Beato Ángel Darío Acosta Zurita, Pbro. Mártir

Publicado el julio 2, 2011 » Categoría: Beatos Mártires |

Entre los trece Mártires que el 20 de noviembre de 2005 fueron beatificados en el estadio Jalisco de Guadalajara, diez eran seglares y tres sacerdotes. Eran todos jóvenes en edad y maduros en intensidad de vida cristiana. Entre los sacerdotes se encuentra el padre Ángel Darío Acosta Zurita que contaba con 23 años de edad y apenas dos meses de sacerdocio en el momento de su martirio.

Nació el 20 de diciembre de 1908, en Naolinco, Ver., hijo del Sr. Leopoldo Acosta y de la Sra. Dominga Zurita. Fue bautizado en la iglesia parroquial de San Mateo Apóstol, el 23 de diciembre, con el nombre de Ángel Darío.

El ambiente familiar era cristiano y sencillo y su infancia transcurrió tranquila. Su padre se desempeñaba como carnicero, era trabajador y honrado. Su madre, mujer cristiana y de gran fortaleza, supo transmitir la fe con su ejemplo y se preocupó de que recibiera una buena instrucción cristiana. Tuvieron cinco hijos.

Ángel recibió la primera Comunión a la edad de seis años junto con su hermana Elisa y un grupo de niños, en la parroquia de San Mateo Apóstol en el año 1914.

Desde niño conoció las limitaciones y los sacrificios, ya que en las revueltas armadas por la revolución, su padre perdió el ganado que poseía y los medios económicos necesarios para el sostenimiento de su familia; enfermó de gravedad y al poco tiempo falleció. La joven viuda tuvo que hacer frente a la situación de extrema pobreza en que quedó con cinco hijos. Buscando mejorar su situación económica buscó trabajo en Jalapa, Ver., Ángel Darío la acompañaba diariamente para ayudarla en el sostenimiento de sus cuatro hermanos. El camino era largo y penoso, pero al amor a los hijos era mayor. Heroico ejemplo recibió Ángel Darío de su madre.

Desde pequeño, se distinguió por su carácter noble, tranquilo y reflexivo, dócil y servicial, bondadoso y responsable, sociable y extrovertido, cariñoso con su madre. Fue muy notable su atractivo por las cosas de la Iglesia, gozaba ayudando de acólito y manifestaba una devoción especial y una piedad firme.

Por la situación de persecución que vivía la Iglesia católica, los obispos buscaban los lugares más seguros para que sus seminarios pudieran continuar con la formación de los futuros sacerdotes, esto hizo Mons. Guízar y Valencia. Pero, antes, buscaba vocaciones en su diócesis, así llegó a Naolinco en una visita pastoral. Ángel Darío había sido invitado por unos amigos a una reunión vocacional, inmediatamente, aquel jovencito sintió que su vocación era el sacerdocio. Sin embargo, el obispo no lo seleccionó entre los elegidos porque lo veía todavía muy joven para el camino que se presentaba lleno de dificultades y borrascas. Además, el obispo considero que, como Darío era el hijo mayor de una viuda pobre y ayudaba en el sostén de su familia, era su deber en esos momentos estar junto a su familia.

Por ese motivo, Darío manifestó profunda tristeza y su madre quien, con gran generosidad y empeño, buscó el apoyo del Sr. Cura Miguel Mesa y llevó a su hijo a Jalapa con el Sr. Obispo, para suplicarle que lo recibiera en su Seminario. Aquella buena madre logró que su hijo fuera aceptado; primero estudió como alumno externo; y al poco tiempo, le dieron una beca por su excelente aprovechamiento y óptima conducta.

Como la situación conflictiva continuaba en el país, por la revolución y las continuas luchas por el poder,  Mons. Guízar decidió trasladar su Seminario a la ciudad de México. Darío se ganó muy pronto la simpatía de sus superiores y condiscípulos, por su carácter ecuánime y caritativo, su dedicación al estudio y sólida piedad. Darío tenía fama de ser un excelente deportista, le gustaba mucho el fútbol y fue el capitán del equipo por varios años. Tenía un carácter bondadoso y servicial.

En la Ciudad de México le tocó vivir los años más duros de la persecución religiosa. Allí, como estudiante se va formando en una fe firme y una fortaleza inquebrantable. Le tocó vivir varios acontecimientos, como la expulsión de obispos y sacerdotes, cierre de templos, las protestas de la Liga Nación Defensora de la Libertad Religiosa a través del boicot económico, los atentados a la casa del Arzobispo de México y a la Virgen de Guadalupe en la Villa; la toma de posesión de un presidente y del siguiente, el atentado contra Obregón; el asesinato del Mártir Miguel Agustín Pro, más conocido como el P. Pro.  En aquella época se levantaron en armas muchos católicos a los que llamaron “cristeros”.

En 1929, el gobierno de México y los obispos mexicanos, llegaban a un acuerdo con el que se ponía fin a la lucha armada. Los templos abrieron sus puertas, se podía tener el culto público, había garantías para los que entregaban sus armas, etc. Pero aquello fue un engaño, al poco tiempo el gobierno continuó persiguiendo a los católicos que dejaron las armas, la masacre fue horrenda.

Ángel Darío fue ordenado sacerdote el 25 de abril de 1931, de manos del Excmo. Sr. Guízar y Valencia y cantó su primera Misa el día 24 de mayo, en la ciudad de Veracruz. Fue notable la honda emoción que lo embargó durante su ordenación sacerdotal y su primera Misa. El 26 de mayo, Mons. Guízar lo nombró vicario cooperador de la parroquia de la Asunción, en la ciudad de Veracruz, donde se desempeñaba como párroco el Sr. Canónigo Justino de la Mora. También estaban ahí de vicarios el P. Rafael Rosas y el P. Alberto Landa.

Desde su llegada a Veracruz, fue notable para la gente su fervor y bondad, su preocupación por la catequesis infantil y dedicación al sacramento de la reconciliación. En sus predicaciones había expresado: “La cruz es nuestra fortaleza en la vida, nuestro consuelo en la muerte, nuestra gloria en la eternidad. Haciendo todo por amor a Cristo crucificado, todo se nos hará más fácil. Si Él sufrió tanto por nosotros en ella, es preciso que también nosotros suframos por Él”.

El vendaval de la persecución rugía con gran violencia, y el párroco llamó en varias ocasiones a sus vicarios para manifestarles la gravísima situación en que se encontraba la Iglesia y el peligro constante que corrían sus vidas, por el simple hecho de ser sacerdotes, dejándoles en absoluta libertad de ocultarse, si así lo consideraban; o de irse a sus casas, si así lo deseaban. La respuesta que obtuvo de los tres fue siempre: “Estamos dispuestos a arrostrar cualquier grave consecuencia por seguir en nuestros deberes sacerdotales”.

La disposición al martirio era manifiesta y constantemente renovada en aquellos días en que el perseguidor mostró todo su odio a Dios y a la Iglesia católica, al promulgar el decreto 197, Ley Tejeda, referente a la reducción de los sacerdotes en todo el Estado de Veracruz, para terminar con el “fanatismo del pueblo”, como lo había publicado unos días antes el gobernador, Adalberto Tejeda, en el diario El Dictamen, amenazando con la muerte a quienes no se sometieran. Además, de parte del gobernador, fue enviada a cada sacerdote una carta exigiéndoles el cumplimiento de esa ley. Al P. Darío le correspondió el número 759 y la recibió el 21 de julio.

El P. Darío era consciente del peligro que corría su vida, sin embargo, manifestó en todo momento una gran tranquilidad y una serena alegría.

El sábado 25 de julio de 1931, muy temprano, recibió el P. Darío la visita de su madre, que llegó a Veracruz en el momento en que su hijo celebraba la Eucaristía, a la que asistió conmovida y llena de gratitud. Era la primera vez que se veían después de su ordenación sacerdotal.

Ese mismo día, 25 de julio, era la fecha establecida por el gobernador para que entrara en vigor la inicua ley. Era un día lluvioso, y en la parroquia de la Asunción todo transcurría normal. Las naves del templo estaban repletas de niños que habían llegado de todos los centros de catecismo, acompañados por sus catequistas. Había también un gran número de adultos, esperando recibir el sacramento de la reconciliación. Eran las 6.10 de la tarde, cuando varios hombres vestidos con gabardinas militares entraron simultáneamente por las tres puertas del templo, y sin previo aviso comenzaron a disparar contra los sacerdotes. El P. Landa fue gravemente herido, el P. Rosas se libró milagrosamente, al protegerse en el púlpito y el P. Darío, que acababa de salir del bautisterio, en donde había bautizado a un niño, cayó acribillado por las balas asesinas, bañado en su propia sangre, cayó muerto instantáneamente, alcanzando a exclamar: “¡Jesús!”.

Todo era confusión y caos, gritería de los niños y de las personas mayores, que de manera atropellada, trataban de refugiarse bajo las bancas o corrían buscando la puerta de salida. Al escuchar los disparos, salió de la sacristía el Sr. Cura de la Mora pidiendo que a él también lo mataran, pero los asesinos ya habían huido. El Sr. Cura se acercó para darle los últimos auxilios al P. Darío. El cadáver fue conducido a la Cruz Roja para seguir los procedimientos legales.

Esa misma noche el Sr. Cura Justino de la Mora avisó a Mons. Guízar lo ocurrido, quien inmediatamente dirigió una carta al gobernador de Veracruz, Adalberto Tejeda, haciendo referencia a dos mártires, porque cuando recibió la noticia creyó que el P. Landa también moriría:

“Recibí por teléfono la fatal noticia de que, como fruto de la ley inicua y tiránica que usted está aplicando en contra de la Iglesia, como de las órdenes que dictó usted a sus subalternos, en presencia de dos mil niños fueron asesinados dos de mis sacerdotes en los momentos en que se dedicaban a enseñar la doctrina cristiana a esos mismos niños, en la iglesia de la Asunción, de la ciudad de Veracruz.

No pudieron escoger oportunidad más propicia para enaltecer a la Iglesia fundada por Jesucristo, con la sangre de dos mártires derramada en fuerza del odio que usted y sus partidarios tiene a Dios y a la Iglesia. En estos momentos cuando yo lloro, herido por la espada del dolor, con motivo de tan enormes crímenes, los ángeles del cielo reciben las almas de dos mártires, en medio de las más grandes alegrías, para colocarlas entre los héroes del cristianismo.

 Sr. Tejeda, ya Veracruz fue regada con la sangre de mártires y ella fructificará para que brillen la verdad y la justicia y para que la religión, lejos de extinguirse en esta mi amada diócesis, con tan excelente poda, brote con mayor vigor, a pesar de los esfuerzos de los tiranos, que se estrellarán ante la roca inexpugnable de Dios”.

Los restos mortales del Beato Ángel Darío se veneran el la catedral de Veracruz, Ver.


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