sus superiores; cumplido en sus obligaciones; muy mortificado y evitaba ocasiones de pecado; mostró fortaleza en los sufrimientos y serenidad en las tribulaciones.

Al verificarse los encuentros sangrientos entre vallistas y carrancistas, en las afueras de Guadalajara, en diciembre de 1914 y en enero de 1915, estuvo ejerciendo su servicio sacerdotal ayudando y auxiliando espiritualmente a los heridos de ambos bandos combatientes.

En la mañana del 30 de enero de 1915 tuvo lugar un sangriento encuentro entre carrancistas y villistas, desde las orillas de la ciudad, hasta el mismo centro. Frente a Palacio, la Catedral y calles aledañas quedaron, heridos y muertos, soldados de ambos bandos. El P. Galván, al darse cuenta de la situación, quiso ir inmediatamente a auxiliar a los caídos en el combate.

Tomó su bicicleta y fue a la casa del P. Rafael Zepeda Monráz para que lo acompañara en esa misión. El P. Zepeda no pudo, entonces el P. Galván fue a buscar al P José Ma. Araiza y lo invitó a ir a confesar a los heridos. El P. Araiza temeroso de ejercer el ministerio en la calle, por las prohibiciones que el Gobierno tenía, preguntó si tenía alguna autorización y el P. Galván le dijo que un militar se la había concedido.

Salieron ambos sacerdotes con dirección al Jardín Botánico. Al ir a auxiliar espiritualmente a los soldados agonizantes, un grupo de militares los aprehendieron y fueron conducidos al cuartel del Teniente Coronel.

Este militar, guardaba rencor al P. David porque le había impedido seducir y raptar a una señorita, por lo que al darse cuenta de que lo tenía en sus manos ordenó se le fusilara, previa autorización del General, Gobernador del Estado.

En esta determinación había dos móviles: el odio al sacerdote, característica de esta revolución y, el deseo de venganza del Teniente porque había sido contrariado en sus malos deseos.

Los dos sacerdotes fueron encerrados en una pieza, en el cuartel, con centinelas de vista, y duraron ahí hasta las doce del día. A esa hora los sacaron y al darse cuenta, tanto el P. Galván como el P. Araiza, de que iban a fusilarlos se confesaron mutuamente y se administraron el sacramento de la unción. Haciéndole notar el P. Araiza que tenía hambre, le contestó el P. Galván: “No importa que no hayamos desayunado, nos vamos a comer con Dios”.

Una escolta los condujo a espaldas del Hospital de Belén (Hospital Civil). El P. Galván repartió lo poco que llevaba consigo y con gran fortaleza se colocó frente a la tropa de fusilamiento y señalándose el pecho dijo: “Peguen aquí. El Subteniente Martín dio la orden de “Fuego”, y el Teniente le dio el “tiro de gracia”.

Durante el tiempo que duraron en prisión, familiares y amigos de los dos sacerdotes realiza­ron gestiones para lograr liberarlos y cuando las lograron y fueron de prisa a llevar la orden de indulto, el P. Galván había sido fusilado y sólo pudo aprovechar el indulto el P. Araiza.

Tenía el cadáver un balazo en la frente, otro en el cuello y como era bala expansiva, casi le desprendió la cabeza; y otro en el pecho.

Algunos vecinos que de lejos pudieron contemplar aquel doloroso acontecimiento acudieron de inmediato al lugar donde yacía el sacerdote de Cristo, sacrificado, y considerándolo un mártir empaparon algodones con su sangre para conservarlos como recuerdo. Fue sepultado el 31 de enero de 1915 en Guadalajara.

Esta veneración que se inició en el momento mismo de su muerte se extendió rápidamente por toda la ciudad y permanece muy viva. En la actualidad los restos del P. David Galván reposan en el crucero izquierdo del templo parroquial de Nuestra Señora del Rosario.


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