David Kampf Jersey  Beato P. Miguel Agustín Pro Juárez, Mártir

Beato P. Miguel Agustín Pro Juárez, Mártir

Publicado el julio 2, 2011 » Categoría: Beatos Mártires |

El Padre Pro es un Beato del siglo veinte. Se caracterizó por su profunda humanidad. Conocedor de su gente, cercano a todos. Murió en 1927, y fue beatificado por el Santo Padre Juan Pablo II en 1988.
En el pueblo minero de Guadalupe, Zacatecas nació Miguel Agustín el 13 de enero de 1891.

Miguel fue un niño muy inquieto, le gustaba hacer travesuras, también hacía renegar a sus hermanas. Cuando tenía 7 años, el 19 de marzo de 1898, hizo su primera comunión, el Sr cura, don Mateo Correa, quien le dio la comunión al pequeño Miguel, sería un futuro mártir, muerto el 6 de febrero de 1927. Para Miguel y su familia, aquel fue un día inolvidable, además, era el onomástico de su madre.

Era un jovencito muy alegre, trabajador y optimista, pero ponía toda la casa en revolución. Un día escuchó a su madre, llena de angustia, exclamar: “Oh Dios mío: convierte a este hijo mío”. Y el joven que amaba inmensamente a la buena mamá, le dio un abrazo y le dijo: “Mamá: mi segundo nombre es Agustín, y San Agustín fue un gran convertido. Ya verás que yo también me voy a convertir”. Y desde aquel día mejoró notablemente su conducta.

Tenía predilección por la música y la poesía. Al escucharle sus discursos en las veladas estudiantiles, las ancianas decían: “Este sí que serviría para sacerdote predicador”. Con sus hermanos y hermanas organizó una pequeña orquesta que amenizaba las reuniones del barrio.

Por un corto tiempo estuvo estudiando lejos de Concepción, pero, por su enfermedad no pudo continuar sus estudios y regresó a la casa paterna. El Sr. Pro se llevó a Miguel a trabajar con él en la administración de los negocios, pero éste siguió sus estudios regularmente. Le gustaba  charlar con los mineros y, así, fue  conociendo los problemas del pueblo pobre y se iba encariñando con los más necesitados.

A medida que pasaba el tiempo, aquel joven de veinte años se sentía insatisfecho, un gran vacío lo agobiaba. Afortunadamente llegaron unos sacerdotes jesuitas e invitaron a los jóvenes a unas reflexiones y  convivencia de tres días;  allí encontró la paz y algunas respuestas a sus dudas.

Miguel fue cambiando, aquellos días de oración y convivencia con otros jóvenes de su edad y la acertada orientación de los jesuitas, marcaron su vida juvenil. Otro acontecimiento que ayudó a Miguel fue la maternal intervención de la Sma. Virgen en un grave accidente: al pasar por una carrilera se le queda un pie trabado entre los rieles, y el tren ya está cerca. Invoca a la Sma. Virgen y logra sacar el pie, precisamente cuando ya está por llegar. En acción de gracias le ofrece a la Virgen María el sacrificio de no tratar con muchachas durante un año. Y lo cumple.

Dos de sus hermanas, Luz y Concepción se fueron de religiosas y esto lo dejó a él vacío y bastante deprimido. Finalmente decidió  ser jesuita, él sintió también un gran deseo de entrar a una comunidad.

En 1911 su padre lo acompañó al noviciado de los jesuitas ubicado en El Llano, Michoacán, un poblado cerca de Zamora. Para él tan inquieto, el silencio y seriedad del noviciado se le volvieron supremamente duros. El Padre Maestro de novicios lo invitó a resistir siquiera por seis meses, y entonces Miguel, que todo lo que hacía lo hacía con toda su alma, se dedicó de lleno a la oración, a la meditación y a las buenas lecturas, llegando a ser un novicio muy alegre y simpático, pero también muy piadoso y cumplidor de sus deberes.

En 1913 hace sus votos o juramentos de pobreza, castidad y obediencia y queda admitido como jesuita. Por aquellos días estalla una revolución en México y el papá de Agustín pierde sus bienes que pasan a manos de los guerrilleros. El noviciado jesuita es invadido y los religiosos tienen que salir huyendo disfrazados. Miguel viaja disfrazado de charro y por entre maizales y montes logra llegar a Guadalajara. Los superiores viendo el peligro que corren los jóvenes novicios los envían a Estados Unidos a seguir sus estudios. Pero el no saber inglés les trae muchas molestias y entonces lo envían a España, país neutral durante la primera guerra mundial (1914 – 1918).

Aprovechando sus cualidades naturales, Miguel hace de payaso, actor, equilibrista, y caricaturista, y así distrae mucho a los demás compañeros y hasta a los superiores, en aquellos años de horribles angustias mundiales. Llega la terrible gripa asiática en 1917, que lleva al sepulcro a miles y miles de personas, y entonces Miguel se va a los salones donde yacen montones de enfermos con fiebres y los distrae muy sabrosamente con sus representaciones cómicas. Los enfermos piden frecuentemente que les envíen al joven seminarista para que los distraiga en aquellas horas monótonas de su enfermedad.

Terminando sus estudios de Filosofía en España, fue enviado a Granada, Nicaragua para sus 2 años de magisterio, “los años más difíciles” en palabras del mismo Hno. Pro.

Llegó al Colegio Centro América del Sagrado Corazón, el cual estaba a media construcción. No tenía enladrillado, y los salones y oficinas tenían piso de tierra. La maleza tropical llegaba a las paredes y alimañas grandes y pequeñas se mostraban continuamente, algunas veces eran alacranes, otras víboras o mosquitos diminutos que estaban por todos lados, esto, aparte del extremo calor tropical.

Tuvo a su cargo a los más pequeños y la vigilancia de los externos y semi-internos. A la una de la tarde, bajo pleno sol se le veía jugando y saltando con los niños para distraer a los que notaba tristes.

A veces, se retiraba discretamente a su cuarto, para sufrir en soledad los dolores de estómago que no lo dejaban, y después regresaba animoso y alegre.

Los domingos y festivos iba a los barrios pobres a enseñar catecismo a los niños y se encariñó grandemente con esta gente abandonada.

Los jesuitas lo enviaron a Bélgica para que viera cómo trabajaban los sacerdotes con los obreros, y luego a París para que conociera los apostolados sociales de la Iglesia.

Como continuaba con el fuerte dolor de estómago, le hicieron unos estudios y, al fin descubrieron que tenía una úlcera y lo operan. En varias ocasiones estuvo hospitalizado a causa de los dolores que padecía. Tuvo tres operaciones.

8 de febrero de 1926  muere Doña Josefa, mamá del P. Pro. El padre escribe: “El día 10 recibí el cable que me anunciaba que el 8 había muerto mi madre. Una carta recibida providencialmente 2 días antes, me había preparado, pues en ella se me decía que un cáncer en el estómago con ramificaciones por el hígado y el corazón, había quitado toda esperanza a los médicos.”

Ese mismo día el P. Pro tiene la 3era operación y permanece ahí hasta el 6 de marzo cuando al fin logra ponerse en pie y es enviado a Hyéres a una casa de convalecencia atendida por Religiosas Franciscanas.

Finalmente el médico que lo atendía en Hyéres, confidencialmente comunicó al compañero del P. Pro la gravedad de su caso: “Es caso desesperado. Ponga usted al tanto a sus Superiores”. Al paciente, nada se le dijo.

En una carta al P. Cavero, abre su corazón:

“…llore mucho Ud. sabe P. Cavero, como se llora a una madre. Pero, en medio de mi pena, sentí un gozo inmenso, una consolación interior y una convicción profunda de que mi madre ya no estaba en mis oraciones, que ya gozaba de Dios, que ya era dichosa…”

Por fin llegó el día tan esperado por él, su ordenación sacerdotal que recibió en Enghien, Bélgica el año 1925. Por lo delicado de salud sus superiores consideraron enviarlo a México para que muriera en su patria. Dios tenía otro camino para él, no moriría a causa de su enfermedad.

La situación persecutoria en México arreciaba, el presidente Elías Calles se había  propuesto acabar con la religión católica y prohibió toda actividad pública religiosa haciendo valer las leyes anticatólicas, escrupulosamente. Muchos sacerdotes habían sido expulsados del país. El padre Pro, conociendo los peligros que podrían presentarse en el viaje de Europa a México, llegó disfrazado de comerciante y con carnet de ganadero. En la aduana no se dieron cuenta de que era sacerdote y lo dejaron entrar.

En México los católicos se unieron para defender la libertad religiosa y fundaron la “Liga Nación Defensora de la Libertad Religiosa”. Recogieron ayudas en alimento, ropa y dinero y las llevaron a las familias cuyos jefes habían sido llevados a la cárcel por ser católicos.

Un día el Padre Pro iba en un taxi y se dio cuenta de que la policía lo venía siguiendo. Le dijo al taxista: “Siga viajando despacio. Pero no se detenga. Yo me lanzo del auto en movimiento”. Y se lanzó al pavimento, se hizo el borracho andando de lado a lado por la calle. Los policías al creer que es un borracho, siguieron adelante diciendo: “Ese no puede ser un sacerdote”. Otro día en una farmacia al ver que la policía viene en su busca, con el consentimiento de una señorita, la tomó del brazo, y,  como un par de novios se alejaron de allí sin que la policía pudiera sospechar que ese era el sacerdote que estaban buscando.

En plena persecución organizó en la Ciudad de México una tanda de retiros espirituales por tres días a un gran número de empleadas domésticas. Disfrazado de mecánico fue a los garajes y talleres a dar conferencias de religión a los obreros, y vestido a la última moda llegó a las casas de los ricos a dictar conferencias de religión a las señoras ricas allí reunidas.

Sus grandes devociones son la Eucaristía, el Espíritu Santo y la Sma. Virgen. Celebra la misa con gran devoción, aunque siempre a escondidas porque el gobierno anticatólico ha prohibido la celebración. Llevaba la comunión a los católicos que estuvieron prisioneros, y con obsequios a los guardianes de las cárceles consiguió que los trataran mejor. Respecto al Espíritu Santo exclamaba: “Yo por mi poca instrucción debería decir negro y digo blanco en mis charlas, porque confío en el Divino Espíritu y Él me ilumina siempre lo que debo decir”. Y en cuanto a la Sma. Virgen sentía por Ella el afecto de un buen hijo hacia la mejor de las madres y la Madre de Dios lo libró y le salvó la vida muchísimas veces, porque los peligros eran de todos los días y a todas horas.

Ejerció su sacerdocio sin ningún temor a las amenazas del gobierno. Llegó a dar hasta 1600 comuniones diarias. Disfrazado, viviendo en distintas casas, recorriendo la ciudad en bicicleta o en un “forcito”, organizó el sustento para casi 100 familias desamparadas por las venganzas políticas y el odio religioso de Plutarco Calles. Predicó retiros, casó, bautizó, convirtió comunistas, anarquistas, dio cientos de extremaunciones… Sostuvo vocaciones vacilantes, organizó un sistema monetario de vales para canjear entre los católicos y hasta colocó más de una treintena de huérfanos entre familias adoptivas.

A pesar de su ingenio sin límites para pasar desapercibido ante las barbas de la policía, finalmente fue detenido y acusado de participación en un ataque dinamitero contra el general Obregón, padrino político y sucesor “electo” de Calles. Junto con sus hermanos Humberto y Roberto se habían escondido, temiendo ser imputados en un hecho del que nadie sabía nada, porque fue decidido por dos dirigentes de la resistencia armada (en la que no participaban los Pro) y luego comunicado a otros dos para tareas auxiliares. Cabe destacar que el intento de tiranicidio era moralmente lícito y no se concretó por medios que pusieran en riesgo la vida de inocentes. Pero de esto, los Pro no tuvieron ni noticias hasta consumado el ataque, el 13 de noviembre.

El responsable del intento de tiranicidio, Luis Segura Vilches, se entregó bajo promesa de que liberarían a los hermanos Pro, exculpándolos en su declaración. Sin embargo, él, su cómplice y los dos hermanos Pro fueron fusilados bajo un mismo cargo. Roberto quedó en libertad gracias a los buenos oficios del embajador argentino, que trató de salvar a los tres Pro, presionando al gobierno de Plutarco Elías Calles, quien habría -no se sabe con certeza- prometido liberarlos sin intención de cumplir. De modo que Miguel y Humberto Pro fueron asesinados por odio a la Fe.  Al P. Pro antes de ser fusilado le dijeron que expusiera su último deseo: “Quiero que me dejen unos momentos para rezar y encomendarme al Señor”. Y en el momento en el que le iban a disparar extendió sus brazos en cruz y gritó: “¡Viva Cristo Rey!”. Era el 23 de noviembre de 1927.

Actualmente los restos del mártir jesuita se encuentran en la parroquia de la Sagrada Familia, donde descansan, esperando el día en que el Papa lo declare santo.

La devoción al padre Pro está muy extendida. A la parroquia de la Sagrada Familia, ubicada en la colonia Roma de la Ciudad de México, llegan diariamente cientos de devotos no sólo del país sino de diferentes partes del mundo, entre ellos de Turquía, India, China, Canadá y Estados Unidos.


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