1. México. Los primeros años del siglo XX.
Opositor de Obregón y candidato presidencial del Partido Antirreeleccionista, el general Francisco Serrano se había levantado en armas.
El día 3 de octubre de 1927, el Secretario de Guerra, general Joaquín Amaro se reúne con el presidente Plutarco Elías Calles y Álvaro Obregón, quienes comentan que el general Francisco R. Serrano está en Cuernavaca y esperan que las fuerzas del general Juan Domínguez se le unan; han tenido noticia que en Balbuena se han sublevado el general Héctor Ignacio Almada y otros, y que van camino de Texcoco seguidos por cuatro corporaciones. Amaro pregunta a Calles si alcanzan a los sublevados en Texcoco. Saben también que en Perote, Veracruz, han defeccionado dos regimientos y que en Torreón, Coahuila, durante la madrugada se ha sublevado el 16º Batallón.
Álvaro Obregón da la orden de que Serrano y sus seguidores sean detenidos y pasados por las armas. Serrano se encontraba en Cuernavaca con trece amigos celebrando su santo, cuando fueron detenidos Son traslados en dos carros, y en Huitzilac, Mor., el general Fox dice algo en voz baja al coronel Hilario Marroquín y al capitán Pedro Mercado. Marroquín baja del carro a Serrano golpeándolo y luego dispara contra él. Los demás soldados tiran a quemarropa sobre los prisioneros.
El 13 de Octubre de 1927, la Cámara de Senadores reforma el artículo 83 de la Constitución General de la República estableciendo los periodos presidenciales: “El Presidente entrará a ejercer su cargo el primero de diciembre, durará en él seis años y nunca podrá ser reelecto para el periodo inmediato”.
Otro candidato a la presidencia, también anti reeleccionista, Arnulfo R. Gómez, se reúne el 1º de julio de 1927, con el otro candidato presidencial antireeleccionista, el general Francisco R. Serrano. Acordarán sostener los principios de la no reelección y la armonía en sus filas.
En su campaña electoral por diversos Estados de la República, Gómez denuncia la política de Obregón y los medios que utiliza para engañar a la población. El 1º de octubre, Gómez, debilitado en su salud por la campaña, sale hacia Perote para unirse con el general Horacio Lucero, jefe de la guarnición militar, señala que no intenta rebelarse, pero lo hace por su seguridad. Tras fallar el intento de aprehender a Calles, Obregón y Amaro, durante las maniobras nocturnas de los llanos de San Lázaro, y de iniciarse la rebelión del general Héctor Ignacio Almada, es perseguido por las fuerzas del general José Gonzalo Escobar y derrotado en Ayahualulco el 10 de octubre. El 4 de noviembre, Gómez, enfermo, es sorprendido a la medianoche en las montañas que se extienden entre Teocelo e Ixhuacán, según rumores, por denuncia de Aarón Galván, quien le llevaba alimentos. Es conducido en ferrocarril a Coatepec, sometido a juicio sumario y fusilado la mañana siguiente en Teocelo.
El general Álvaro Obregón, nuevamente candidato a la presidencia de México, quería presentarse como un pacificador. Los miembros de la Liga no lo entendían así, consideraban a Obregón como el responsable de todos los males que la Iglesia sufría en México, en parte estaban equivocados. El 13 de noviembre de 1927, Obregón es objeto de un atentado en Chapultepec, había sido ideado en el seno de la Liga y perpetrado por cuatro “ligueros”, entre ellos el ingeniero Luis Segura Vilchis, el chofer Nahum Lamberto Ruiz y el joven Juan Tirado Arias. Obregón salió ileso de dicho atentado. Pero como represalia, el 18 de ese mes, son detenidos el padre Miguel Agustín Pro, jesuita, y sus hermanos Humberto y Roberto. Ninguno tuvo que ver con el atentado. A los dos primeros los asesinaron.
En el estado de Guerrero, los cristeros se rebelaron en Chilapa de Álvarez, Tetipac, Ixcapuzalco, Coyuca de Catalán, Ajuchitlán y Pachivia, municipio de Ixcateopan, y lograron integrar un ejército de alrededor de 3,500 “cristeros” quienes después de apoderarse de plazas como Acapulco, Huitzuco, Técpan, Coyuca de Catalán y Chilapa, tomaron temporalmente la capital del estado. Para fin de 1927 el Gobierno Federal lanzó una fuerte ofensiva para recuperar la mayor parte de las plazas tomadas por los rebeldes, pero a raíz de la ejecución del párroco de Tecalpulco, la insurrección se fortaleció y los combates continuaron hasta 1929.
2. México, tierra de Santos y Beatos.
San Margarito Flores García, Pbro.
Nació en Taxco, Gro., el 22 de febrero del 1899. Sus padres fueron Germán Flores y Mercedes García. Su padre se dedicaba a los oficios de talabartero y peluquero. Estudió la primaria y, dada la precaria situación económica de su familia, trabajó de muy chico, tenía unos doce años. Se desempeñó como peluquero y como empleado en una tienda de abarrotes, donde enfermó gravemente por el trabajo excesivo.
Desde adolescente, Margarito quería ser sacerdote. Era un muchacho piadoso, vivía abierto a la gracia de Dios, visitaba diariamente al Santísimo Sacramento y allí se quedaba un largo tiempo en oración. Ello no le impedía el cumplimiento de su trabajo. Tal vez la falta de una adecuada y suficiente alimentación, la dureza del trabajo, la misma edad evolutiva, lo llevaron a tener una grave y penosa enfermedad. Al parecer fue una fuerte pulmonía. En estado de convalecencia accedió a prestar sus servicios como empleado dependiente en un comercio, pero nuevamente el exceso de trabajo le ocasionó trastornos que lo pusieron al borde de la muerte.
Cuando sanó, volvió a trabajar en varios oficios, e incluso, cuando ingresó en el seminario de Chilapa, siguió trabajando para pagarse sus estudios. Tenía 15 años. Fue uno de los estudiantes más brillantes de su promoción. Y así, entre trabajos, penalidades y apuros, llegó al sacerdocio.
Fue ordenado sacerdote el 5 de abril de 1924 en la capilla del seminario de Chilapa. El 20 de abril celebró su primera misa en la misma parroquia donde había recibido el bautismo, Santa Frisca y San Sebastián, de Taxco, Gro., con inmenso regocijo de toda su gente.
Luego lo enviaron como maestro del seminario de Chilapa. Tiempo después fue nombrado vicario de la parroquia de Chilpancingo. Uno de sus grandes anhelos fue la fundación de escuelas católicas para la niñez, y con la colaboración de maestros que habían sido sus discípulos, estableció en Chichihualco el Colegio Nicolás Bravo. En la vida parroquial tuvo un acento especial en poner en el centro de la vida de sus cristianos el amor al Corazón de Jesús.
Era un sacerdote amable, sencillo, serio, ateto con todos, siempre dispuesto a servir. Era pobre y sacrificado al máximo. Todo su ardor a la fe católica lo demostraba en su ardiente dedicación al apostolado, en el combate de las sectas que entonces comenzaban a propagarse, y en la defensa de la fe tan perseguida por el gobierno de entonces.
De Chilpancingo fue mandado a Tecalpulco. Encontrándose en ese lugar hizo una visita al Sr. Cura Pedro Bustos. Esa misma tarde llegaron los federales en persecución de los cristeros y esto obligó a ambos sacerdotes a refugiarse en las montañas durante varios días. Se separaron y cada quien regresó con su familia. Una noche, en su caminata, se acercó a una choza y pidió le permitieran pasar la noche, la respuesta fue negativa pues, tenerlo ahí era peligroso. Siguió su camino durmió a la intemperie y con hambre, hasta que logró llegar a su casa.
Después de permanecer un tiempo con su familia, con precaución, hizo un viaje a la ciudad de México. Ya en la capital, se entregó con afán a colaborar en la solución del conflicto religioso. Tuvo por residencia la casa de la familia Calvillo; durante ese tiempo, asistió a la Academia de San Carlos con el fin de perfeccionar sus conocimientos en pintura.
Se encontraba fuera de la Diócesis a causa de la persecución, cuando supo de la muerte heroica del Sr. Cura David Uribe, exclamó: «Me hierve el alma, yo también me voy a dar la vida por Cristo; voy a pedir permiso al Superior y también voy a emprender el vuelo al martirio».
En octubre de 1927, un día antes de salir con destino a Chilapa, lo dedicó a ofrecer su vida y su sangre en una misa celebrada por la salvación de México. Llegó a Chilapa, ahí sus superiores le pidieron que se hiciera cargo de la parroquia de Atenango del Río. A su paso por Tulimán se hospedó con una familia originaria de Chilapa. En el pueblo se encontró con el comisario municipal que lo trató bien, y hasta le dio un guía para que lo acompañara. Prosiguió su camino y lo detuvieron junto con el joven que lo acompañaba. Lo llevaron atado, caminando descalzo toda la noche hasta Tulimán, ante el general Manzo. En Tulimán detuvieron al comisario quien confesó la inocencia del guía. El comisario quedó formalmente arrestado por haber ayudado al sacerdote.
El 12 de noviembre de 1927, un poco antes de la once de la mañana, el capitán ordenó a un teniente que a las once en punto le diera el gusto de oír la descarga de la ejecución. El teniente fue al lugar en donde se encontraba el padre para conducirlo al sitio señalado para fusilarlo. A su paso, en el trayecto de un corredor, estaba el comisario. Con breves palabras el padre lo alentó diciendo: Usted va a morir dentro de unas horas; lo espero ante la presencia de Dios.
Ya cerca, el militar le dijo que eligiera el sitio preciso para morir. Con toda serenidad caminó hacia la esquina posterior del templo, solicitando le permitiera unos momentos para elevar sus últimas plegarias al Todopoderoso. Le fueron concedidas. Uno de los soldados se acercó a él y le dijo que si lo perdonaba, a lo que el padre contestó profundamente conmovido: “No solamente te perdono, también te bendigo”. Unos cristianos del lugar habían ofrecido pagar por su libertad, pero fueron rechazados.
El P. Margarito se hincó de rodillas y rezó antes de ser fusilado. Luego se levantó y dijo que estaba listo. La descarga le destrozó la cabeza.
Después fusilaron al comisario en Tepetlapa, Guerrero, por proteger a un sacerdote.
Los restos del Santo Mártir permanecen en la capilla de Nuestro Señor de Ojeda.
San Pedro Esqueda Ramírez, Pbro.
En la ciudad de San Juan de los Lagos, Jal., el 29 de abril de 1887, nació Pedro Esqueda, hijo de Margarito Esqueda y Nicanora Ramírez. El mismo día de su nacimiento recibió el santo bautismo, y la confirmación, menos de tres meses después, el 10 de julio siguiente. Sus padres fueron pobres, pero profundamente cristianos, de manera que criaron al niño en el santo temor de Dios, lo que hizo que toda su vida se conservara en la inocencia y santa simplicidad de costumbres.
A los cuatro años de edad inició su instrucción en una escuela privada, regida por la maestra Piedad; en ella aprendió las primeras letras, en la cartilla, durante dos años. A los seis años ingresó a la llamada “Escuela del Santuario”, dirigida por el profesor Pedro Márquez. Ahí curso los seis grados de instrucción primaria. Fue un alumno aprovechado, con buenas calificaciones y, a veces, premios en las materias. Era un niño sencillo, pacífico; no se le vio reñir, ni molestar a nadie.
Mientras estuvo en esta escuela formó parte del grupo de acólitos y del coro de la Basílica, así que una semana servía al altar y otra se integraba al coro. Era un niño piadoso, rezaba diariamente un rosario él solo y otro con su familia, en casa.
Al terminar la instrucción primaria no continuó estudiando, sino que se ocupó de trabajar en una zapatería, hasta que le externó a su padre, un día, el deseo que abrigaba de entrar al Seminario para llegar a ser sacerdote. Fue matriculado en el Seminario Auxiliar que funcionaba en la misma ciudad de San Juan de los Lagos. Ahí estudió los cursos de Humanidades y dos de Filosofía. “Sobresalió, en el Seminario; era muy estudioso”. Después de seis años en el Seminario Auxiliar, por orden de los superiores pasó, en 1908, a estudiar al Seminario Diocesano de Guadalajara. Ahí cursó el tercer año de Filosofía y los cursos de Teología. Recibió las órdenes sagradas hasta el diaconado.
En 1914, al desatarse la persecución carrancista, el Seminario fue clausurado e incautado su edificio. Los seminaristas lo abandonaron. Tuvo que refugiarse en San Juan de los Lagos. Ahí prestó servicios ministeriales a la parroquia, colaborando con el párroco, hasta que un día fue llamado a Guadalajara. En esta ciudad, en el oratorio público del Hospital de la Santísima Trinidad, recibió la ordenación sacerdotal el 19 de noviembre de 1916.
Seis días después, por orden de la autoridad eclesiástica competente, fue nombrado vicario cooperador de la parroquia donde había nacido, con el encargo de que, si fuera necesario, impartiera clases en el Seminario Auxiliar del lugar. Con gran gozo y regocijo de toda la feligresía, cantó su primera Misa en el Santuario de Nuestra Señora de San Juan de los Lagos, el primero de diciembre del mismo año.
Inició luego su ministerio sacerdotal, que ejerció durante, once años en esa parroquia de San Juan. Los feligreses lo recuerdan como un sacerdote ejemplar, humilde y lleno de caridad, con grandísimo celo, especialmente con los niños”. Tenía caridad con los pobres: jamás se le vio contrariado o de mal humor. Fue muy devoto de la Eucaristía, su párroco recuerda: “…lo veía haciendo devotamente oración ante el Santísimo Sacramento”.
Organizó una asociación llamada “Cruzada Eucarística”, para impulsar a los niños en el amor y devoción a Jesús Sacramentado. Ponía empeño especial en preparar a los niños que por primera vez se acercaban a la comunión. Amó entrañablemente a la Santísima Virgen María y motivó especialmente a los niños a que también la amaran.
En 1926 se recrudeció en México la persecución contra la Iglesia. El Presidente de la República, en su modo de proceder, manifestaba una apasionada decisión de acabar con la Iglesia. Los obispos mexicanos, como última medida de protesta y defensa, decidieron cerrar los templos y suspender el culto público. La administración de los sacramentos y el ministerio sacerdotal se realizaba ocultamente, en los hogares. Entonces las fuerzas del Gobierno desplegaron una tenaz persecución contra los sacerdotes de todo el país. El Arzobispo de Guadalajara aprobó que los sacerdotes que gustaran se escondieran, aun dejando sus puestos. En la ciudad de San Juan de los Lagos, el párroco y los sacerdotes se ocultaron en diversos lugares.
El padre Esqueda, también escondiéndose, quedó al frente de la parroquia por encargo del señor Cura. En diversas casas, y algunas veces fuera de la ciudad, se ocultaba, y en esos lugares ejercía su ministerio sacerdotal.
En los primeros días de noviembre de 1927, se refugió en Jalostotitlán, Jal. Decidió volver a la ciudad de San Juan de los Lagos para cumplir sus deberes ministeriales. Se hospedó en el Hospital del Sagrado Corazón. Solicitó asilo en alguna otra casa, que le negaron por miedo a las represiones del Gobierno; por lo cual se volvió a la casa de la familia Macías, donde había estado por algún tiempo. Las dos hermanas de sacerdote, Valeria y María del Refugio, le indicaron que era peligroso volver a una casa donde había estado antes; que ahí lo buscarían nuevamente, y le suplicaban saliera de la ciudad, a lo que contestó: “Dios me trajo, Dios sabrá”. Ahí se quedó. Tenía planeado salir de San Juan el 18 de noviembre, día en que lo aprehendieron.
Habían abierto en el piso, en el lugar donde estaba su cama, un agujero. Era un escondite pequeño. Ahí ocultaron los ornamentos y todo lo necesario para la celebración de la Eucaristía, como también algo del archivo parroquial, y dejaron un espacio pequeño para que pudiera esconderse el padre.
El 17 de noviembre, un sobrino del P. Pedro y otras dos personas vinieron, ya anocheciendo, a comunicarle que peligraba estando en la casa donde habitaba; que saliera de la ciudad. El contestó: “Dios sabrá”. Entrada la noche, se fue a la habitación que servía de oratorio y se guardaba el Santísimo Sacramento, invitó a toda la familia a participar y dirigió una meditación. Fue una reflexión de preparación a la muerte. Se vio, dice una de las personas presentes, que “estaba dispuesto a morir”. Al terminar agradeció, muy atentamente, la hospitalidad que le habían prestado.
Al día siguiente, 18 de noviembre, celebró la Santa Misa con mucho fervor. Después de las últimas oraciones, tomó un crucifijo y lo besó con mucha devoción, y después del desayuno entonó unos cánticos a media voz, al Sagrado Corazón de Jesús, con su semblante muy alegre.
Avanzaba la mañana cuando se escucharon unos fuertes golpes en la puerta de entrada a la casa. La señorita María del Refugio, de la familia donde se hospedaba el padre, fue a ver quién tocaba. Era la hermana del padre Pedro, que daba aviso de estar ya a la puerta los soldados. Así era. Habían rodeado la manzana y otros habían subido a las azoteas vecinas. El padre Pedro apenas tuvo tiempo de entrar a la excavación, preparada como escondite, taparla con unas tablas y poner encima una alfombra.
En seguida se oyeron otros fuertes golpes en la puerta. Fue la señorita Florentina a abrirla. Era el teniente Santoyo acompañado de cuatro soldados. Sin decir nada, entraron violentamente a la casa. La empezaron a revisar y llegaron al sitio de la excavación. El teniente ordenó a los soldados remover la alfombra y las tablas. Encontrando al padre, le ordenaron salir. “Lo sacaron a puros golpes y malas palabras”, amenazándolo con que lo fusilarían por ser sacerdote.
Llegó, luego, el coronel González Romero con otro buen número de soldados. Hizo algunas preguntas al padre Esqueda y, con furia, le golpeó una mejilla, abriéndole una herida que manó sangre. Le dio varios golpes con un fuete, que también le hirió la cabeza. A empujones le indicó que marchara. Fue tan fuerte uno de los empujones, que lo hizo caer al suelo, en el pequeño patio de la casa.
Se lo llevaron a la Abadía, (casa del Abad, contigua a la Colegiata de Nuestra Señora de San Juan) que el ejército había con vertido en cuartel. Ahí metieron al padre Esqueda a un cuarto oscuro, teniéndole incomunicado. Durante su prisión… lo azotaban diariamente. La encargada del Orfanatorio del Sagrado Corazón, Gertrudis del Espíritu Santo, que con valor fue a llevarle los alimentos, afirma que “oyó los golpes que le descargaban y los tremendos azotes. Antes de que lo mataran ya estaba por terminar su vida con tanto que lo martirizaban”.
Ahí lo tuvieron prisionero hasta el 22 de ese mes de noviembre de 1927. Ese día la tropa toda se movía al pueblo de San Miguel el Alto. Se llevaron al padre Esqueda consigo. Lo sacaron de la casa-prisión a empujones y golpes. Uno de los empujones, al bajar la escalera de la Abadía, fue tan fuerte que lo arrojó al suelo, quebrándosele el brazo derecho. Él soportaba callado: “Sufrió las molestias y tormentos que le dieron antes de morir, en silencio, manifestando tranquilidad de ánimo al salir para el lugar del tormento”.
Se lo llevaron a pie hasta la salida de San Juan de los Lagos. Algunos niños lo acompañaron, y con uno de ellos mandó un recado a sus hermanas, y algunas cosas. Lo subieron a un caballo, atándole con una soga los brazos. El padre Esqueda, a caballo, vigilado por los soldados, caminó hasta llegar al poblado de Teocaltitán, cercano a San Miguel el Alto. Lo bajaron del caballo y a pie cruzó el poblado hasta las afueras de él. Ya en el campo, llegaron a un lugar donde estaba un mezquite. El coronel Santoyo ordenó al prisionero que subiera al mezquite hasta donde estaba el tapanco de rastrojo. El padre Esqueda, con infinita humildad, sin decir palabra, intentó cumplir lo que se le ordenaba. Mas no pudo hacerlo, ya que tenía el brazo derecho roto y no podía hacer fuerza. Hizo varios intentos de subir pero no pudo. ¿Qué intentaba el coronel Santoyo con hacer que el sometido subiera al tapanco?
Injurió el coronel al sacerdote por no subir al tapanco y sacó entonces la pistola, descargando tres tiros sobre el padre Esqueda. Uno le entró en la mandíbula y salió en el cráneo y dos en el costado izquierdo. Cayó muerto con “el brazo derecho extendido hacia arriba, y el izquierdo en el pecho”. “Eran entre una y dos de la tarde”, del 22 de noviembre de 1927.
Los habitantes del poblado de Teocaltitán recogieron el cuerpo del mártir la tarde de ese día. Lo tuvieron en un salón de la escuela del pueblo y al siguiente día en la tarde le dieron sepultura en el panteón del lugar.
BEATO MIGUEL AGUSTÍN PRO JUÁREZ, S.J. MÁRTIR
El Padre Pro es un Beato del siglo veinte. Se caracterizó por su profunda humanidad. Conocedor de su gente, cercano a todos. Murió en 1927, y fue beatificado por el Santo Padre Juan Pablo II en 1988.
En el pueblo minero de Guadalupe, Zacatecas nació Miguel Agustín el 13 de enero de 1891. Pocos años después, la familia se trasladó a Concepción del Oro, en el mismo Estado.
Miguel fue un niño muy inquieto, le gustaba hacer travesuras y hacía renegar a sus hermanas. Cuando tenía 7 años, el 19 de marzo de 1898, hizo su primera comunión, el Sr cura, don Mateo Correa, quien le dio la comunión al pequeño Miguel, sería un futuro mártir.
Era un jovencito muy alegre, trabajador y optimista, pero ponía toda la casa en revolución. Tenía predilección por la música y la poesía. Al escucharle sus discursos en las veladas estudiantiles, las ancianas decían: “Este sí que serviría para sacerdote predicador”. Con sus hermanos y hermanas organizó una pequeña orquesta que amenizaba las reuniones del barrio.
Por un corto tiempo estuvo estudiando lejos de Concepción, pero, por su enfermedad no pudo continuar sus estudios y regresó a la casa paterna. El Sr. Pro se llevó a Miguel a trabajar con él en la administración de los negocios, pero éste siguió sus estudios regularmente. Le gustaba charlar con los mineros y, así, fue conociendo los problemas del pueblo pobre y se iba encariñando con los más necesitados.
Un buen día llegaron al pueblo unos sacerdotes jesuitas e invitaron a los jóvenes a unas reflexiones y convivencia de tres días; allí encontró la paz y algunas respuestas a sus dudas.
Decidió ser jesuita y, en 1911 su padre lo acompañó al noviciado de los jesuitas ubicado en El Llano, Michoacán, un poblado cerca de Zamora. En 1913 hace sus votos de pobreza, castidad y obediencia y queda admitido como jesuita. Por aquellos días estalla una revolución en México y el papá de Agustín pierde sus bienes que pasan a manos de los guerrilleros. El noviciado jesuita es invadido y los religiosos tienen que salir huyendo disfrazados. Miguel viaja disfrazado de charro y por entre maizales y montes logra llegar a Guadalajara.
Los superiores viendo el peligro que corren los jóvenes novicios los envían a Estados Unidos a seguir sus estudios. Pero a Miguel, el no saber inglés le trae muchas molestias y entonces lo envían a España y permanece 5 años dedicado a la filosofía y retórica.
Aprovechando sus cualidades naturales, Miguel hace de payaso, actor, equilibrista, y caricaturista, y así distrae mucho a los demás compañeros y hasta a los superiores, en aquellos años de horribles angustias mundiales. Llega la terrible gripa asiática en 1917, que lleva al sepulcro a miles y miles de personas, y entonces Miguel se va a los salones donde yacen montones de enfermos con fiebres y los distrae muy sabrosamente con sus representaciones cómicas. Los enfermos piden frecuentemente que les envíen al joven seminarista para que los distraiga en aquellas horas monótonas de su enfermedad.
Terminando sus estudios de Filosofía en España, fue enviado a Granada, Nicaragua para sus 2 años de magisterio, “los años más difíciles” en palabras del mismo Hno. Pro. Llegó al Colegio Centro América del Sagrado Corazón, el cual estaba a media construcción. Tuvo a su cargo a los más pequeños y la vigilancia de los externos y semi-internos. A veces, se retiraba discretamente a su cuarto, para sufrir en soledad los dolores de estómago que no lo dejaban, y después regresaba animoso y alegre. Los domingos y festivos iba a los barrios pobres a enseñar catecismo a los niños y se encariñó grandemente con esta gente abandonada.
Sus superiores lo enviaron para que estudiara teología en el Colegio de San Ignacio en Sarriá, España.
El Hno. Pro deja España y se dirige a Bélgica, llegando en pleno invierno. Aquel frío le hace sufrir, pero ofrece a Dios sus sacrificios, lo mismo que su enfermedad. Como continuaba con el fuerte dolor de estómago, le hicieron unos estudios y, al fin descubrieron que tenía una úlcera y lo operan. En varias ocasiones estuvo hospitalizado a causa de los dolores que padecía. Tuvo tres operaciones.
Por fin llegó el día tan esperado por él, su ordenación sacerdotal que recibió en Enghien, Bélgica el año 1925. Por lo delicado de salud sus superiores consideraron enviarlo a México para que muriera en su patria. Dios tenía otro camino para él, no moriría a causa de su enfermedad.
La situación persecutoria en México arreciaba, el presidente Elías Calles se había propuesto acabar con la religión católica y prohibió toda actividad pública religiosa haciendo valer las leyes anticatólicas, escrupulosamente. Muchos sacerdotes habían sido expulsados del país. El padre Pro, conociendo los peligros que podrían presentarse en el viaje de Europa a México, llegó disfrazado de comerciante y con carnet de ganadero. En la aduana no se dieron cuenta de que era sacerdote y lo dejaron entrar.
En México los católicos se unieron para defender la libertad religiosa y fundaron la “Liga Nación Defensora de la Libertad Religiosa”. Recogieron ayudas en alimento, ropa y dinero y las llevaron a las familias cuyos jefes habían sido llevados a la cárcel por ser católicos.
Un día el Padre Pro iba en un taxi y se dio cuenta de que la policía lo venía siguiendo. Le dijo al taxista: “Siga viajando despacio. Pero no se detenga. Yo me lanzo del auto en movimiento”. Y se lanzó al pavimento, se hizo el borracho andando de lado a lado por la calle. Los policías al creer que era un borracho, siguieron adelante diciendo: “Ese no puede ser un sacerdote”. Otro día en una farmacia al ver que la policía viene en su busca, con el consentimiento de una señorita, la tomó del brazo, y, como un par de novios se alejaron de allí sin que la policía pudiera sospechar que ese era el sacerdote que estaban buscando.
En plena persecución organizó en la Ciudad de México una tanda de retiros espirituales por tres días a un gran número de empleadas domésticas. Disfrazado de mecánico fue a los garajes y talleres a dar conferencias de religión a los obreros, y vestido a la última moda llegó a las casas de los ricos a dictar conferencias de religión a las señoras ricas allí reunidas.
Sus grandes devociones son la Eucaristía, el Espíritu Santo y la Sma. Virgen. Celebra la misa con gran devoción, aunque siempre a escondidas porque el gobierno anticatólico ha prohibido la celebración. Respecto al Espíritu Santo exclamaba: “Yo confío en el Divino Espíritu y Él me ilumina siempre lo que debo decir”. Y en cuanto a la Sma. Virgen sentía por Ella el afecto de un buen hijo hacia la mejor de las madres y la Madre de Dios lo libró y le salvó la vida muchísimas veces, porque los peligros eran de todos los días y a todas horas.
Ejerció su sacerdocio sin ningún temor a las amenazas del gobierno. Llegó a dar hasta 1600 comuniones diarias. Disfrazado, viviendo en distintas casas, recorriendo la ciudad en bicicleta o en un “forcito”, organizó el sustento para casi 100 familias desamparadas por las venganzas políticas y el odio religioso de Plutarco Calles. Predicó retiros, casó, bautizó, convirtió comunistas, anarquistas, dio cientos de extremaunciones… Sostuvo vocaciones vacilantes, organizó un sistema monetario de vales para canjear entre los católicos y hasta colocó más de una treintena de huérfanos entre familias adoptivas.
A pesar de su ingenio sin límites para pasar desapercibido ante las barbas de la policía, finalmente fue detenido y acusado de participación en un ataque dinamitero contra el general Obregón realizado el 13 de noviembre. Junto con sus hermanos Humberto y Roberto se habían escondido, temiendo ser imputados en un hecho del que nadie sabía nada, porque fue decidido por dos dirigentes de la resistencia armada (en la que no participaban los Pro) y luego comunicado a otros dos para tareas auxiliares.
El responsable del intento de tiranicidio, Luis Segura Vilches, se entregó bajo promesa de que liberarían a los hermanos Pro, exculpándolos en su declaración. Sin embargo, él, su cómplice y dos hermanos Pro fueron fusilados bajo un mismo cargo. Roberto quedó en libertad gracias a los buenos oficios del embajador argentino, que trató de salvar a los tres Pro, presionando al gobierno de Plutarco Elías Calles, quien habría -no se sabe con certeza- prometido liberarlos sin intención de cumplir
Al P. Pro antes de ser fusilado le dijeron que expusiera su último deseo: “Quiero que me dejen unos momentos para rezar y encomendarme al Señor”. Y en el momento en el que le iban a disparar extendió sus brazos en cruz y gritó: “¡Viva Cristo Rey!”. Era el 23 de noviembre de 1927.
Actualmente los restos del mártir jesuita se encuentran en la parroquia de la Sagrada Familia. La devoción al padre Pro está muy extendida. A la parroquia de la Sagrada Familia, ubicada en la Col. Roma de la Ciudad de México, llegan diariamente cientos de devotos no sólo del país sino de diferentes partes del mundo, entre ellos de Turquía, India, China, Canadá y Estados Unidos.
3. Recorriendo los lugares de los Santos y Beatos. (Recorrido fotográfico)
San Margarito Flores García, Pbro.
Taxco, Gro.

Chilapa y Chilpancingo Gro.

Tecalpulco, Gro. y Ciudad de México (Academia San Carlos)

Tulimán, Gro.

San Pedro Esqueda Ramírez, Pbro.
San Juan de los Lagos y Guadalajara, Jal.

Jalostotitlán y San Juan de los Lagos – reliquias del Mártir

Beato Miguel Agustín Pro Juárez, S.J.
Guadalupe y Concepción del Oro, Zac.

El Llano, Mich., y Los Gatos, Calif. EE.UU.

Granda, España y Granada, Nicaragua

Sarría, España y Enghein, Bélgica

Inspección General de Policía. Traslado de los féretros de los hermanos Pro.

Reliquias del Beato Miguel Agustín Pro Juárez, S.J., en el templo de la Sagrada Familia, Ciudad de México.

4.- Un lugar para ellos. Santuario de los Mártires de Cristo (Recorrido fotográfico)
Proceso de armado

Acero de refuerzo y cimbra, muro del altar – Vista posterior de la construcción
