¡Firmes en la fe!

1. México. Los primeros años del siglo XX.

A finales de 1927, en el país se resentía la miseria en muchas familias. Hubo una fuerte crisis económica en todas las actividades comerciales. En gran parte se debía a la huída de mucha gente de los campos ante la presencia, amenaza, saqueos y asesinatos que provocaban los federales.

El 3 de enero de 1928 es reformada la Ley Petrolera de 1925, propuesta por Calles. Después de discusiones, el mismo Calles llegó a compromisos que favorecieron a Estados Unidos. Los interesados en lograr dicha reforma eran los norteamericanos dueños de propiedades privadas, petroleros y banqueros. Nuevamente un presidente mexicano cedía ante ellos. Un papel importante en las negociaciones con Calles la tuvo el embajador Morrow. En adelante continuaría interviniendo en México, especialmente en los llamados “arreglos” para lograr la pacificación en México, ya que no convenía al vecino país que la crisis política y social continuara.

Ese mismo mes, Morrow buscó en Estados Unidos el apoyo del padre John J.Burke, esto con la finalidad de buscar el acercamiento de los Obispos mexicanos con el Gobierno de México.

El día 30, el gobierno de Plutarco Elías Calles envió aviones de la fuerza aérea militar para bombardear el monumento nacional a Cristo Rey en la cima del cerro del Cubilete. Aquel fue un acontecimiento de incalculable trascendencia por la repercusión moral que suscitó entre los católicos.

2. México, tierra de Santos y Beatos.

Jesús Méndez Montoya

Nació en Tarímbaro, Mich., el 10 de junio de 1880, hijo de Florentino Méndez y María Cornelia Montoya. Su familia asistía diariamente a misa y rezaban el rosario, eran personas piadosas y, en aquel humilde hogar, se vivían las virtudes. A los catorce años ingresó al seminario; como su familia era pobre le ayudaba con lo que podía para su sostenimiento, y algunos vecinos de su pueblo natal también le ayudaban.

El 3 de junio de 1906 recibió la ordenación sacerdotal. Fue nombrado vicario cooperador de la parroquia de Huetamo, Mich.,  de 1906 a 1907, en donde sufrió un agotamiento nervioso que alarmó a sus familiares. Pasó a la parroquia de Pedernales, en donde estuvo desempeñando su labor pastoral por 6 años. Nuevamente enfermó y su arzobispo le envió a Valtierrilla, Gto.,  para que se recuperara. En su ministerio sacerdotal fue siempre acompañado por su madre, sus tres hermanas y su hermano.

Fue un sacerdote que supo hacerse todo a todos, no escatimó medios para intensificar la vida cristiana entre sus feligreses. Dedicó largas horas a administrar el sacramento de la confesión. Convivía con las familias pobres, era un catequista y guía para los obreros y campesinos; y un asiduo maestro de música que formó un buen coro para las celebraciones.  Promovió obras sociales y fundó una cooperativa de consumo y una caja de ahorro para ayudar a los pobladores de la parroquia.

Durante la persecución religiosa, el padre Méndez siguió ejerciendo su ministerio ocultamente: celebraba la misa muy temprano, bautizaba, confesaba. Atendía a los enfermos.

Por aquellos días, tras el agotamiento de todos los recursos e intentos pacíficos y legales para que se derogaran las leyes persecutorias, comenzó la cristiada (se le llamó así al levantamiento armado de un numeroso grupo de católicos por defender su fe). Algunos en Valtierrilla se sumaron a los cristeros y fijaron como fecha para el levantamiento el 5 de febrero de 1928. Fueron delatados y vendidos por la traición. Los federales del pueblo cercano de Sarabia invadieron el pueblo para sofocar el levantamiento arrasando todo lo que encontraban en pie. El padre Méndez nada tuvo que ver con eso ya que jamás empuñó las armas.

Eran más o menos las cinco de la mañana cuando llegaron de improviso los federales. El padre Méndez estaba terminando de celebrar la misa en una dependencia de la notaría. La acabó de prisa, dio la comunión a su hermana y a una señora. Quiso huir por una ventana ocultando debajo de una manta la Eucaristía, pero los soldados ya lo tenían acorralado. Entonces tomó el copón con las hostias consagradas y lo escondió bajo su gabán; pero queriendo buscar una mayor seguridad para el Santísimo, se brincó por una ventana de la notaría que daba a la torre del templo. Unos soldados habían subido al campanario para poder ver la dirección que tomaban los cristeros que huían. Inmediatamente que vieron al sacerdote bajaron con rapidez, pensando quizá, sin conocerlo, que sería algún cristero.

Al registrarlo encontraron el copón que apretaba contra su pecho y le preguntaron: “¿Es usted cura?”, a lo cual respondió: “Sí, soy cura”. Esto bastó para que lo detuvieran. Él les dijo: “A ustedes no les sirven las hostias consagradas, dénmelas”. Pidió a los soldados unos momentos para hacer oración, se puso de rodillas. Rápidamente consumió algunas hostias consagradas. Luego dijo a los soldados. “Ahora, hagan de mí lo que quieran. Estoy dispuesto”. Los soldados le dijeron: “Deles esa joya a las viejas”. Se refería a Luisa, la hermana del padre, y a la señora María Concepción, que trataban de defender al sacerdote. Les entregó el copón diciéndoles: “Cuídenlo y déjenme. Es la voluntad de Dios”.

Los soldados le llevaron a un callejón aislado del pueblo y un capitán, apellidado Muñiz, quiso matarlo, pero se le encasquilló la pistola. Ordenó a los soldados que lo fusilasen. Los soldados fingieron cumplir la orden, pro las balas no tocaron al padre. Entonces el capitán despojó de su sotana al padre, le quito el crucifijo y una medalla; agachándose lanzó varias piedras a algunos curiosos, y luego, empujando al padre hacia unos magueyes le disparó con su pistola. El padre cayó muerto. Eran aproximadamente las siete de la mañana.

Los soldados incautaron el cadáver y, como a las tres de la tarde del mismo día 5, de llevaron el cuerpo a Cortazar en una camioneta de redilas, propiedad del gobierno. En ese lugar los soldados lo pusieron junto a la vía del tren, con el fin de que fuera despedazado, e hicieron desfilar ante l cuerpo a todas las gentes de Valtierrilla que se habían llevado en calidad de detenidos. Las mujeres de los oficiales quitaron el cuerpo de allí y se lo llevaron a un portalillo. Entonces los soldados cavaron una fosa en el mechero de los caballos para enterrarlo, pero las soldaderas se opusieron, y como el señor Elías Torres pidió el cuerpo para sepultarlo, se lo concedieron.

Beato Luis Magaña Servín, laico. Mártir

Nació en Arandas, Jalisco, -municipio de firme religiosidad-, el 24 de agosto de 1902.

Su padre, curtidor de pieles, transmitió el oficio a su primogénito, quien desde adolescente mostró especiales aptitudes para el trabajo, la responsabilidad y el ahorro. Su madre se dedicó completamente al hogar. Ella supo inculcar en sus hijos una piedad sólida, un gran amor a la Eucaristía y a la Virgen María.

Los niños en Arandas pasaban la vida entre la casa, la escuela y el templo. Todos en la familia Magaña Servín se levantaban temprano; a las cinco de la mañana, papás e hijos iban a misa a la parroquia; solían comulgar a diario. Por las tardes, los niños ayudaban en el trabajo de la curtiduría. Muy pronto Luis llegó a estar al frente de la misma.

Después de su trabajo, los Magaña salían a jugar con los vecinos. Gozaban alegremente de los momentos diarios de esparcimiento, eran amigables. Luis era de temperamento tranquilo y noble, sensible y bondadoso, tenaz y muy constante en lo que emprendía, responsable y transparente en su actuar.

Luis viajaba regularmente con su padre a Atotonilco para vender los cueros curtidos., era bueno para vender, convencía a las personas y pronto terminaba con la venta.

En cuanto se fundó en Arandas la Asociación Católica de la Juventud Mexica­na, se afilió a ella, adquiriendo los conocimientos básicos sobre doctrina social católica. Fue uno de los socios fundadores más comprometidos.

En 1924 quedó inscrito como socio activo fundador de la Archicofradía de la Adoración Nocturna del Santísimo Sacramento, de la que será miembro asiduo y piadoso. Su gran amor a Jesús Eucaristía le daba la fuerza para vivir fielmente su fe.

Tuvo Luis una sola novia, con la que se casó, se llamaba Elvira Camarena Méndez. La boda se realizó el 6 de enero de 1926 en la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe. Ella tenía 18 años y él 24. En su vida matrimonial, Luis y Elvira se acoplaron bien al trabajo, en su vida cristiana no descuidaban participar en la Misa y hacer oración. Colaboraban con gusto en las iniciativas de la parroquia.

Entre tanto, la situación de los católicos parecía empeorar de día en día. El fatídico 31 de julio de 1926 el culto público fue suspendido por mandato de los obispos.

En medio de las preocupaciones y tiempos de angustia y persecución, el 11 de abril de 1927 nació el primogénito de Luis, lo llamaron Gilberto. Para él fue el comienzo de una nueva etapa en su vida familiar. Aquel niño llenó de alegría su vida.

Los cristeros entablaban batallas contra los soldados federales, algunas veces triunfaban, otras, en cambio, eran vencidos. Luis ayudó con su oración y sus bienes a los católicos de la resistencia activa. Asesorado por el párroco J. de Alba, logró organizar muy bien la ayuda coordinando todo a través de un mensajero de confianza, un panadero a quien le decían “Pancho la Muerte”.

El apoyo incondicional ofrecido por los habitantes de Los Altos a las fuerzas cristeras fortalecía la causa. Para cortar desde sus raíces la oposición católica, el gobierno civil y su brazo ejecutor, el ejército, implementaron acciones durísimas de represión y acoso, entre otras la ejecución de algún católico representativo de la comunidad. Ese fue el caso de Luis.

La autoridad militar ordenó en 1927 que en cuanto terminara la cosecha del maíz, todas las familias que vivían en los pueblos chicos y en los ranchos se concentraran en algún centro importante señalado por la autoridad con el fin de impedir la ayuda del pueblo a los cristeros. De ese modo cualquier persona que se encontrara fuera de dicho centro o aislada, era considerada rebelde y podía ser fusilada en el mismo lugar sin investigación o juicio alguno. Esta reconcentración obligó a los campesinos a abandonar sus casas. En Arandas acogieron a los habitantes de los alrededores.

En febrero de 1928, un grupo de soldados federales al mando del general Zenón Martínez ocupó la plaza de Arandas, posesionándose de la iglesia parroquial y del curato, donde se instaló el Centro de Operaciones. El militar tuvo informes de algunos católicos de la población solidarios con la resistencia y se propuso escar­mentar en uno a todos; eligió pues dos nombres, José Refugio Aranda, llamado “Pancho la Muerte”,  y Luis Magaña Servín.

Al mediodía del 9 de febrero de 1928, los emisarios de Martínez llegaron al domicilio de Luis, pero no dieron con él. Los emisarios, para no irse con las manos vacías, hicieron prisionero a Delfino, hermano de Luis. Dejaron claro que si éste no se presentaba ese mismo día en la comisaría, su hermano sería fusilado.

Luis, con serenidad y precisión decidió presentarse ante los militares. Se vistió con sus mejores vestidos; se sentó a la mesa y quiso comer con toda la familia reunida. Era la última comida con los suyos. Al terminar, se levantó, se puso de rodillas delante de sus padres y les pidió la bendición. Animó a todos diciéndoles que pronto volvería y les dio un fuerte abrazo; estrechó a su pecho y besó a al pequeño Gilberto; con otro fuerte abrazo se despidió de su esposa Elvira, que sollozaba. Salió de su casa camino de su martirio. Se presentó en el curato convertido en cuartel y preguntó por el general Martínez. Un oficial lo condujo al hotel Centenario donde se hospedaba el general.

Luis pidió al general Martínez la libertad de su hermano a cambio de la suya. El militar aceptó el trato, y sin mayores trámites, como si se sentenciara a un peligroso delincuente, ordenó se formara en el atrio de la iglesia el cuadro para ejecutar a los dos prisioneros, José Refugio Aranda y a Luis Magaña Servín.

Eran las tres y media de la tarde. A Luis le ataron las manos, pero no quiso ser vendado. Hizo uso de la palabra en los siguientes términos: “Yo no he sido nunca ni cristero ni rebelde, como ustedes me acusan. Pero si de cristiano me acusan, sí lo soy, y por eso estoy aquí para ser ejecutado. Soldados que me van a fusilar, quiero decirles que desde este momento quedan perdonados y les prometo que al llegar ante la presencia de Dios serán los primeros por los que yo pida. ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Santa María de Guadalupe!”.

Sus palabras fueron interrumpidas por la descarga de los fusiles. La fuerte detonación estremeció el silencio trágico de esa tarde.

Beato José Sánchez del Río, laico. Mártir

Nació el 28 de marzo de 1913 en Sahuayo, Mich. Hijo Macario Sánchez Sánchez y María del Río. Los Sánchez del Río eran reconocidos como una de las familias principales del lugar, muy católicos y de antiguo abolengo.

Macario, el padre, era recto y noble, de convicciones firmes, se había convertido en un próspero ganadero y poseía el rancho “El Moral”. Doña Mariquita, se dedicaba a las labores del hogar y a la educación de sus hijos.

José era un niño sano, de carácter agradable, inquieto y travieso, amable y sencillo, obediente y cariñoso con sus padres. Desde muy pequeño iba a la parroquia acompañado de su mamá y asistía al catecismo y a misa todos los domingos. Inició su instrucción primaria en Sahuayo, distinguiéndose por su bondad. Tenía una piedad natural, era muy grande su devoción a la Santísima Virgen de Guadalupe y rezaba con gusto el santo rosario.

Al estallar la cristiada sus dos hermanos mayores, Macario y Miguel, se alistaron en las filas de defensa de la libertad religiosa, bajo el mando del Gral. Ignacio Sánchez Ramírez que comandaba las fuerzas cristeras de la región de Sahuayo. José no tenía todavía la edad suficiente para seguir el camino de sus hermanos mayores, pero con gran empeño estuvo solicitando que se le admitiera, a pesar de los consejos paternos que le hacían ver la poca utilidad que podían tener para la causa las acciones de un niño de poco más de trece años.

Durante una peregrinación que hizo a la tumba de Anacleto, pidió, por su intercesión, la gracia del martirio. A partir de ese momento, su resolución fue firme, y con más insistencia se propuso solicitar su admisión en las filas cristeras.

Ante la negativa del Gral. cristero de la región de Sahuayo, en el verano de 1927, con ayuda de sus tías María y Magdalena, hermanas de su padre, emprendió el camino a Cotija para entrevistarse con el general cristero Prudencio Mendoza y hacerle su petición de viva voz. Lo acompañó el joven J. Trinidad Flores Espinoza, quien también pretendía ser cristero.

Ya en el ejército experimentaron las inclemencias de la vida militar, pero perseveraron en su ideal y al poco tiempo J. Trinidad Flores Espinosa fue aceptado como miembro de la tropa de línea y como un signo de confianza el Gral. Guízar Morfín nombró a José su clarín para que estuviera a su lado transmitiendo sus órdenes a la gente y como abanderado de la tropa.

En un enfrentamiento que tuvieron las tropas cristeras con las federales del Gral. Tranquilino Mendoza, el 6 de febrero de 1928, al sur de la población de Cotija, casi lograron tomar prisionero al jefe cristero Guízar Morfín porque le mataron el caballo, pero José bajándose rápidamente del suyo en un acto heroico se lo ofreció diciéndole: “Mi general, tome usted mi caballo y sálvese, usted es más necesario y hace más falta a la causa que yo”. El Gral. Guízar Morfín pudo escapar, pero las tropas federales en esa escaramuza hicieron prisioneros a José Sánchez del Río y a un indito llamado Lorenzo. Los llevaron maniatados hasta Cotija en medio de golpes e injurias.

El General lo mandó encerrar en la cárcel de Cotija. Ya en el calabozo, oscuro y maloliente, a José se le vino a la mente el recuerdo de su madre y pensando que podría estar preocupada por él, pidió papel y tinta para escribirle. Luego, de alguna manera logró hacerla llegar a su destino:«Cotija, lunes 6 de febrero de 1928. Mi querida mamá: Fui hecho prisionero en combate este día. Creo en los momentos actuales voy a morir, pero nada importa, mamá. Resígnate a la voluntad de Dios, yo muero muy contento, porque muero en la raya al lado de Nuestro Señor. No te apures por mi muerte, que es lo que me mortifica; antes, diles a mis otros hermanos que sigan el ejemplo del más chico y tú haz la voluntad de Dios. Ten valor y mándame la bendición juntamente con la de mi padre. Salúdame a todos por la última vez y tú recibe por último el corazón de tu hijo que tanto te quiere y verte antes de morir deseaba. José Sánchez del Río».

Al día siguiente martes 7 de febrero, los dos prisioneros fueron trasladados de Cotija a Sahuayo y puestos a disposición del diputado federal Rafael Picazo Sánchez.

Ante las circunstancias de la corta edad de José y de que su padre era un hombre de dinero, las autoridades políticas y militares consideraron la posibilidad de liberarlo a cambio de una fuerte cantidad de dinero. El diputado Picazo se inclinaba por dicho arreglo, dado que José era su ahijado y además tenía relaciones de amistad con la familia Sánchez del Río.

Al ser notificado, el afligido padre de inmediato viajó a Guadalajara con la intención de hacer todo lo que fuera posible por salvar la vida de su hijo, y buscar la manera de reunir la cantidad que le habían solicitado. Los familiares de José le avisaron que iban a pagar el rescate por su libertad, pero José les pidió por Dios no lo hicieran, que no se pagara por él ni un solo centavo porque él ya había ofrecido su vida a Dios.

Al día siguiente, miércoles 8 de febrero, al enterarse Picazo de la matanza de sus gallos se presentó iracundo en el templo y enfrentándose a José le preguntó si sabía lo que había hecho, a lo que José respondió con aplomo: “La casa de Dios es para venir a orar, no para refugio de animales”. Picazo con rabia lo amenazó y José le respondió: “Estoy dispuesto a todo. ¡Fusílame para que yo esté luego delante de Nuestro Señor y pedirle que te confunda!”. Ante esta respuesta uno de los ayudantes de Picazo le dio un fuerte golpe a José en la boca que le tumbó los dientes.

Ese mismo día a las 5:30 de la tarde sacaron a los dos prisioneros de la parroquia y los llevaron a la plaza principal al lado poniente donde colgaron a Lázaro de un cedro que estuvieron utilizando para las ejecuciones. José fue obligado a estar junto al árbol y presenciar la muerte de su amigo. Entonces se dirigió a los verdugos y con gesto enfático les dijo: “¡Vamos, ya mátenme!”.

En cuanto a José, sólo quisieron asustarlo y lo volvieron a encerrar en la parroquia. El 10 de febrero, cerca de las seis de la tarde, sacaron a José de la parroquia y lo trasladaron al Mesón del Refugio, ahí le anunciaron la cercanía de su muerte. De inmediato José pidió papel y tinta para escribir a su tía María: “Sahuayo, 10 de febrero de 1928. Sra. María Sánchez de Olmedo. Muy querida tía: Estoy sentenciado a muerte. A las 8 y media se llegará el momento que tanto, que tanto he deseado. Te doy las gracias de todos los favores que me hiciste, tú y Magdalena. No me encuentro capaz de escribir a mi mamacita, si me haces el favor de escribirle a mi mamá y a María S. Dile a Magdalena que conseguí con el teniente que permitiera verla por último. Yo creo que no se me negará a venir. Salúdame a todos y tú recibe, como siempre y por último, el corazón de tu sobrino que mucho te quiere y verte desea. ¡Cristo vive, Cristo reina, Cristo impera! ¡Viva Cristo Rey y Santa María de Guadalupe! José Sánchez del Río que murió en defensa de su fe. No dejen de venir. Adiós”.

Cerca de las once de la noche le desollaron los pies con un cuchillo, lo sacaron del mesón y lo obligaron caminar a golpes por la calle de Constitución. Los verdugos querían hacerlo apostatar a fuerza de crueldad inhumana, pero no lo lograron. Sus labios sólo se abrieron para gritar vivas a Cristo Rey y a Santa María de Guadalupe. Los vecinos escuchaban con infinita pena los gritos llenos de valor y fervor cristiano que José lanzaba en medio de la noche: “¡Viva Cristo Rey!”.

Ya en el panteón viendo su fe y fortaleza que no se amilanaba ante el tormento, el jefe de la escolta que presidía la ejecución ordenó a los soldados que apuñalaran el delgado cuerpo del adolescente para evitar que se escucharan los disparos en el pueblo. A cada puñalada José gritaba con más fuerza: “¡Viva Cristo Rey!”.

Luego el jefe de la escolta dirigiéndose a la víctima le preguntó por crueldad si quería enviarle algún mensaje a su padre. A lo que José respondió indoblegable: “¡Que nos veremos en el cielo! ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Santa María de Guadalupe!”. En ese mismo momento para acallar aquellos gritos que lo enfurecían, él mismo sacó su pistola y le disparó en la cabeza. José cayó bañado en sangre, ahogando así el último grito de su jaculatoria ritual para la muerte. Eran las once y media de la noche del viernes 10 de febrero de 1928. Su cuerpo quedó sepultado sin ataúd y sin mortaja, recibió directamente las paleadas de tierra.

El más joven de los mártires beatificados de la persecución mexicana había alcanzado la gracia del martirio. Ejemplo de amor y fidelidad a Cristo Rey y a su Iglesia: “Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el Cielo: de la misma manera persiguieron a los profetas que os precedieron”. Cfr. Mt 5,11

Santo Toribio Romo González, Pbro.

Nació en el rancho de Santa Ana de Guadalupe, Jal., (Jalostotitlán), el 16 de Abril de 1900. Hijo de Patricio Romo y de Juana González.

Creció y se educó en una familia cristiana, en un pueblo sencillo y fervoroso que acostumbraba la Adoración Nocturna al Santísimo y a venerar con filial devoción a la Santísima Virgen. De niño fue acólito y se distinguió por la devoción y delicadeza con que ayudaba en la celebración de la Misa.

A los 13 años de edad inició sus estudios en el Seminario Auxiliar de San Juan de los Lagos. Se dedicó con ahínco a sus estudios y a la práctica de las virtudes. Se inscribió en la Acción Católica en la que se distinguió por su dinamismo y su actividad en las obras católico-sociales. El joven seminarista era muy dedicado a la oración, de comunión diaria y de frecuentes visitas al Santísimo.

En 1920 ese mismo año ingresó al Semi­nario de Guadalajara para continuar y concluir sus estudios. Recibió el diaconado el 3 de septiembre de 1922, y el 23 de diciembre del mismo año fue ordenado sacerdote. Canto su primera misa en Santa Ana, en el templo cuyos cimientos había iniciado él mismo siendo aún seminarista y que había sido dedicado a la Santísima  Virgen de Guadalupe. Sayula fue su primer destino; después Tuxpan, Yahualica, Cuquío y finalmente Tequila; en todas esas partes fue vicario cooperador,  salvo  en Tequila, donde estuvo con carácter de encargado de la Parroquia.

En Tequila, ya en plena persecución religiosa, ejerció su ministerio es­pecialmente en la administración de sacramentos, pero sin abandonar, en cuanto le era posible, la cate­quesis   y   en   especial la pre­paración a la primera comunión.

En las poblaciones donde estuvo, los fieles vieron en él un sacerdote abnegado y apostólico. Un sacerdote que se encariñaba luego con las gentes del lugar y trataba de llevarlas a Cristo. Como encargado de la parroquia en Tequila, por amor a sus fieles, aceptó las más duras pruebas y nunca dejó de atenderlos espiritualmente.

Cuando la persecución le privó de ejercer su ministerio, porque tuvo que huir y esconderse en las barrancas.

Fue un sacerdote pobre que sufrió muchas limitaciones materiales, como carecer de la ropa ne­cesaria, de alimentos, de libros para sus estudios; pero jamás se oyó quejarse.

El padre Toribio tuvo que establecer como centro de sus actividades una antigua fábrica de tequila, abandonada, cerca del rancho conocido como “Agua Caliente”, a mitad de una hermosa barranca llena de vegetación. En un cuarto improvisó un oratorio. Todos los días daba pláticas de instrucción religiosa a los barranqueños, y catequesis a los niños. Cuando crecía el peligro, porque se acercaban las fuerzas federales, celebraba la misa y los demás actos internándose en la barranca. En aquella barranca bautizó a centenares de niños, unió en matrimonio a mu­chísimas parejas y, cuando era ne­cesario, se trasladaba por la noche a la población de Tequila para auxiliar a los enfermos.

El 12 de diciembre de 1927, celebró la Misa de primera comunión de 20 niños. Con fervor extraordinario y, a la hora de impartir la Sagrada Comunión, dialogó con los niños para que reiteraran su fe y su amor a Jesucristo y pidieran por la paz de la Iglesia. Teniendo en sus manos temblorosas la sagrada hostia le dijo a Jesús: “¿Aceptarás mí sangre, Señor”? Por un instante no pudo continuar porque las lágrimas se lo impedían y cuando pudo pronunciar palabra repitió la frase: “¿Y aceptarás mi sangre Señor, que te ofrezco por la paz de la Iglesia?”.

El jueves 23 de febrero de 1928  ordenó a su hermano Román que se fuera a Guadalajara para que le ayudara en el arreglo de asuntos urgentes relacionados con la administración. A las cuatro de la mañana el Padre Román celebró el Santo Sacrificio y el Padre Toribio le ayudó. Antes de emprender el viaje, el Padre Toribio se arrodilló ante su hermano para que le oyera en confesión, y con un fuerte abrazo lo despi­dió, al  mismo tiempo que le decía: “No vuelvas hasta que no sepas algo”, y arrodillándose de nuevo le dijo: “Padre Román, dame una bendición grande”. Y le entregó una carta con el encargo de que no la abriera hasta que él se lo indicara.

El viernes 24, después de la Santa Misa y del almuerzo le dijo a su hermana María: “Voy a estar muy ocupado quiero poner todo al corriente”. Se sentó para arreglar las cuentas de la parroquia y hasta en la tarde se levantó para rezar el rosario y el Oficio Divino. Durante la noche se puso a terminar la documentación de matrimonios y bautismos, hasta la madrugada del sábado.

El sábado 25 de febrero de 1928, a las cuatro de la mañana despertó a su hermana, que había estado dormitando en una silla, y le dijo: “Tengo mucho sueño, voy a celebrar para luego acostarme”.  Sé dirigieron al oratorio, pero al estar preparando lo necesario para la Misa, dijo: “Mejor dormiré un rato y después podré celebrar mejor”. Volvió a su cuarto, se quitó la sotana y se tumbó sobre la cama de otates, cubriéndose la cara con un brazo. María se sentó en la cama del Padre Román y ambos se quedaron profundamente dormidos.

La masonería local lo buscaba con rabia y odio criminal. Los soldados lo detuvieron en su escondite esa madrugada. Había sido delatado. Uno de los soldados abrió la habitación donde estaba el Padre Toribio, y quitándole el brazo que le cubría la cara, gritó: “Sí, éste es el Cura, ¡mátenlo!”. En aquél momento despertó sorprendido el Padre Toribio y dijo: “Sí soy, pero no me maten…” Sin dejarlo terminar la frase, lo acribillaron en medio de insultos; el Padre Toribio, con pasos vacilantes, caminó hacia la puerta y una segunda des­carga lo hizo caer. Su hermana corrió hacia él y lo tomó entre sus brazos; con voz fuerte le dice: “Valor, Padre Toribio… ¡Jesús Misericordioso, recíbelo! ¡Viva Cristo Rey!”.

Con una última mirada, el Padre Toribio se despidió de aquella hermana que le llevó al sacerdocio y al martirio.

Los soldados y los agraristas le quitaron los pantalones, el saco y los zapatos, y en medio de canciones vulgares iniciaron el traslado del cadáver sobre una improvisada camilla, hecha por los campesinos, que asustados se dieron cuenta del drama. La sangre de aquel abnegado sacerdote fue bañando la barranca hasta llegar a Tequila, donde frente a la Presidencia Municipal tiraron el cadáver. A María se la llevaron presa, a pie y descalza, sin permitirle hacer nada por rescatar el cadáver de su hermano. La familia Plasencia intercedió ante el Presidente munici­pal para que le concediera recoger el cadáver y velarlo en su casa. Allí llegó mucha gente de la pobla­ción; entre lágrimas y rezos, desfiló frente al cuer­po de su amado sacerdote. Algunos mojaban algodones con la sangre del Mártir.

Al día siguiente, en imponente manifestación, fue llevado al cementerio y poco después colocaron una cruz y una placa que expresaba la gra­titud de un pueblo: “El buen pastor da la vida por sus ovejas”.

Pasados algunos días de aquel doloroso aconte­cimiento, el Padre Román se acordó de la carta que le había entregado su hermano Toribio. La abrió y leyó su contenido: “Padre Román, te encargo mucho a nuestros ancianos padres; haz cuanto puedas por evitarles sufrimientos. También te encargo a nuestra hermana Quica, que ha sido para nosotros una verdadera madre”. A continuación le encarga a otros familiares y termina diciendo: “A todos te los encargo. Aplica dos misas que debo por las Almas del Purgatorio y pagas tres pesos cincuenta centavos que le quedé debiendo al Sr. Cura Ruvalcaba, de Yahualica, Jalisco”.

Aquel pequeño poblado de Santa Ana de Guadalupe, Jalisco, se convirtió en un lugar de peregrinación donde centenares de peregrinos se dan cita para pedir su intercesión o agradecerle algún favor recibido. No han sido pocos los inmigrantes que, arriesgando la vida cruzan la frontera a Estados Unidos, han experimentado la protección y el amparo de este Mártir, que misteriosamente y sin explicación humana alguna, ha guiado sus pasos hacia la salvación.

3. Recorriendo los lugares de los Santos y Beatos. (Recorrido fotográfico)

San Jesús Méndez Montoya

Tarímbaro y Huetámo, Mich.

Valtierrilla y Cortazar, Gto.

Beato Luis Magaña Servín, Laico. Mártir

Arandas, Jal.

Beato José Sánchez del Río, Laico. Mártir

Sahuayo, Mich.

Guadalajara, Jal. (Panteón de Mezquitán, José visitó la tumba de Anacleto González Flores) y Cotija, Mich.

Santo Toribio Romo González, Pbro.

Santa Ana de Guadalupe y San Juan de los Lagos, Jal.

Guadalajara y Sayula, Jal.

Tuxpan y Yahualica, Jal.

Cuquío y Tequila, Jal.

4.- Un lugar para ellos. Santuario de los Mártires de Cristo (Recorrido fotográfico)

Acero de refuerzo y cimbra, arco 1-A, ala sur, cubierta posterior (C3)

Vista Nor-Poniente y Muro altar y zona de servicios del sótano del presbiterio


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Una respuesta a ¡Firmes en la fe!

  1. virginia dice:

    michoacan que Dios se apiade de ti, y calme esta ola de crimenes que hay, en tus tierras, eres un estado lleno de bondad, y Santidad, con lugares bellos que el ojo del hombre nunca alcanzaran a ver, PUEBLOS DE MICHOACAN, que ya no sea derramada tanta ignorancia y sangre

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