Presentación

A través de este espacio, pretendemos dar a conocer una etapa de la Historia de México, cuyos protagonistas son poco conocidos, o desconocidos.

  1.  Haremos referencia a la historia que es conocida oficialmente; por lo tanto, los personajes y acontecimientos nos serán familiares.
  2. En esta sección hablaremos de los personajes y hechos poco conocidos. 
  3. Continuaremos con los lugares que nos permitirán conocer los pueblos, tradiciones y costumbres de nuestros personajes.
  4. Daremos a conocer un lugar que se está preparando para mantener viva su presencia entre nosotros.

 Cada una de estas secciones se actualizará periódicamente, así que los invitamos a leerla con la idea de que CONTINUARÁ…

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Entre sombras de muerte y gloria de martirio

1. México. Los primeros años del siglo XX.

La constitución mexicana sufrió una reforma para permitir la reelección en enero de 1927, lo que permitió que, el 1º de julio de 1928, Álvaro Obregón fuera reelegido como presidente de México.

Pero, Obregón no llegaría a la presidencia de la República. El 17 de julio el presidente electo, despachó diversos asuntos en el transcurso de la mañana. Los rumores acerca de su posible asesinato hicieron que revisara su agenda. Estaba invitado a comer con los legisladores federales guanajuatenses en el restaurante “La Bombilla”, en San Ángel. León Toral llegó minutos después que Obregón al restaurante. Se sentó en el jardín y dibujó a Obregón, al director de la orquesta y a Aarón Sáenz.

Enseguida, Toral se acercó al caudillo para mostrarle el dibujo. El general movió la cabeza para ver. En ese momento, Toral sostuvo con la mano izquierda el cuaderno y con la derecha sacó la pistola y asesinó al presidente electo.

El general Calles envió un telegrama a todos los comandantes militares, el 23 de julio, acusando al clero católico como responsable de la muerte de Obregón. Obispos y católicos repudiaron el magnicidio.

José de León Toral y la Madre Conchita fueron juzgados durante los siguientes meses. Hubo muchos involucrados, exculpados, alegatos, amparos y testigos. El escándalo en la opinión pública continuó durante el tiempo en que se celebraron las audiencias, sobre todo en el juicio popular que se celebró en San Ángel, cuyo resultado fue la sentencia de pena de muerte para Toral y la pena por 20 años a la Madre Conchita.

Con la muerte de Obregón se dio una división entre la facción obregonista y callista. Había desconfianza hacia Calles, pues no faltaron quienes pensaron que éste había sido el responsable de la muerte del Caudillo Sonorense.

Por otra parte, en el mes de agosto del mismo año, el general Gorostieta, jefe de la Guardia Nacional Cristera, convencido de la importancia económica y militar, ordenó atacar sistemáticamente los medios de comunicación para paralizar los movimientos del ejército federal.

2. México, tierra de Santos y Beatos.

San Atilano Cruz Alvarado, Pbro.

En el pequeño poblado de Ahuetita de Abajo, perteneciente a la parroquia de Teocaltiche, Jal., nació Atilano el 5 de octubre de 1901. Pasó su niñez cuidando ganado hasta que sus padres lo llevaron al pueblo de Teocaltiche para que aprendiera a leer y escribir. Siendo adolescente entró al seminario en ese lugar. En 1920 pasó al seminario clandestino de Guadalajara. En esta ciudad, los seminaristas estudiaban en casa particulares, pero llegaron a ser buscados por la policía, a ser detenidos y encarcelados. Siendo imposible continuar la formación de los seminaristas en casas particulares, los sacerdotes los llevaron a las barrancas. En una de esas barrancas en donde se escondía el Arzobispo y el Seminario, el 24 de julio de 1927, en plena persecución religiosa fue ordenado sacerdote.

Fue enviado a la parroquia de Cuquío para ayudar al párroco, Sr. Cura Justino Orona. Cuando el P. Atilano llegó a Cuquío, ya no se celebraba el culto abiertamente, el Sr. Cura andaba de rancho en rancho, escondido. El nuevo sacerdote tuvo que iniciar su ministerio huyendo de un lado a otro, a veces en compañía de su párroco y otras veces solo.

El 1º de julio de 1918 llegó al rancho “Las Cruces”, pues lo había mandado llamar su párroco el Sr. Cura Justino Orona. Fueron denunciados por un delator. Un pelotón se dirigió al rancho, sigilosamente entraron los soldados a la casa, dispararon al P. Orona y, llegando al dormitorio del P. Cruz, lo encontraron arrodillado junto a su cama y también disiparon sobre él. Después colocaron el cadáver sobre un burro, lo llevaron a Cuquío y lo arrojaron en la plaza principal.

San Justino Orona Madrigal, Pbro. 

Nació en Atoyac, Jal., el 14 de abril de 1877. Recibió a educación primaria en la escuela parroquial de Zapotlán el Grande, hoy Ciudad Guzmán, ingresó al seminario de Guadalajara el 25 de octubre de 1894. Se ordenó sacerdote el 7 de agosto de 1904 y cantó su primera misa en Atotonilco el Alto, Jal. Su labor pastoral la inició en Lagos de Moreno, continuó en San Pedro Analco, luego en Pegueros y llegó a Guadalajara para ser capellán del templo de Santa María de Gracia. En 1912 es mandado como párroco a Poncitlán, después llegó a Encarnación de Díaz y, el 19 de octubre de 1916 es trasladado a Cuquío, como párroco. Está fue su última parroquia.

En Cuquío el señor cura tuvo un enemigo mortal, el presidente municipal llamado José Ayala. El presidente se había separado de su esposa y se había juntado con su sobrina carnal con la que tuvo dos hijos; este hombre vivía alejado de Dios, no permitía que aquellos niños fueran bautizados, ya tenían como diez y doce años. La madre de los muchachos, aprovechando un día que estaba fuera del pueblo el padre de sus hijos, los llevó al templo pidiendo el bautismo y el señor cura los bautizó. Cuando el padre de los niños se enteró, montó en cólera y prometió vengarse del señor cura.

A Cuquío llegaron religiosas de la Congregación de las Hermanas Clarisas del Sagrado Corazón que se establecieron para la atención de las escuelas de niños pobres, el P. Orona las acogió y apoyó. Como buen pastor velaba por las necesidades materiales y espirituales de sus feligreses.

Cuando arreció la persecución, permaneció entre sus feligreses. Para poder atenderlos buscaba refugio en una y otra casa. Las personas lo apoyaron incondicionalmente, a riesgo de ser detenidas y encarceladas por ocultar a un sacerdote.

El 30 de junio de 1928, por la noche, después de planear con  el padre Atilano Cruz, compañero de martirio, su especial actividad pastoral, ambos se recogieron para descansar en una casa del rancho de “Las Cruces”. En la madrugada las fuerzas federales y el presidente municipal irrumpieron violentamente en el rancho y golpearon la puerta donde dormían el párroco y su vicario. El presidente municipal José Ayala llevaba una lámpara de mano, dirigió la luz a la cara del P. Justino, que abría la puerta. Entonces blasfemó y lo insultó soezmente y sin más le apuntó su pistola y le disparó a bocajarro. El Sr. Cura Orona, alcanzó a decir con fuerte voz: “¡Viva Cristo Rey!”.

San Tranquilino Ubiarco Robles, Pbro.

Santo infatigable y abnegado misionero en los tiempos difíciles de la persecución, originario de Zapotlán el Grande, Jal., (actualmente Ciudad Guzmán) nació el 8 de julio de 1899. Huérfano desde muy niño , vive una niñez llena de privaciones, sostenido por el trabajo incansable de una madre que se desvive por sus hijos, que comienzan a trabajar desde pequeños. Tranquilino era el tercero de cuatro hijos. Sus padres fueron José Inés Ubiarco y Eutimia Robles.

El párroco de su pueblo, P. Silviano Carrillo, y el rector del seminario P. Genovevo Sahagún, vieron en Tranquilino buenas cualidades y lo apoyaron en la vocación sacerdotal.

En los años de la revolución carrancista fue clausurado el seminario de Zapotlán y Tranquilino volvió a vivir con su familia, aunque sin interrumpir sus estudios porque el P. Antonio Ochoa le daba clases particulares. Además de ayudar a su madre en el pequeño comercio que tenía, se dedicó a la labor pastoral y formó un círculo de obreros a quienes impartía formación cristiana; también promovió la prensa católica.

Su antiguo párroco, el P. Silviano Carrillo, había sido nombrado obispo de Sinaloa. Invitó a Tranquilino a continuar su formación en el seminario de Culiacán. El obispo murió al poco tiempo y Tranquilino pasó al seminario de Guadalajara. Allí fue ordenado sacerdote el 5 de agosto de 1923 por el arzobispo don Francisco Orozco y Jiménez.

Ejerció su ministerio sacerdotal en Moyahua, Zacatecas, dedicándose allí especialmente al mundo obrero. Años más tardé pasó a Juchipila, en el mismo estado, como vicario. Después fue enviado a Lagos de Moreno, Jalisco, en este lugar la persecución religiosa lo obligó a celebrar la santa misa y administrar los sacramentos en las casas, a esconderse en los ranchos y a confesar en horas de la noche.

Poco después fue enviado como vicario con funciones de párroco a Tepatitlán, Jal. Esta región de los Altos de Jalisco fue semillero de cristeros, por lo mismo padeció enfrentamientos con el ejército, saqueos, ultrajes, encarcelamientos devastaciones y muerte.

El P. Tranquilino era consciente del peligro que corría al aceptar la responsabilidad de aquella parroquia. No faltaron los compañeros sacerdotes que le aconsejaron rechazar la misión encomendada porque ponía en riesgo su vida, pero él les contestó: “Desde el día que me ordené sacerdote, le pedí  Dios nuestro Señor la gracia del martirio”.  Además les decía: “Apresúrense a ganar el cielo, porque ahora está más barato, casi regalado. Sólo con buena voluntad para morir por Cristo; con eso basta para ganarlo”.

En dicha parroquia, el P. Tranquilino se mantuvo ajeno a toda política. Nunca incitó a la población a tomar las armas, por el contrario, promovió la paz.

Como el gobierno había ordenado a los habitantes de los ranchos y comunidades campesinas a concentrarse en las ciudades, pues así tenía el control de la población y se evitaba que hubiese quien ayudara a los cristeros que se escondían en los montes para librar combates con el ejército. Esta medida causó muchos problemas en los pueblos grandes que recibían numerosas personas. La pobreza y enfermedades se extendieron el las poblaciones. El P. Ubiarco organizó comedores populares y asistencia caritativa para los desplazados de sus campos.

Una noche preparada la celebración de la Eucaristía y la bendición de un matrimonio, fue hecho prisionero y condenado a morir ahorcado en un árbol de la alameda, a las afueras de la ciudad. Con entereza cristiana bendijo la soga, instrumento de su martirio, y a un soldado que se negó a participar en el crimen, le dijo, repitiendo las palabras del Maestro. «Hoy estarás conmigo en el paraíso». Era la madrugada del día 5 de octubre de 1928.

3. Recorriendo los lugares de los Santos y Beatos. (Recorrido fotográfico)

San Atilano Cruz Alvarado, Pbro.

Ahuetita y Teocaltiche, Jal.

Guadalajara y Cuquío

Rancho Las Cruces

San Justino Orona Madrigal, Pbro.

Atoyac y Zapotlán, Jal.

Guadalajara y Lagos de Moreno

San Pedro Analco y Pegueros, Jal.

Guadalajara (Sta. Ma. de Gracia)y Poncitlán, Jal.

Encarnación de Díaz y Cuquío, Jal.

Rancho Las Cruces

San Tranquilino Ubiarco Robles, Pbro.

Zapotlán el Grande, Jal. (Hoy Ciudad Guzmán) y Culiacán, Sin.

Guadalajara, Jal. y Moyahua, Zac.

Juchipila, Zac. y Lagos de Moreno, Jal.

Tepatitlán, Jal.,  y árbol donde fue ahorcado San Tranquilino.

4.- Un lugar para ellos. Santuario de los Mártires de Cristo (Recorrido fotográfico).

Placas de conexión. Armaduras-base y Perfil de frente, arco 3 cubierta posterior


Soldadura de unión de arcos en el espacio y Armado de piezas, arco 6 de cubierta posterior.


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Apóstoles de la paz y la justicia

1. México. Los primeros años del siglo XX.

El arzobispo de México, Mora y del Río muere el 22 de abril de 1928, Monseñor era considerado por algunos como uno de los principales obstáculos para unos hipotéticos acuerdos entre el Estado perseguidor y la Iglesia perseguida.

En el mes de mayo, el día 17, el presidente Calles aceptó entrevistarse secretamente con el padre Burke; el Delegado Apostólico de la Santa Sede en los Estados Unidos, Fusani Biondi, intervinó también como mediador y autorizó al arzobispo Ruiz y Flores de Morelia para entrar también en la elaboración de unos posibles acuerdos.

A mitad de 1928, – según Meyer-, los cristeros no podían ya ser vencidos militarmente; y el gobierno menos todavía; sostenido por los Estados Unidos, que no podían permitirse la perspectiva de un vacío político en un país difícilmente estabilizado desde 1920, después de diez años de disturbios, dueño de las ciudades, las vías férreas y de las fronteras, el presidente Calles resistía bien. La Iglesia católica esperaba pacientemente, pues en otoño el general Obregón sucedería al general Calles y las negociaciones con él estaban adelantadas.

La emigración de mexicanos hacia los Estados Unidos continuaba, ya que la crisis económica y la inestabilidad política y social afectaban profundamente a las familias.

La barbarie por parte de jefes y soldados federales, así como de agraristas a su servicio no cesó. Entre ellas está el banquete sacrílego celebrado el 15 de mayo de 1928 en el templo de san Joaquín, de la Ciudad de México, en honor al general Joaquín Amaro.

2. México, tierra de Santos y Beatos.

Beato Mateo Elías del Socorro Nieves del Castillo, Pbro.

El 12 de octubre de 1997 en San Pedro, en el Vaticano, el Santo Padre Juan Pablo II beatificó al sacerdote mártir agustino de la persecución en México, el padre Mateo Elías del Socorro Nieves Castillo. Se el conoció como el padre Elías o el padre Nieves. Nació el 21 de septiembre de 1882.

De niño ya manifestó el deseo de ser sacerdote, pero, cuando tenía doce años de edad,  su padre fue asesinado y tuvo que dejar los estudios para obtener algún dinero y así contribuir al sustento de la familia.

En 1904, no obstante su escasa preparación y a su edad adulta, (22 años) consiguió ser admitido en el seminario agustiniano (Orden de San Agustín) de Yuriria, Gto. Las dificultades por causa de los estudios iniciados, por quien a los veintidós años abandonaba las faenas del campo, fueron superadas con tesón y esfuerzo. Nunca faltó quien le echara una mano. En reconocimiento a la ayuda de lo alto y movido de su filial devoción a María, al hacer su profesión religiosa en 1911 cambió el nombre de Mateo Elías por el de Elías del Socorro.

Ordenado sacerdote en 1916, el P. Nieves ejerció su ministerio en diversas localidades del Bajío, hasta que en 1921 es nombrado vicario parroquial de La Cañada de Caracheo, Gto., un poblado muy pobre, contaba con 3,000 habitantes. En La Cañada de Caracheo, lugar de escasos recursos económicos, desprovisto de servicios sanitarios y de escuela pública, no se limitó a la asistencia espiritual de sus fieles sino que los ayudó a superarse.

El 1 de agosto de 1926, amanecían cerrados todos los templos de la República Mexicana, había sido una decisión tomada por los obispos mexicanos, con plena autorización del Papa, como protesta a las leyes persecutorias del Gobierno hacia la Iglesia. Los feligreses se unieron a sus obispos, no sin experimentar, como ellos, un profundo dolor. Aquel domingo dejaron de repicar las campanas.

Quince días después de este acontecimiento fueron asesinados el P. Luis Bátis y tres jóvenes de la Acción Católica. Su delito: ser católicos comprometidos. Un pequeño grupo de hombres armados, en Chalchihuites, Zac., se alzó en contra del gobierno y su ejército, y de allí se fueron levantando en armas grupos espontáneos en los distintos Estados de la República. A principios de 1927, la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa hizo un llamado a todos sus miembros a la defensa de la fe a través de la lucha armada.

Los pocos obispos que quedaron en México, porque la mayoría estaba exiliada en Estados Unidos y Cuba, se encontraban escondidos. Los sacerdotes tenían libertad para dejar su parroquia, pero muchos prefirieron esconderse y no dejar solos a sus feligreses. Huían de un lado a otro, se encendían en casas, cuevas, montes, ranchos; no tenían un lugar seguro.

El P. Nieves también tuvo que esconderse. Él, como la mayoría de los sacerdotes,  se mantuvo al margen del movimiento armado. Se estableció en una cueva de la barranca de El Leñero en el cerro de La Gavia, asegurando así a sus fieles la asistencia religiosa. Allí pasó muchos meses. Había hecho de aquella cueva un templo, tenía todo arreglado, con flores, con un altar bien instalado, lo mismo que el Sagrario. Organizó en siete grupos a sus feligreses para que cada grupo asistiera a misa el día de la semana que a cada uno le tocaba. A las tres de la mañana llegaba a la cueva por distintas veredas. Confesaba a quienes le solicitaban el sacramento y les celebraba la misa. Cuando había algún peligro suspendía el culto.

Por las noches el padre bajaba al pueblo para atender a los enfermos y ancianos que no podían subir la montaña, aprovechaba para celebrar algún matrimonio, bautizar, o dar consuelo a quien lo necesitaba.

Pidió a las personas que, si algún día Dios permitía que lo detuviera un grupo de soldados, no lo fueran a rescatar por la fuerza, con armas, sino que, más bien hicieran oración a Dios por él.

Al anochecer del miércoles 7 de marzo de 1928, un destacamento de soldados del tercer regimiento, al mando del capitán Márquez, procedentes del Valle de Santiago recorrían la región de Cañadas buscando a unos ladrones. Llegaron al pueblo y decidieron pernoctar en el curato, pero, al encontrarlo cerrado pidieron la llave a los pobladores que estaban mirando a los recién llegados; no se les pudo dar la llave por encontrarse fuera del pueblo el encargado. Entonces pretendieron abrir la puerta a barrazos, como lograron hacerlo. Cuando estaban en esa operación, se acercaron Gregorio López y Nicolás Bernal, vecinos pacíficos, suplicando al capitán que no fuera a destruir la puerta. Esto bastó para que los detuvieran. Después de que los soldados entraron al curato, un grupo de cañadenses, indignados por la toma violenta del curato, se lanzaron a balazos contra los soldados. El tiroteo duró unas tres horas. La mayoría de los habitantes huyó. El capitán Márquez, por temor a que se reorganizaran, mandó pedir refuerzos. Gregorio López y Nicolás Bernal fueron asesinados.

El P. Nieves, desde la cueva, pasó toda la noche en oración suplicando el cese de la violencia y pidiendo a Dios perdón y clemencia para el pueblo.

El jueves 8 de marzo, el P. Nieves pasó todo el día en su cueva entregado a la oración y reflexión. Al anochecer, bajó al rancho San Pablo a casa de la familia Sierra quien lo recibía con frecuencia y lo atendía. Hacia el medio día llegó un grupo de soldados que se detuvo frente a la casa de los hermanos Sierra, pidieron una olla con agua. Cerca de ellos se encontraba el P. Nieves, disfrazado de ranchero, con camisa y calzón de manta blanca, ceñía una faja azul, llevaba sobre los hombros un gabán de colores y le cubría la cabeza un ancho sombrero. Mientras soldados bebían el agua, uno de ellos, el mayor Rodríguez miró de arriba abajo al P. Nieves, descubriendo que debajo del pantalón blanco se asomaba la orla del pantalón negro que llevaba debajo. Comprendió que se encontraba frente a un sacerdote disfrazado de ranchero, y luego de interrogarlo lo detuvo.

Al ser detenido el padre, José Dolores Sierra trató de esconder un rifle y fue descubierto por uno de los soldados, entonces el mayor ordenó que los dos hermanos Sierra fueran también aprehendidos. Rumbo a Cañada, los tres detenidos iban caminando a pie, los soldados a caballo.

El mayor Rodríguez, con sus soldados, y los detenidos, llegaron a Cañada como a las cinco de la tarde, pero no al curato. Don Toribio Martínez, vecino principal del pueblo, por atención al padre, les ofreció hospedaje en su casa.  El capitán aceptó el ofrecimiento. Estaban cenando cuando llegó el capitán Márquez con sus soldados, regresaban de Salvatierra. Preguntó por los prisioneros e interrogó al padre. Los soldados se retiraron a desensillar a los caballos y darles de comer. Don Toribio, el anfitrión, aprovechó que los jefes estaban solos para ofrecer de rescate 1,000 pesos. Rodríguez estaba de acuerdo, Márquez no. Se produjo un discusión violenta entre ambos al grado que don Toribio y el padre Nieves intervinieron para calmar los ánimos.

Después de un breve silencio el padre dijo: “No, Toribio no conoce esa cantidad de dinero, (en aquella época era todo un capital) ni yo puedo aceptar que nadie se comprometa por mí. De  modo que no hay lugar a discusiones. Que se haga la voluntad de Dios… y nada más.

El mayor Rodríguez se fue esa misma noche con el teniente Díaz y tres soldados, dejando así toda la responsabilidad a Márquez.

El P. Nieves, mientras se había dado la discusión entre ambos jefes militares, había pedido a los hermanos Sierra que escaparan porque ellos hacían falta a sus familias. Ellos le respondieron que no lo dejarían solo, que si ellos hacían falta a sus familias, mucho más él  como padre espiritual de tantas familias.

El capitán Márquez estuvo toda la noche platicando con el P. Nieves sobre cuestiones de religión, en ocasiones, molesto éste, por lo que el padre decía; golpeaba la mesa y profería insolencias. Así, a las cuatro de la mañana se fueron a dormir. En el momento del desayuno, el capitán se dirigió a don Toribio y le dijo que, si le entregaba 3,000 pesos liberaba a su “curita”. El padre Nieves hacía señas a don Toribio de que no aceptara; don Toribio regateó diciendo que lo más que podría conseguir entre sus parientes y conocidos serían 2,000 pesos. Toribio pidió permiso de salir un momento, el militar se quedó con el padre, no se sabe que amenazas le hizo porque, cuando regresó don Toribio, le hizo la seña de que huyera con su familia. El hombre obedeció en el acto, cogió su dinero y se marchó con su familia hacia Caracheo, allí pidió por teléfono un carro y se fue a Cortazar.

A las nueve de la mañana el capitán dictó órdenes a su asistente y mandó tocar el clarín de retirada. Aprovechando que estaban solos, el padre suplicó al capitán que dejara en libertad a los hermanos Sierra, que a él hicieran lo que quisieran pero a ellos les diera la libertad. Los hermanos Sierra dijeron al padre que estarían con él hasta el fin y que solamente aceptarían la libertad si a él se la daban. Se dirigieron al capitán y le dijeron que aceptara sus vidas a cambio de la del padre. El capitán no respondió.

Cuando llegaron a la hacienda de Las Fuentes, el capitán dejó a los reos en custodia de unos soldados y, con su asistente, se fueron en un automóvil a Cortazar en busca de don Toribio; una vez que lo encontraron lo llevaron consigo a donde estaba el padre y, delante de él le pidió los dos mil pesos que había prometido como rescate. A la señal negativa del padre don Toribio explicó que aquellos que podían haberlo ayudado ya no estaban allí. El capitán exigió se los diera por las buenas o por las malas; intervino el padre haciéndole ver que no era posible para Toribio dárselos y que él no necesitaba ni quería ser rescatado.

El capitán, furibundo, ordenó el fusilamiento de los hermanos Sierra y del padre. José Dolores cayó muerto de un infarto, Jesús fue fusilado, sus últimas palabras fueron: “¡Viva Cristo Rey!. El P. Nieves pidió morir en otro lugar, señaló a los soldados un mezquite. Se arrodilló para hacer oración y después exclamó:

“Capitán, estoy listo para morir por mi religión.” Repartió sus pocas pertenencias, al capitán le dio el reloj y la cobija. Después el padre dijo a los soldados: “Ahora, arrodíllense todos porque les voy a dar la bendición en señal de perdón”. Todos se arrodillaron, excepto el capitán quien, sacando su pistola dijo: “Yo no necesito bendiciones de curtas, a mí me basta mi pistola”, y disparó al sacerdote.  Al caer, el padre alcanzó a exclamar: “Dios te perdone, hijo mío. ¡Viva Cristo Rey!”. Eran las tres de la tarde del sábado 10 de marzo de 1928.

Sus restos descansan en la iglesia parroquial de La Cañada. Fue solemnemente beatificado por el Papa Juan Pablo II el 12 de octubre de 1997.

Beato Miguel Gómez Loza, laico.

Miguel nació en Paredones, Jalisco, hoy El Refugio, el 11 de agosto de 1888; fue el menor de los dos hijos del matrimonio formado por Petronilo Loza y Victoriana Gómez. Perdió a su padre siendo niño, haciéndose cargo del hogar la madre a la que profesaron, él y su hermano, verdadera devoción, tanto es así que, tras el ingreso de Elías al Seminario Conciliar de Guadalajara, decidieron los hermanos, invertir sus apellidos, de Loza Gómez en Gómez Loza, como homenaje y reconocimiento a la autora de sus días.

Su infancia transcurrió en su lugar de origen, dedicado a la atención de la modesta hacienda familiar: la parcela y el ganado. Al ingresar su hermano mayor al seminario, Miguel hizo cabeza de familia.

Miguel no tardó en ser conocido entre sus vecinos por su diligencia y solicitud, por su piedad eucarística y su apego a la religión. Fue acólito, sacristán y, en cuanto pudo, catequista; más tarde, realizó actividades cívico-sociales en beneficio de la comunidad, como fue el establecer Cajas de Ahorros.

Miguel buscaba el bien de la gente de su pueblo, buscó como ayudarle, se relacionó con varias personas a las que solicitaba consejo, entre ellos se encontraba Miguel Palomar Vizcarra. Fruto de aquella amistad fue la caja rural La Refugiana, para la promoción de casa para los trabajadores. Fundó también una sociedad cooperativa de consumo, una botica cooperativa y algunos círculos de estudio para la gente campesina.

Por ese tiempo, Miguel era ya miembro activo de la directiva de la delegación del Partido Católico Nacional en El Refugio.

Se ordenó sacerdote su hermano Elías y fue enviado como vicario parroquial a su pueblo natal El Refugio. Allí vivió con su madre. Esta fue la oportunidad que Miguel esperaba para irse a estudiar a Guadalajara. Aquella no era una decisión fácil, tenía 25 años de edad, una escuela primaria débil, la falta de toda formación secundaria, su situación económica precaria y mismo carácter vehemente, pero con grandes deseos de superación.

En 1913, se integró al grupo estudiantil de “La Gironda”, asumiendo, por elección y gusto, la condición de asistente de Anacleto González Flores. Eran temperamentos muy diversos, por ello mutuamente se complementaron. En ese año, uno y otro fueron admitidos como socios de la Congregación Mariana del Santuario de San José de Gracia. Y a finales del mismo año ambos asistieron como representantes de las delegaciones de Tepatitlán y El Refugio a la convención regional del Partido Católico.

El de 1914 fue un año de muchas actividades para Miguel Gómez Loza. Se inscribió en la Universidad Morelos. Fundó y presidió la sociedad de Propagación de la Buena Prensa. Por otra parte, definió el que sería su campo de acción: el sindicalismo cristiano. Asesorado por el padre José Toral Moreno y, más tarde, por el R.P. Arnulfo Castro, S.J., creó una bolsa de trabajo, cajas de ahorro, cooperativas de consumo y el círculo de estudios para obreros, León XIII.

En 1916, terminó la preparatoria y se inscribió en la Escuela Católica de Derecho, posteriormente Escuela Libre de Leyes. El 14 de julio, participó como socio fundador de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana, en cuyo seno fundó y presidió, poco después, el círculo obrero Gabriel García Moreno, del que surgió la publicación mensual El Cruzado.

En el año de 1917, fundó los círculos obreros José de Jesús Ortiz, para jóvenes operarios; Niños Héroes, para aprendices de artesanos; y Don Bosco, para tipógrafos. También hizo su aparición la Sociedad Mutualis­ta Obrera, que él promovió. Al disolverse en ese año La Gironda, se estableció con su madre, doña Victoriana Gómez, en una vivienda en la misma barriada del Santuario.

1918 será un año marcado por las labores de defensa del Arzobispo de Guadalajara, Francisco Orozco y Jiménez, y por el boicot puesto en marcha en el mes de julio, el cual meses más tarde conseguiría la derogación de dos decretos anticlericales sancionados por el gobierno del Estado, bajo los números 1913 y 1927.

Se fundó una sociedad cooperativa de consumo, La Popular,  en enero de 1919. Miguel  fue elegido presidente de la misma. En abril, participó activamente en la organización del Congreso Regional Católico Obrero, realizado con mucho éxito en Guadalajara. Al término de la asamblea, entre otras responsabilidades se le confió una diputación.

Continuó con su labor de entrega a las actividades de la ACJM, por ello, en 1920, fundó un nuevo círculo dentro de la A.C.J.M., el Trinidad Sánchez Santos, y coordinó la reimpresión de La Cuestión Religiosa en México, en una versión autorizada por la diócesis de Guadalajara y aumentada por el apéndice La cuestión religiosa en Jalisco, de Anacleto González Flores.

El 1º de mayo de 1921, los bolcheviques colocaron en el asta de la Catedral tapatía la bandera rojinegra. En cuanto la noticia se supo Miguel Gómez Loza acudió a la Catedral, retiró la bandera del asta y la hizo pedazos, todo en la presencia de decenas de adversarios, quienes fueron incapaces de resistir el empuje y brío de Miguel que fue molido a golpes después de su hazaña.

En las elecciones para elegir autoridades locales del Estado, en julio de 1921, contendió como candidato independiente a uno de los puestos de elección popular. Su contrincante fue un caricaturista anticlerical, José Guadalupe Zuno, quien tuvo que recurrir a la fuerza para arrebatar los votos que el pueblo emitía en favor de Gómez Loza.

El 24 de junio de 1922, presentó el examen final en la escuela de jurisprudencia del Estado, obteniendo la aprobación de los jueces sinodales. Poco después abrió su despacho profesional.

Un mes más tarde, del 23 al 29 de abril, bajo su dirección, se verificó en Guadalajara el Primer Congreso Nacional Católico Obrero, en el que participaron 800 delegados venidos de todo el país. De este congreso resultó la Confederación Nacional Católica del Trabajo, de la que Miguel fue nombra­do diputado; se fundó el Banco de Crédito Popular. Asimismo, el Semanario El Obrero, fundado por Miguel Gómez Loza, fue adoptado como órgano oficial de la confederación.

A finales de 1922, contrajo nupcias, en el oratorio de la A.C.J.M., con su primera y única novia, Mª Guadalupe Sánchez Barragán, hija de un respetable contador, Celestino Sánchez, y de su esposa la señora Sara Barragán. Celebró la Misa su hermano, el padre Elías. Los nuevos esposos determinaron radicar en Arandas donde Gómez Loza montó su despacho como abogado. Poco tiempo vivieron allí, tuvieron que regresar a Guadalajara.

En medio de tantos conflictos y actividades un acontecimiento vino a alegrar su vida, el 16 de septiembre de 1923 nació su primera hija, María de Jesús.

En diciembre de 1924, J. Guadalupe Zuno, Gobernador de Jalisco, decretó la clausura del Seminario Diocesano.  Los católicos, apoyados por Anacleto González Flores, organizaron una asociación de apoyo de la que derivó a principios de 1925 la Unión Popular, para conducir este organismo se estableció un directorio de cinco miembros, uno de ellos fue Gómez Loza.

La Santa Sede, accediendo a la petición del Arzobispo de Guadalajara, Francisco Orozco y Jiménez, reconoció la destacada participación de Miguel Gómez Loza en la promoción social y en el apoyo a la causa católica, otorgándole la cruz Pro Ecclesia et Pontifice. Junto con él fueron igualmente condecorados Anacleto González Flores, Ignacio Orozco y Maximino Reyes.

Por esa época nació la segunda de sus hijas, María Guadalupe. A pesar de sus numerosas actividades y trabajo, Miguel nunca descuidó a su familia, ellos contaron siempre con su amor y apoyo.

Conforme transcurrían las semanas la actitud del Gobierno Mexicano recrudecía su postura en torno al problema religioso. Dispuesto a atacar de frente, el 23 de febrero de 1926 clausuró el centro de la A.C.J.M. de Guadalajara, encarcelando en la Penitenciaría del Estado, entre otros, a Miguel. Será en la cárcel donde luzca su carácter de apóstol. Los numerosos arrestos, lejos de amilanarlo, le sirven de estímulo.

La fecha señalada por la autoridad federal para entrar en vigor la Ley Reglamentaria del artículo 130 de la Constitución y la Ley que reforma el Código Penal Federal en materia de culto religioso y disciplina extrema, fue elegida por la Unión Popular para aplicar un boicot por tiempo indefinido. Miguel, tesorero de la Unión, impulsó a muchos jóvenes acejotaemeros a fundar en el interior del Estado filiales de la Unión Popular.

En noviembre de 1926, en tanto las agresiones en contra de los católicos aumentaban, nació su última hija, María del Rosario. El 20 de diciembre.

Mientras la discordia crecía, empeorando la situación de los creyentes, muchos esperaron la señal para iniciar la resistencia bélica. Miguel, por su parte, enterado de que su hermano sacerdote se moría, voló a El Refugio, sólo para presenciar el tránsito del padre Elías, su único hermano.

Después del sepelio, regresó a Guadalajara donde se enteró de las novedades: Anacleto González Flores, reacio hasta el último momento a elegir la resistencia armada como vía de solución al conflicto, accedió como mal menor a retirar la prohibición a tomar las armas que pesaba sobre los socios de la Unión Popular. Gómez Loza advirtió el costo de la empresa y sus casi seguras consecuen­cias. La Liga había nombrado delegado suyo al jefe de la Unión Popular, Anacleto González Flores. A él correspondería coordinar la adminis­tración de los recursos y las estrategias de los católicos alzados en armas, mientras que a Miguel corresponderían semejantes funciones, las de jefe civil, pero en la zona de Los Altos.

Salió de Guadalajara el 5 de enero con rumbo a El Refugio, donde evitó un atraco. Poco después recibió la pequeña imprenta en la que se editaba Gladium, cuya edición y entrega corrió desde entonces por su cuenta. Días más tarde, luego del encuen­tro bélico de Troneras, en el que los cristeros, capitaneados por Lauro Rocha y el presbítero Reyes Vega, obtuvieron una sonada victoria sobre las fuerzas federales, Gómez Loza actuó como abogado defen­sor de los prisioneros, solicitando infructuosamente el indulto para los reos.

Se estableció en dos campamentos, uno en Cerro Gordo y otro en un lugar denominado Picachos, perteneciente al municipio de Tepatitlán, lugar estratégico para desplazarse a todos los puntos de la región que requirieran su presencia. A través de un propio, Isaac Fernández, mantuvo contacto permanente con su familia y con Anacleto. Entre otros encargos pedía siempre escapularios, medallas y crucifijos para repartirlos entre la tropa y no dejó de enviar a su familia la exigua contribución que su honradez tolera como salario, apenas lo suficiente para atender las necesidades elementales de su madre, esposa e hijas.

Después de la muerte de Anacleto, ocurrida el 1º de abril de 1927, la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa, autoridad máxima entre los católicos de la resistencia, expidió un nombramiento a favor de Miguel Gómez Loza, confiriéndole la gubernatura provisional del Estado de Jalisco para los municipios adeptos a dicha resistencia.

Más que gobernador, Miguel ejercía las funciones de procurador o comisario castrense entre los participantes de la resistencia católica.

En octubre de 1927, al grito de ¡Viva Cristo Rey!, organizó entre los cristeros la celebración solemne de la fiesta de Cristo Rey. También se adoptó para los campamentos cristeros el lema de la Unión Popular: “Por Dios y por la Patria”.

Miguel buscó nueva dirección, encontrándola en Palmitos. Las primeras semanas de 1928 transcurrieron sin incidentes notorios. La resistencia de los católicos se había consolidado; las acciones beligerantes se planeaban de acuerdo a estrategias oportunas; los recursos, siempre escasos, se administran con tino, y el adiestramiento de las tropas había mejorado notable­mente.

En el mes de marzo se estableció en una ranchería próxima a Atotonilco, El Lindero. El  21 de marzo -irónicamente memoria civil por el natalicio de Benito Juárez-, una avanzada militar, aprovechando el descuido o la complicidad del centinela, se apostó en torno a la finca ocupada por Gómez Loza y su secretario, el señor Dionisio Vázquez. Cuando se advirtió la presencia de los adversarios era demasiado tarde para escapar. Gómez Loza y Dionisio Vázquez emprendieron la huida; el primero, portador de documentos relativos a la resistencia activa de los católicos, intentó destruirlos antes de recibir por el pecho y por la espalda los disparos de sendos francotiradores apostados en lugares estratégicos.

Consumada la muerte, el cadáver fue trasladado a Atotonilco de donde fue conducido a Guadalajara. Parecía éste un golpe rotundo a la organización cristera, pero el pueblo católico lo interpretó como un triunfo, manifestando su congoja y su esperanza. A la capilla ardiente donde fueron velados sus restos, acudieron cientos de católicos a honrar al fallecido, tocando con veneración sus restos. Al sepelio, verificado en el panteón de Mezquitán, acudió una muchedumbre inmensa.

3. Recorriendo los lugares de los Santos y Beatos. (Recorrido fotográfico)

Beato Mateo Elías del Socorro Nieves del Castillo, Pbro.

Yuriria, Guanajuato

Cañada de Carcheo, Gto.

Los restos del P. Nieves descansan en la iglesia parroquial de Cañada de Caracheo, Gto.

Beato Miguel Gómez Loza, laico.

Paredones, Jalisco, hoy El Refugio

Guadalajara, Jal., catedral y prisión Escobedo

Arandas y Cerro Gordo, Jal.

Atotonilco y Guadalajara, Jal. (Panteón Mezquitán)

Guadalajara, Jal., Santuario de Guadalupe, lugar en donde se veneran sus restos mortales.

4.- Un lugar para ellos. Santuario de los Mártires de Cristo (Recorrido fotográfico)

Acero de refuerzo y cimbra; Arco 1-A, ala sur, cubierta posterior (C3)

Pluma, contra pluma, cabina y contrapesos; Vista del Poniente


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¡Firmes en la fe!

1. México. Los primeros años del siglo XX.

A finales de 1927, en el país se resentía la miseria en muchas familias. Hubo una fuerte crisis económica en todas las actividades comerciales. En gran parte se debía a la huída de mucha gente de los campos ante la presencia, amenaza, saqueos y asesinatos que provocaban los federales.

El 3 de enero de 1928 es reformada la Ley Petrolera de 1925, propuesta por Calles. Después de discusiones, el mismo Calles llegó a compromisos que favorecieron a Estados Unidos. Los interesados en lograr dicha reforma eran los norteamericanos dueños de propiedades privadas, petroleros y banqueros. Nuevamente un presidente mexicano cedía ante ellos. Un papel importante en las negociaciones con Calles la tuvo el embajador Morrow. En adelante continuaría interviniendo en México, especialmente en los llamados “arreglos” para lograr la pacificación en México, ya que no convenía al vecino país que la crisis política y social continuara.

Ese mismo mes, Morrow buscó en Estados Unidos el apoyo del padre John J.Burke, esto con la finalidad de buscar el acercamiento de los Obispos mexicanos con el Gobierno de México.

El día 30, el gobierno de Plutarco Elías Calles envió aviones de la fuerza aérea militar para bombardear el monumento nacional a Cristo Rey en la cima del cerro del Cubilete. Aquel fue un acontecimiento de incalculable trascendencia por la repercusión moral que suscitó entre los católicos.

2. México, tierra de Santos y Beatos.

Jesús Méndez Montoya

Nació en Tarímbaro, Mich., el 10 de junio de 1880, hijo de Florentino Méndez y María Cornelia Montoya. Su familia asistía diariamente a misa y rezaban el rosario, eran personas piadosas y, en aquel humilde hogar, se vivían las virtudes. A los catorce años ingresó al seminario; como su familia era pobre le ayudaba con lo que podía para su sostenimiento, y algunos vecinos de su pueblo natal también le ayudaban.

El 3 de junio de 1906 recibió la ordenación sacerdotal. Fue nombrado vicario cooperador de la parroquia de Huetamo, Mich.,  de 1906 a 1907, en donde sufrió un agotamiento nervioso que alarmó a sus familiares. Pasó a la parroquia de Pedernales, en donde estuvo desempeñando su labor pastoral por 6 años. Nuevamente enfermó y su arzobispo le envió a Valtierrilla, Gto.,  para que se recuperara. En su ministerio sacerdotal fue siempre acompañado por su madre, sus tres hermanas y su hermano.

Fue un sacerdote que supo hacerse todo a todos, no escatimó medios para intensificar la vida cristiana entre sus feligreses. Dedicó largas horas a administrar el sacramento de la confesión. Convivía con las familias pobres, era un catequista y guía para los obreros y campesinos; y un asiduo maestro de música que formó un buen coro para las celebraciones.  Promovió obras sociales y fundó una cooperativa de consumo y una caja de ahorro para ayudar a los pobladores de la parroquia.

Durante la persecución religiosa, el padre Méndez siguió ejerciendo su ministerio ocultamente: celebraba la misa muy temprano, bautizaba, confesaba. Atendía a los enfermos.

Por aquellos días, tras el agotamiento de todos los recursos e intentos pacíficos y legales para que se derogaran las leyes persecutorias, comenzó la cristiada (se le llamó así al levantamiento armado de un numeroso grupo de católicos por defender su fe). Algunos en Valtierrilla se sumaron a los cristeros y fijaron como fecha para el levantamiento el 5 de febrero de 1928. Fueron delatados y vendidos por la traición. Los federales del pueblo cercano de Sarabia invadieron el pueblo para sofocar el levantamiento arrasando todo lo que encontraban en pie. El padre Méndez nada tuvo que ver con eso ya que jamás empuñó las armas.

Eran más o menos las cinco de la mañana cuando llegaron de improviso los federales. El padre Méndez estaba terminando de celebrar la misa en una dependencia de la notaría. La acabó de prisa, dio la comunión a su hermana y a una señora. Quiso huir por una ventana ocultando debajo de una manta la Eucaristía, pero los soldados ya lo tenían acorralado. Entonces tomó el copón con las hostias consagradas y lo escondió bajo su gabán; pero queriendo buscar una mayor seguridad para el Santísimo, se brincó por una ventana de la notaría que daba a la torre del templo. Unos soldados habían subido al campanario para poder ver la dirección que tomaban los cristeros que huían. Inmediatamente que vieron al sacerdote bajaron con rapidez, pensando quizá, sin conocerlo, que sería algún cristero.

Al registrarlo encontraron el copón que apretaba contra su pecho y le preguntaron: “¿Es usted cura?”, a lo cual respondió: “Sí, soy cura”. Esto bastó para que lo detuvieran. Él les dijo: “A ustedes no les sirven las hostias consagradas, dénmelas”. Pidió a los soldados unos momentos para hacer oración, se puso de rodillas. Rápidamente consumió algunas hostias consagradas. Luego dijo a los soldados. “Ahora, hagan de mí lo que quieran. Estoy dispuesto”. Los soldados le dijeron: “Deles esa joya a las viejas”. Se refería a Luisa, la hermana del padre, y a la señora María Concepción, que trataban de defender al sacerdote. Les entregó el copón diciéndoles: “Cuídenlo y déjenme. Es la voluntad de Dios”.

Los soldados le llevaron a un callejón aislado del pueblo y un capitán, apellidado Muñiz, quiso matarlo, pero se le encasquilló la pistola. Ordenó a los soldados que lo fusilasen. Los soldados fingieron cumplir la orden, pro las balas no tocaron al padre. Entonces el capitán despojó de su sotana al padre, le quito el crucifijo y una medalla; agachándose lanzó varias piedras a algunos curiosos, y luego, empujando al padre hacia unos magueyes le disparó con su pistola. El padre cayó muerto. Eran aproximadamente las siete de la mañana.

Los soldados incautaron el cadáver y, como a las tres de la tarde del mismo día 5, de llevaron el cuerpo a Cortazar en una camioneta de redilas, propiedad del gobierno. En ese lugar los soldados lo pusieron junto a la vía del tren, con el fin de que fuera despedazado, e hicieron desfilar ante l cuerpo a todas las gentes de Valtierrilla que se habían llevado en calidad de detenidos. Las mujeres de los oficiales quitaron el cuerpo de allí y se lo llevaron a un portalillo. Entonces los soldados cavaron una fosa en el mechero de los caballos para enterrarlo, pero las soldaderas se opusieron, y como el señor Elías Torres pidió el cuerpo para sepultarlo, se lo concedieron.

Beato Luis Magaña Servín, laico. Mártir

Nació en Arandas, Jalisco, -municipio de firme religiosidad-, el 24 de agosto de 1902.

Su padre, curtidor de pieles, transmitió el oficio a su primogénito, quien desde adolescente mostró especiales aptitudes para el trabajo, la responsabilidad y el ahorro. Su madre se dedicó completamente al hogar. Ella supo inculcar en sus hijos una piedad sólida, un gran amor a la Eucaristía y a la Virgen María.

Los niños en Arandas pasaban la vida entre la casa, la escuela y el templo. Todos en la familia Magaña Servín se levantaban temprano; a las cinco de la mañana, papás e hijos iban a misa a la parroquia; solían comulgar a diario. Por las tardes, los niños ayudaban en el trabajo de la curtiduría. Muy pronto Luis llegó a estar al frente de la misma.

Después de su trabajo, los Magaña salían a jugar con los vecinos. Gozaban alegremente de los momentos diarios de esparcimiento, eran amigables. Luis era de temperamento tranquilo y noble, sensible y bondadoso, tenaz y muy constante en lo que emprendía, responsable y transparente en su actuar.

Luis viajaba regularmente con su padre a Atotonilco para vender los cueros curtidos., era bueno para vender, convencía a las personas y pronto terminaba con la venta.

En cuanto se fundó en Arandas la Asociación Católica de la Juventud Mexica­na, se afilió a ella, adquiriendo los conocimientos básicos sobre doctrina social católica. Fue uno de los socios fundadores más comprometidos.

En 1924 quedó inscrito como socio activo fundador de la Archicofradía de la Adoración Nocturna del Santísimo Sacramento, de la que será miembro asiduo y piadoso. Su gran amor a Jesús Eucaristía le daba la fuerza para vivir fielmente su fe.

Tuvo Luis una sola novia, con la que se casó, se llamaba Elvira Camarena Méndez. La boda se realizó el 6 de enero de 1926 en la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe. Ella tenía 18 años y él 24. En su vida matrimonial, Luis y Elvira se acoplaron bien al trabajo, en su vida cristiana no descuidaban participar en la Misa y hacer oración. Colaboraban con gusto en las iniciativas de la parroquia.

Entre tanto, la situación de los católicos parecía empeorar de día en día. El fatídico 31 de julio de 1926 el culto público fue suspendido por mandato de los obispos.

En medio de las preocupaciones y tiempos de angustia y persecución, el 11 de abril de 1927 nació el primogénito de Luis, lo llamaron Gilberto. Para él fue el comienzo de una nueva etapa en su vida familiar. Aquel niño llenó de alegría su vida.

Los cristeros entablaban batallas contra los soldados federales, algunas veces triunfaban, otras, en cambio, eran vencidos. Luis ayudó con su oración y sus bienes a los católicos de la resistencia activa. Asesorado por el párroco J. de Alba, logró organizar muy bien la ayuda coordinando todo a través de un mensajero de confianza, un panadero a quien le decían “Pancho la Muerte”.

El apoyo incondicional ofrecido por los habitantes de Los Altos a las fuerzas cristeras fortalecía la causa. Para cortar desde sus raíces la oposición católica, el gobierno civil y su brazo ejecutor, el ejército, implementaron acciones durísimas de represión y acoso, entre otras la ejecución de algún católico representativo de la comunidad. Ese fue el caso de Luis.

La autoridad militar ordenó en 1927 que en cuanto terminara la cosecha del maíz, todas las familias que vivían en los pueblos chicos y en los ranchos se concentraran en algún centro importante señalado por la autoridad con el fin de impedir la ayuda del pueblo a los cristeros. De ese modo cualquier persona que se encontrara fuera de dicho centro o aislada, era considerada rebelde y podía ser fusilada en el mismo lugar sin investigación o juicio alguno. Esta reconcentración obligó a los campesinos a abandonar sus casas. En Arandas acogieron a los habitantes de los alrededores.

En febrero de 1928, un grupo de soldados federales al mando del general Zenón Martínez ocupó la plaza de Arandas, posesionándose de la iglesia parroquial y del curato, donde se instaló el Centro de Operaciones. El militar tuvo informes de algunos católicos de la población solidarios con la resistencia y se propuso escar­mentar en uno a todos; eligió pues dos nombres, José Refugio Aranda, llamado “Pancho la Muerte”,  y Luis Magaña Servín.

Al mediodía del 9 de febrero de 1928, los emisarios de Martínez llegaron al domicilio de Luis, pero no dieron con él. Los emisarios, para no irse con las manos vacías, hicieron prisionero a Delfino, hermano de Luis. Dejaron claro que si éste no se presentaba ese mismo día en la comisaría, su hermano sería fusilado.

Luis, con serenidad y precisión decidió presentarse ante los militares. Se vistió con sus mejores vestidos; se sentó a la mesa y quiso comer con toda la familia reunida. Era la última comida con los suyos. Al terminar, se levantó, se puso de rodillas delante de sus padres y les pidió la bendición. Animó a todos diciéndoles que pronto volvería y les dio un fuerte abrazo; estrechó a su pecho y besó a al pequeño Gilberto; con otro fuerte abrazo se despidió de su esposa Elvira, que sollozaba. Salió de su casa camino de su martirio. Se presentó en el curato convertido en cuartel y preguntó por el general Martínez. Un oficial lo condujo al hotel Centenario donde se hospedaba el general.

Luis pidió al general Martínez la libertad de su hermano a cambio de la suya. El militar aceptó el trato, y sin mayores trámites, como si se sentenciara a un peligroso delincuente, ordenó se formara en el atrio de la iglesia el cuadro para ejecutar a los dos prisioneros, José Refugio Aranda y a Luis Magaña Servín.

Eran las tres y media de la tarde. A Luis le ataron las manos, pero no quiso ser vendado. Hizo uso de la palabra en los siguientes términos: “Yo no he sido nunca ni cristero ni rebelde, como ustedes me acusan. Pero si de cristiano me acusan, sí lo soy, y por eso estoy aquí para ser ejecutado. Soldados que me van a fusilar, quiero decirles que desde este momento quedan perdonados y les prometo que al llegar ante la presencia de Dios serán los primeros por los que yo pida. ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Santa María de Guadalupe!”.

Sus palabras fueron interrumpidas por la descarga de los fusiles. La fuerte detonación estremeció el silencio trágico de esa tarde.

Beato José Sánchez del Río, laico. Mártir

Nació el 28 de marzo de 1913 en Sahuayo, Mich. Hijo Macario Sánchez Sánchez y María del Río. Los Sánchez del Río eran reconocidos como una de las familias principales del lugar, muy católicos y de antiguo abolengo.

Macario, el padre, era recto y noble, de convicciones firmes, se había convertido en un próspero ganadero y poseía el rancho “El Moral”. Doña Mariquita, se dedicaba a las labores del hogar y a la educación de sus hijos.

José era un niño sano, de carácter agradable, inquieto y travieso, amable y sencillo, obediente y cariñoso con sus padres. Desde muy pequeño iba a la parroquia acompañado de su mamá y asistía al catecismo y a misa todos los domingos. Inició su instrucción primaria en Sahuayo, distinguiéndose por su bondad. Tenía una piedad natural, era muy grande su devoción a la Santísima Virgen de Guadalupe y rezaba con gusto el santo rosario.

Al estallar la cristiada sus dos hermanos mayores, Macario y Miguel, se alistaron en las filas de defensa de la libertad religiosa, bajo el mando del Gral. Ignacio Sánchez Ramírez que comandaba las fuerzas cristeras de la región de Sahuayo. José no tenía todavía la edad suficiente para seguir el camino de sus hermanos mayores, pero con gran empeño estuvo solicitando que se le admitiera, a pesar de los consejos paternos que le hacían ver la poca utilidad que podían tener para la causa las acciones de un niño de poco más de trece años.

Durante una peregrinación que hizo a la tumba de Anacleto, pidió, por su intercesión, la gracia del martirio. A partir de ese momento, su resolución fue firme, y con más insistencia se propuso solicitar su admisión en las filas cristeras.

Ante la negativa del Gral. cristero de la región de Sahuayo, en el verano de 1927, con ayuda de sus tías María y Magdalena, hermanas de su padre, emprendió el camino a Cotija para entrevistarse con el general cristero Prudencio Mendoza y hacerle su petición de viva voz. Lo acompañó el joven J. Trinidad Flores Espinoza, quien también pretendía ser cristero.

Ya en el ejército experimentaron las inclemencias de la vida militar, pero perseveraron en su ideal y al poco tiempo J. Trinidad Flores Espinosa fue aceptado como miembro de la tropa de línea y como un signo de confianza el Gral. Guízar Morfín nombró a José su clarín para que estuviera a su lado transmitiendo sus órdenes a la gente y como abanderado de la tropa.

En un enfrentamiento que tuvieron las tropas cristeras con las federales del Gral. Tranquilino Mendoza, el 6 de febrero de 1928, al sur de la población de Cotija, casi lograron tomar prisionero al jefe cristero Guízar Morfín porque le mataron el caballo, pero José bajándose rápidamente del suyo en un acto heroico se lo ofreció diciéndole: “Mi general, tome usted mi caballo y sálvese, usted es más necesario y hace más falta a la causa que yo”. El Gral. Guízar Morfín pudo escapar, pero las tropas federales en esa escaramuza hicieron prisioneros a José Sánchez del Río y a un indito llamado Lorenzo. Los llevaron maniatados hasta Cotija en medio de golpes e injurias.

El General lo mandó encerrar en la cárcel de Cotija. Ya en el calabozo, oscuro y maloliente, a José se le vino a la mente el recuerdo de su madre y pensando que podría estar preocupada por él, pidió papel y tinta para escribirle. Luego, de alguna manera logró hacerla llegar a su destino:«Cotija, lunes 6 de febrero de 1928. Mi querida mamá: Fui hecho prisionero en combate este día. Creo en los momentos actuales voy a morir, pero nada importa, mamá. Resígnate a la voluntad de Dios, yo muero muy contento, porque muero en la raya al lado de Nuestro Señor. No te apures por mi muerte, que es lo que me mortifica; antes, diles a mis otros hermanos que sigan el ejemplo del más chico y tú haz la voluntad de Dios. Ten valor y mándame la bendición juntamente con la de mi padre. Salúdame a todos por la última vez y tú recibe por último el corazón de tu hijo que tanto te quiere y verte antes de morir deseaba. José Sánchez del Río».

Al día siguiente martes 7 de febrero, los dos prisioneros fueron trasladados de Cotija a Sahuayo y puestos a disposición del diputado federal Rafael Picazo Sánchez.

Ante las circunstancias de la corta edad de José y de que su padre era un hombre de dinero, las autoridades políticas y militares consideraron la posibilidad de liberarlo a cambio de una fuerte cantidad de dinero. El diputado Picazo se inclinaba por dicho arreglo, dado que José era su ahijado y además tenía relaciones de amistad con la familia Sánchez del Río.

Al ser notificado, el afligido padre de inmediato viajó a Guadalajara con la intención de hacer todo lo que fuera posible por salvar la vida de su hijo, y buscar la manera de reunir la cantidad que le habían solicitado. Los familiares de José le avisaron que iban a pagar el rescate por su libertad, pero José les pidió por Dios no lo hicieran, que no se pagara por él ni un solo centavo porque él ya había ofrecido su vida a Dios.

Al día siguiente, miércoles 8 de febrero, al enterarse Picazo de la matanza de sus gallos se presentó iracundo en el templo y enfrentándose a José le preguntó si sabía lo que había hecho, a lo que José respondió con aplomo: “La casa de Dios es para venir a orar, no para refugio de animales”. Picazo con rabia lo amenazó y José le respondió: “Estoy dispuesto a todo. ¡Fusílame para que yo esté luego delante de Nuestro Señor y pedirle que te confunda!”. Ante esta respuesta uno de los ayudantes de Picazo le dio un fuerte golpe a José en la boca que le tumbó los dientes.

Ese mismo día a las 5:30 de la tarde sacaron a los dos prisioneros de la parroquia y los llevaron a la plaza principal al lado poniente donde colgaron a Lázaro de un cedro que estuvieron utilizando para las ejecuciones. José fue obligado a estar junto al árbol y presenciar la muerte de su amigo. Entonces se dirigió a los verdugos y con gesto enfático les dijo: “¡Vamos, ya mátenme!”.

En cuanto a José, sólo quisieron asustarlo y lo volvieron a encerrar en la parroquia. El 10 de febrero, cerca de las seis de la tarde, sacaron a José de la parroquia y lo trasladaron al Mesón del Refugio, ahí le anunciaron la cercanía de su muerte. De inmediato José pidió papel y tinta para escribir a su tía María: “Sahuayo, 10 de febrero de 1928. Sra. María Sánchez de Olmedo. Muy querida tía: Estoy sentenciado a muerte. A las 8 y media se llegará el momento que tanto, que tanto he deseado. Te doy las gracias de todos los favores que me hiciste, tú y Magdalena. No me encuentro capaz de escribir a mi mamacita, si me haces el favor de escribirle a mi mamá y a María S. Dile a Magdalena que conseguí con el teniente que permitiera verla por último. Yo creo que no se me negará a venir. Salúdame a todos y tú recibe, como siempre y por último, el corazón de tu sobrino que mucho te quiere y verte desea. ¡Cristo vive, Cristo reina, Cristo impera! ¡Viva Cristo Rey y Santa María de Guadalupe! José Sánchez del Río que murió en defensa de su fe. No dejen de venir. Adiós”.

Cerca de las once de la noche le desollaron los pies con un cuchillo, lo sacaron del mesón y lo obligaron caminar a golpes por la calle de Constitución. Los verdugos querían hacerlo apostatar a fuerza de crueldad inhumana, pero no lo lograron. Sus labios sólo se abrieron para gritar vivas a Cristo Rey y a Santa María de Guadalupe. Los vecinos escuchaban con infinita pena los gritos llenos de valor y fervor cristiano que José lanzaba en medio de la noche: “¡Viva Cristo Rey!”.

Ya en el panteón viendo su fe y fortaleza que no se amilanaba ante el tormento, el jefe de la escolta que presidía la ejecución ordenó a los soldados que apuñalaran el delgado cuerpo del adolescente para evitar que se escucharan los disparos en el pueblo. A cada puñalada José gritaba con más fuerza: “¡Viva Cristo Rey!”.

Luego el jefe de la escolta dirigiéndose a la víctima le preguntó por crueldad si quería enviarle algún mensaje a su padre. A lo que José respondió indoblegable: “¡Que nos veremos en el cielo! ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Santa María de Guadalupe!”. En ese mismo momento para acallar aquellos gritos que lo enfurecían, él mismo sacó su pistola y le disparó en la cabeza. José cayó bañado en sangre, ahogando así el último grito de su jaculatoria ritual para la muerte. Eran las once y media de la noche del viernes 10 de febrero de 1928. Su cuerpo quedó sepultado sin ataúd y sin mortaja, recibió directamente las paleadas de tierra.

El más joven de los mártires beatificados de la persecución mexicana había alcanzado la gracia del martirio. Ejemplo de amor y fidelidad a Cristo Rey y a su Iglesia: “Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el Cielo: de la misma manera persiguieron a los profetas que os precedieron”. Cfr. Mt 5,11

Santo Toribio Romo González, Pbro.

Nació en el rancho de Santa Ana de Guadalupe, Jal., (Jalostotitlán), el 16 de Abril de 1900. Hijo de Patricio Romo y de Juana González.

Creció y se educó en una familia cristiana, en un pueblo sencillo y fervoroso que acostumbraba la Adoración Nocturna al Santísimo y a venerar con filial devoción a la Santísima Virgen. De niño fue acólito y se distinguió por la devoción y delicadeza con que ayudaba en la celebración de la Misa.

A los 13 años de edad inició sus estudios en el Seminario Auxiliar de San Juan de los Lagos. Se dedicó con ahínco a sus estudios y a la práctica de las virtudes. Se inscribió en la Acción Católica en la que se distinguió por su dinamismo y su actividad en las obras católico-sociales. El joven seminarista era muy dedicado a la oración, de comunión diaria y de frecuentes visitas al Santísimo.

En 1920 ese mismo año ingresó al Semi­nario de Guadalajara para continuar y concluir sus estudios. Recibió el diaconado el 3 de septiembre de 1922, y el 23 de diciembre del mismo año fue ordenado sacerdote. Canto su primera misa en Santa Ana, en el templo cuyos cimientos había iniciado él mismo siendo aún seminarista y que había sido dedicado a la Santísima  Virgen de Guadalupe. Sayula fue su primer destino; después Tuxpan, Yahualica, Cuquío y finalmente Tequila; en todas esas partes fue vicario cooperador,  salvo  en Tequila, donde estuvo con carácter de encargado de la Parroquia.

En Tequila, ya en plena persecución religiosa, ejerció su ministerio es­pecialmente en la administración de sacramentos, pero sin abandonar, en cuanto le era posible, la cate­quesis   y   en   especial la pre­paración a la primera comunión.

En las poblaciones donde estuvo, los fieles vieron en él un sacerdote abnegado y apostólico. Un sacerdote que se encariñaba luego con las gentes del lugar y trataba de llevarlas a Cristo. Como encargado de la parroquia en Tequila, por amor a sus fieles, aceptó las más duras pruebas y nunca dejó de atenderlos espiritualmente.

Cuando la persecución le privó de ejercer su ministerio, porque tuvo que huir y esconderse en las barrancas.

Fue un sacerdote pobre que sufrió muchas limitaciones materiales, como carecer de la ropa ne­cesaria, de alimentos, de libros para sus estudios; pero jamás se oyó quejarse.

El padre Toribio tuvo que establecer como centro de sus actividades una antigua fábrica de tequila, abandonada, cerca del rancho conocido como “Agua Caliente”, a mitad de una hermosa barranca llena de vegetación. En un cuarto improvisó un oratorio. Todos los días daba pláticas de instrucción religiosa a los barranqueños, y catequesis a los niños. Cuando crecía el peligro, porque se acercaban las fuerzas federales, celebraba la misa y los demás actos internándose en la barranca. En aquella barranca bautizó a centenares de niños, unió en matrimonio a mu­chísimas parejas y, cuando era ne­cesario, se trasladaba por la noche a la población de Tequila para auxiliar a los enfermos.

El 12 de diciembre de 1927, celebró la Misa de primera comunión de 20 niños. Con fervor extraordinario y, a la hora de impartir la Sagrada Comunión, dialogó con los niños para que reiteraran su fe y su amor a Jesucristo y pidieran por la paz de la Iglesia. Teniendo en sus manos temblorosas la sagrada hostia le dijo a Jesús: “¿Aceptarás mí sangre, Señor”? Por un instante no pudo continuar porque las lágrimas se lo impedían y cuando pudo pronunciar palabra repitió la frase: “¿Y aceptarás mi sangre Señor, que te ofrezco por la paz de la Iglesia?”.

El jueves 23 de febrero de 1928  ordenó a su hermano Román que se fuera a Guadalajara para que le ayudara en el arreglo de asuntos urgentes relacionados con la administración. A las cuatro de la mañana el Padre Román celebró el Santo Sacrificio y el Padre Toribio le ayudó. Antes de emprender el viaje, el Padre Toribio se arrodilló ante su hermano para que le oyera en confesión, y con un fuerte abrazo lo despi­dió, al  mismo tiempo que le decía: “No vuelvas hasta que no sepas algo”, y arrodillándose de nuevo le dijo: “Padre Román, dame una bendición grande”. Y le entregó una carta con el encargo de que no la abriera hasta que él se lo indicara.

El viernes 24, después de la Santa Misa y del almuerzo le dijo a su hermana María: “Voy a estar muy ocupado quiero poner todo al corriente”. Se sentó para arreglar las cuentas de la parroquia y hasta en la tarde se levantó para rezar el rosario y el Oficio Divino. Durante la noche se puso a terminar la documentación de matrimonios y bautismos, hasta la madrugada del sábado.

El sábado 25 de febrero de 1928, a las cuatro de la mañana despertó a su hermana, que había estado dormitando en una silla, y le dijo: “Tengo mucho sueño, voy a celebrar para luego acostarme”.  Sé dirigieron al oratorio, pero al estar preparando lo necesario para la Misa, dijo: “Mejor dormiré un rato y después podré celebrar mejor”. Volvió a su cuarto, se quitó la sotana y se tumbó sobre la cama de otates, cubriéndose la cara con un brazo. María se sentó en la cama del Padre Román y ambos se quedaron profundamente dormidos.

La masonería local lo buscaba con rabia y odio criminal. Los soldados lo detuvieron en su escondite esa madrugada. Había sido delatado. Uno de los soldados abrió la habitación donde estaba el Padre Toribio, y quitándole el brazo que le cubría la cara, gritó: “Sí, éste es el Cura, ¡mátenlo!”. En aquél momento despertó sorprendido el Padre Toribio y dijo: “Sí soy, pero no me maten…” Sin dejarlo terminar la frase, lo acribillaron en medio de insultos; el Padre Toribio, con pasos vacilantes, caminó hacia la puerta y una segunda des­carga lo hizo caer. Su hermana corrió hacia él y lo tomó entre sus brazos; con voz fuerte le dice: “Valor, Padre Toribio… ¡Jesús Misericordioso, recíbelo! ¡Viva Cristo Rey!”.

Con una última mirada, el Padre Toribio se despidió de aquella hermana que le llevó al sacerdocio y al martirio.

Los soldados y los agraristas le quitaron los pantalones, el saco y los zapatos, y en medio de canciones vulgares iniciaron el traslado del cadáver sobre una improvisada camilla, hecha por los campesinos, que asustados se dieron cuenta del drama. La sangre de aquel abnegado sacerdote fue bañando la barranca hasta llegar a Tequila, donde frente a la Presidencia Municipal tiraron el cadáver. A María se la llevaron presa, a pie y descalza, sin permitirle hacer nada por rescatar el cadáver de su hermano. La familia Plasencia intercedió ante el Presidente munici­pal para que le concediera recoger el cadáver y velarlo en su casa. Allí llegó mucha gente de la pobla­ción; entre lágrimas y rezos, desfiló frente al cuer­po de su amado sacerdote. Algunos mojaban algodones con la sangre del Mártir.

Al día siguiente, en imponente manifestación, fue llevado al cementerio y poco después colocaron una cruz y una placa que expresaba la gra­titud de un pueblo: “El buen pastor da la vida por sus ovejas”.

Pasados algunos días de aquel doloroso aconte­cimiento, el Padre Román se acordó de la carta que le había entregado su hermano Toribio. La abrió y leyó su contenido: “Padre Román, te encargo mucho a nuestros ancianos padres; haz cuanto puedas por evitarles sufrimientos. También te encargo a nuestra hermana Quica, que ha sido para nosotros una verdadera madre”. A continuación le encarga a otros familiares y termina diciendo: “A todos te los encargo. Aplica dos misas que debo por las Almas del Purgatorio y pagas tres pesos cincuenta centavos que le quedé debiendo al Sr. Cura Ruvalcaba, de Yahualica, Jalisco”.

Aquel pequeño poblado de Santa Ana de Guadalupe, Jalisco, se convirtió en un lugar de peregrinación donde centenares de peregrinos se dan cita para pedir su intercesión o agradecerle algún favor recibido. No han sido pocos los inmigrantes que, arriesgando la vida cruzan la frontera a Estados Unidos, han experimentado la protección y el amparo de este Mártir, que misteriosamente y sin explicación humana alguna, ha guiado sus pasos hacia la salvación.

3. Recorriendo los lugares de los Santos y Beatos. (Recorrido fotográfico)

San Jesús Méndez Montoya

Tarímbaro y Huetámo, Mich.

Valtierrilla y Cortazar, Gto.

Beato Luis Magaña Servín, Laico. Mártir

Arandas, Jal.

Beato José Sánchez del Río, Laico. Mártir

Sahuayo, Mich.

Guadalajara, Jal. (Panteón de Mezquitán, José visitó la tumba de Anacleto González Flores) y Cotija, Mich.

Santo Toribio Romo González, Pbro.

Santa Ana de Guadalupe y San Juan de los Lagos, Jal.

Guadalajara y Sayula, Jal.

Tuxpan y Yahualica, Jal.

Cuquío y Tequila, Jal.

4.- Un lugar para ellos. Santuario de los Mártires de Cristo (Recorrido fotográfico)

Acero de refuerzo y cimbra, arco 1-A, ala sur, cubierta posterior (C3)

Vista Nor-Poniente y Muro altar y zona de servicios del sótano del presbiterio


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Descontentos, asesinatos y martirio

1. México. Los primeros años del siglo XX.

Opositor de Obregón y candidato presidencial del Partido Antirreeleccionista,  el general Francisco Serrano se había levantado en armas.

El día 3 de octubre de 1927, el Secretario de Guerra, general Joaquín Amaro se reúne con el presidente Plutarco Elías Calles y Álvaro Obregón, quienes comentan que el general Francisco R. Serrano está en Cuernavaca y esperan que las fuerzas del general Juan Domínguez se le unan; han tenido noticia que en Balbuena se han sublevado el general Héctor Ignacio Almada y otros, y que van camino de Texcoco seguidos por cuatro corporaciones. Amaro pregunta a Calles si alcanzan a los sublevados en Texcoco. Saben también que en Perote, Veracruz, han defeccionado dos regimientos y que en Torreón, Coahuila, durante la madrugada se ha sublevado el 16º Batallón.

Álvaro Obregón da la orden de que Serrano y sus seguidores sean detenidos y pasados por las armas. Serrano se encontraba en Cuernavaca con trece amigos celebrando su santo, cuando fueron detenidos Son traslados en dos carros, y en Huitzilac, Mor., el general Fox dice algo en voz baja al coronel Hilario Marroquín y al capitán Pedro Mercado. Marroquín baja del carro a Serrano golpeándolo y luego dispara contra él. Los demás soldados tiran a quemarropa sobre los prisioneros.

El 13 de Octubre de 1927, la Cámara de Senadores reforma el artículo 83 de la Constitución General de la República estableciendo los periodos presidenciales: “El Presidente entrará a ejercer su cargo el primero de diciembre, durará en él seis años y nunca podrá ser reelecto para el periodo inmediato”.

Otro candidato a la presidencia, también anti reeleccionista, Arnulfo R. Gómez, se reúne el 1º de julio de 1927, con el otro candidato presidencial antireeleccionista, el general Francisco R. Serrano. Acordarán sostener los principios de la no reelección y la armonía en sus filas.

En su campaña electoral por diversos Estados de la República, Gómez denuncia la política de Obregón y los medios que utiliza para engañar a la población. El 1º de octubre, Gómez, debilitado en su salud por la campaña, sale hacia Perote para unirse con el general Horacio Lucero, jefe de la guarnición militar, señala que no intenta rebelarse, pero lo hace por su seguridad. Tras fallar el intento de aprehender a Calles, Obregón y Amaro, durante las maniobras nocturnas de los llanos de San Lázaro, y de iniciarse la rebelión del general Héctor Ignacio Almada, es perseguido por las fuerzas del general José Gonzalo Escobar y derrotado en Ayahualulco el 10 de octubre. El 4 de noviembre, Gómez, enfermo, es sorprendido a la medianoche en las montañas que se extienden entre Teocelo e Ixhuacán, según rumores, por denuncia de Aarón Galván, quien le llevaba alimentos. Es conducido en ferrocarril a Coatepec, sometido a juicio sumario y fusilado la mañana siguiente en Teocelo.

El general Álvaro Obregón, nuevamente candidato a la presidencia de México, quería presentarse como un pacificador. Los miembros de la Liga no lo entendían así, consideraban a Obregón como el responsable de todos los males que la Iglesia sufría en México, en parte estaban equivocados.   El 13 de noviembre de 1927, Obregón es objeto de un atentado en Chapultepec, había sido ideado en el seno de la Liga y perpetrado por cuatro “ligueros”, entre ellos el ingeniero Luis Segura Vilchis, el chofer Nahum Lamberto Ruiz y el joven Juan Tirado Arias. Obregón salió ileso de dicho atentado. Pero como represalia, el 18 de ese mes, son detenidos el padre Miguel Agustín Pro, jesuita, y sus hermanos Humberto y Roberto. Ninguno tuvo que ver con el atentado. A los dos primeros los asesinaron.

En el estado de Guerrero,  los cristeros se rebelaron en  Chilapa de Álvarez, Tetipac, Ixcapuzalco, Coyuca de Catalán, Ajuchitlán y Pachivia, municipio de Ixcateopan, y lograron integrar un ejército de alrededor de 3,500 “cristeros” quienes después de apoderarse de plazas como Acapulco, Huitzuco, Técpan, Coyuca de Catalán y Chilapa, tomaron temporalmente la capital del estado. Para fin de 1927 el Gobierno Federal lanzó una fuerte ofensiva para recuperar la mayor parte de las plazas tomadas por los rebeldes, pero a raíz de la ejecución del párroco de Tecalpulco, la insurrección se fortaleció y los combates continuaron hasta 1929.

2. México, tierra de Santos y Beatos.

San Margarito Flores García, Pbro.

Nació en Taxco, Gro., el 22 de febrero del 1899. Sus padres fueron Germán Flores y Mercedes García. Su padre se dedicaba a los oficios de talabartero y peluquero. Estudió la primaria y, dada la precaria situación económica de su familia, trabajó de muy chico, tenía unos doce años. Se desempeñó como peluquero y como empleado en una tienda de abarrotes, donde enfermó gravemente por el trabajo excesivo.

Desde adolescente, Margarito quería ser sacerdote.  Era un muchacho piadoso, vivía abierto a la gracia de Dios, visitaba diariamente al Santísimo Sacramento y allí se quedaba un largo tiempo en oración. Ello no le impedía el cumplimiento de su trabajo. Tal vez la falta de una adecuada y suficiente alimentación, la dureza del trabajo, la misma edad evolutiva, lo llevaron a tener una grave y penosa enfermedad. Al parecer fue una fuerte pulmonía. En estado de convalecencia accedió a prestar sus servicios como empleado dependiente en un comercio, pero nuevamente el exceso de trabajo le ocasionó trastornos que lo pusieron al borde de la muerte.

Cuando sanó, volvió a trabajar en varios oficios, e incluso, cuando ingresó en el seminario de  Chilapa, siguió trabajando para pagarse sus estudios. Tenía 15 años. Fue uno de los estudiantes más  brillantes de su promoción. Y así, entre trabajos, penalidades y apuros, llegó al sacerdocio.

Fue ordenado sacerdote el 5 de abril de 1924 en la capilla del seminario de Chilapa. El 20 de abril celebró su primera misa en la misma parroquia donde había recibido el bautismo, Santa Frisca y  San Sebastián, de Taxco, Gro., con inmenso regocijo de toda su gente.

Luego lo enviaron como maestro del seminario de Chilapa. Tiempo después fue nombrado vicario de la parroquia de Chilpancingo. Uno de sus grandes anhelos fue la fundación de escuelas católicas para la niñez, y con la colaboración de maestros que habían sido sus discípulos, estableció en Chichihualco el Colegio Nicolás Bravo. En la vida parroquial tuvo un acento especial en poner en el centro de la vida de sus cristianos el amor al Corazón de Jesús.

Era un sacerdote amable, sencillo, serio, ateto con todos, siempre dispuesto a servir. Era pobre y sacrificado al máximo. Todo su ardor a la fe católica lo demostraba en su ardiente dedicación al apostolado, en el combate de las sectas que entonces comenzaban a propagarse, y en la defensa de la fe tan perseguida por el gobierno de entonces.

De Chilpancingo fue mandado a Tecalpulco. Encontrándose en ese lugar hizo una visita al Sr. Cura Pedro Bustos. Esa misma tarde llegaron los federales en persecución de los cristeros y esto obligó a ambos sacerdotes a refugiarse en las montañas durante varios días. Se separaron y cada quien regresó con su familia. Una noche, en su caminata, se acercó a una choza y pidió le permitieran pasar la noche, la respuesta fue negativa pues, tenerlo ahí era peligroso. Siguió su camino durmió a la intemperie y con hambre, hasta que logró llegar a su casa.

Después de permanecer un tiempo con su familia, con precaución, hizo un viaje a la ciudad de México. Ya en la capital, se entregó con afán a colaborar en la solución del conflicto religioso. Tuvo por residencia la casa de la familia Calvillo; durante ese tiempo, asistió a la Academia de San Carlos con el fin de perfeccionar sus conocimientos en pintura.

Se encontraba fuera de  la Diócesis a causa de la persecución, cuando supo de la muerte heroica del Sr. Cura David Uribe, exclamó: «Me hierve el alma, yo también me voy a dar la vida por Cristo; voy a pedir permiso al Superior y también voy a emprender el vuelo al martirio».

En octubre de 1927, un día antes de salir con destino a Chilapa, lo dedicó a ofrecer su vida y su sangre en una misa celebrada por la salvación de México. Llegó a Chilapa, ahí sus superiores le pidieron que se hiciera cargo de la parroquia de Atenango del Río. A su paso por Tulimán se hospedó con una familia originaria de Chilapa. En el pueblo se encontró con el comisario municipal que lo trató bien, y hasta le dio un guía para que lo acompañara. Prosiguió su camino y lo detuvieron junto con el joven que lo acompañaba. Lo llevaron atado, caminando descalzo toda la noche hasta Tulimán, ante el general Manzo. En Tulimán detuvieron al comisario quien confesó la inocencia del guía. El comisario quedó formalmente arrestado por haber ayudado al sacerdote.

El 12 de noviembre de 1927, un poco antes de la once de la mañana, el capitán ordenó a un teniente que a las once en punto le diera el gusto de oír la descarga de la ejecución. El teniente fue al lugar en donde se encontraba el padre para conducirlo al sitio señalado para fusilarlo. A su paso, en el trayecto de un corredor, estaba el comisario. Con breves palabras el padre lo alentó diciendo: Usted va a morir dentro de unas horas; lo espero ante la presencia de Dios.

Ya cerca, el militar le dijo que eligiera el sitio preciso para morir. Con toda serenidad caminó hacia la esquina posterior del templo, solicitando le permitiera unos momentos para elevar sus últimas plegarias al Todopoderoso. Le fueron concedidas. Uno de los soldados se acercó a él y le dijo que si lo perdonaba, a lo que el padre contestó profundamente conmovido: “No solamente te perdono, también te bendigo”. Unos cristianos del lugar habían ofrecido pagar por su libertad, pero fueron rechazados.

El P. Margarito se hincó de rodillas y rezó antes de ser fusilado. Luego se levantó y dijo que estaba listo. La descarga le destrozó la cabeza.

Después fusilaron al comisario en Tepetlapa, Guerrero, por proteger a un sacerdote.

Los restos del Santo Mártir permanecen en la capilla de Nuestro Señor de Ojeda.

San Pedro Esqueda Ramírez, Pbro.

En la ciudad de San Juan de los Lagos, Jal., el 29 de abril de 1887, nació Pedro Esqueda, hijo de Margarito Esqueda y Nicanora Ramírez. El mismo día de su nacimiento recibió el santo bautismo, y la confirmación, menos de tres meses después, el 10 de julio siguiente. Sus padres fueron pobres, pero pro­fundamente cristianos, de manera que criaron al niño en el santo temor de Dios, lo que hizo que toda su vida se conservara en la inocencia y santa simplicidad de costumbres.

A los cuatro años de edad inició su instrucción en una escuela privada, regida por la maestra Piedad; en ella aprendió las primeras letras, en la cartilla, durante dos años. A los seis años ingresó a la llamada “Escuela del Santuario”, dirigida por el profesor Pedro Márquez. Ahí curso los seis grados de instruc­ción primaria. Fue un alumno aprovechado, con buenas calificaciones y, a veces, premios en las materias. Era un niño sencillo, pacífico; no se le vio reñir, ni molestar a nadie.

Mientras estuvo en esta escuela formó parte del grupo de acólitos y del coro de la Basílica, así que una semana servía al altar y otra se integraba al coro. Era un niño piadoso, rezaba diariamente un rosario él solo y otro con su familia, en casa.

Al terminar la instrucción primaria no conti­nuó estudiando, sino que se ocupó de trabajar en una zapatería, hasta que le externó a su padre, un día, el deseo que abrigaba de entrar al Seminario para llegar a ser sacerdote. Fue matriculado en el Seminario Auxiliar que funcionaba en la misma ciudad de San Juan de los Lagos. Ahí estudió los cursos de Humani­dades y dos de Filosofía. “Sobresalió, en el Semina­rio; era muy estudioso”. Después de seis años en el Seminario Auxiliar, por orden de los superiores pasó, en 1908, a estudiar al Seminario Diocesano de Guadalajara. Ahí cursó el tercer año de Filosofía y los cursos de Teología. Recibió las órdenes sagradas hasta el diaconado.

En 1914, al desatarse la persecu­ción carrancista, el Seminario fue clausura­do e incautado su edificio. Los seminaristas lo abandonaron. Tuvo que refugiarse en San Juan de los Lagos. Ahí prestó servicios ministeriales a la parro­quia, colaborando con el párroco, hasta que un día fue llamado a Guadalajara. En esta ciudad, en el oratorio público del Hospital de la Santísima Trini­dad, recibió la ordenación sacerdotal el 19 de noviembre de 1916.

Seis días después, por orden de la autoridad eclesiás­tica competente, fue nombrado vicario cooperador de la parroquia donde había nacido, con el encargo de que, si fuera necesario, impartiera clases en el Seminario Auxiliar del lugar. Con gran gozo y regoci­jo de toda la feligresía, cantó su primera Misa en el Santuario de Nuestra Señora de San Juan de los Lagos, el primero de diciembre del mismo año.

Inició luego su ministerio sacerdotal, que ejerció durante, once años en esa parroquia de San Juan.  Los feligreses lo recuerdan como un sacerdote ejemplar, humilde y lleno de caridad, con grandísimo celo, especialmente con los niños”. Tenía caridad con los pobres: jamás se le vio contrariado o de mal humor. Fue muy devoto de la Eucaristía, su párroco recuerda: “…lo veía haciendo devotamente oración ante el Santísimo Sacramento”.

Organizó una asociación llamada “Cruzada Eucarística”, para impulsar a los niños en el amor y devoción a Jesús Sacramentado. Ponía empeño especial en preparar a los niños que por primera vez se acercaban a la comunión. Amó entrañablemente a la Santísima Virgen María y motivó especialmente a los niños a que también la amaran.

En 1926 se recrudeció en México la persecu­ción contra la Iglesia. El Presidente de la República, en su modo de proceder, manifestaba una apasionada decisión de acabar con la Iglesia. Los obispos mexi­canos, como última medida de protesta y defensa, decidieron cerrar los templos y suspender el culto público. La administración de los sacramentos y el ministerio sacerdotal se realizaba ocultamente, en los hogares. Entonces las fuerzas del Gobierno desplegaron una tenaz persecución contra los sacer­dotes de todo el país. El Arzobispo de Guadalajara aprobó que los sacerdotes que gustaran se escondie­ran, aun dejando sus puestos. En la ciudad de San Juan de los Lagos, el párroco y los sacerdotes se ocultaron en diversos lugares.

El padre Esqueda, también escondiéndose, quedó al frente de la parroquia por encargo del señor Cura. En diversas casas, y algunas veces fuera de la ciudad, se ocultaba, y en esos lugares ejercía su ministerio sacerdotal.

En los primeros días de noviembre de 1927, se refugió en Jalostotitlán, Jal. Decidió volver a la ciudad de San Juan de los Lagos para cumplir sus deberes ministeriales. Se hospedó en el Hospital del Sagrado Corazón. Solicitó asilo en alguna otra casa, que le negaron por miedo a las represiones del Gobierno; por lo cual se volvió a la casa de la familia Macías, donde había estado por algún tiempo. Las dos hermanas de sacerdote, Valeria y María del Refugio, le indicaron que era peligroso volver a una casa donde había estado antes; que ahí lo buscarían nuevamente, y le suplicaban saliera de la ciudad, a lo que contestó: “Dios me trajo, Dios sabrá”. Ahí se quedó. Tenía planeado salir de San Juan el 18 de noviembre, día en que lo aprehendieron.

Habían abierto en el piso, en el lugar donde estaba su cama, un agujero. Era un escondite peque­ño. Ahí ocultaron los ornamentos y todo lo necesario para la celebración de la Eucaristía, como también algo del archivo parroquial, y dejaron un espacio pequeño para que pudiera esconderse el padre.

El 17 de noviembre, un sobrino del P. Pedro y otras dos personas vinieron, ya anocheciendo, a comunicarle que peligraba estando en la casa donde habitaba; que saliera de la ciudad. El contestó: “Dios sabrá”. Entrada la noche, se fue a la habitación que servía de oratorio y se guardaba el Santísimo Sacra­mento, invitó a toda la familia a participar y dirigió una meditación. Fue una reflexión de preparación a la muerte. Se vio, dice una de las personas presentes, que “estaba dispuesto a morir”. Al terminar agrade­ció, muy atentamente, la hospitalidad que le habían prestado.

Al día siguiente, 18 de noviembre, celebró la Santa Misa con mucho fervor. Después de las últimas oraciones, tomó un crucifijo y lo besó con mucha devoción, y después del desayuno entonó unos cánti­cos a media voz, al Sagrado Corazón de Jesús, con su semblante muy alegre.

Avanzaba la mañana cuando se escucharon unos fuertes golpes en la puerta de entrada a la casa. La señorita María del Refugio, de la familia donde se hospedaba el padre, fue a ver quién tocaba. Era la hermana del padre Pedro, que daba aviso de estar ya a la puerta los soldados. Así era. Habían rodeado la manzana y otros habían subido a las azoteas vecinas. El padre Pedro apenas tuvo tiempo de entrar a la excavación, preparada como escondite, taparla con unas tablas y poner encima una alfombra.

En seguida se oyeron otros fuertes golpes en la puerta. Fue la señorita Florentina a abrirla. Era el teniente Santoyo acompañado de cuatro soldados. Sin decir nada, entraron violentamente a la casa. La empezaron a revisar y llegaron al sitio de la excava­ción. El teniente ordenó a los soldados remover la alfombra y las tablas. Encontrando al padre, le ordenaron salir. “Lo sacaron a puros golpes y malas palabras”, amenazándolo con que lo fusilarían por ser sacerdote.

Llegó, luego, el coronel González Romero con otro buen número de soldados. Hizo algunas preguntas al padre Esqueda y, con furia, le golpeó una mejilla, abriéndole una herida que manó sangre. Le dio varios golpes con un fuete, que también le hirió la cabeza. A empujones le indicó que marchara. Fue tan fuerte uno de los empujones, que lo hizo caer al suelo, en el pequeño patio de la casa.

Se lo llevaron a la Abadía, (casa del Abad, contigua a la Colegiata de Nuestra Señora de San Juan) que el ejército había con vertido en cuartel. Ahí metieron al padre Esqueda a un cuarto oscuro, teniéndole incomunicado. Durante su prisión… lo azotaban diariamente. La encargada del Orfanatorio del Sagrado Corazón, Gertrudis del Espíritu Santo, que con valor fue a llevarle los alimentos, afirma que “oyó los golpes que le descargaban y los tremendos azotes. Antes de que lo mataran ya estaba por terminar su vida con tanto que lo martirizaban”.

Ahí lo tuvieron prisionero hasta el 22 de ese mes de noviembre de 1927. Ese día la tropa toda se movía al pueblo de San Miguel el Alto. Se llevaron al padre Esqueda consigo. Lo sacaron de la casa-prisión a empujones y golpes. Uno de los empujones, al bajar la escalera de la Abadía, fue tan fuerte que lo arrojó al suelo, quebrándosele el brazo derecho. Él soportaba callado: “Sufrió las molestias y tormentos que le dieron antes de morir, en silencio, manifestando tranquilidad de ánimo al salir para el lugar del tormento”.

Se lo llevaron a pie hasta la salida de San Juan de los Lagos. Algunos niños lo acompañaron, y con uno de ellos mandó un recado a sus hermanas, y algunas cosas. Lo subieron a un caballo, atándole con una soga los brazos. El padre Esqueda, a caballo, vigilado por los soldados, caminó hasta llegar al poblado de Teocaltitán, cercano a San Miguel el Alto. Lo bajaron del caballo y a pie cruzó el poblado hasta las afueras de él. Ya en el campo, llegaron a un lugar donde estaba un mezquite. El coronel Santoyo ordenó al prisionero que subiera al mezquite hasta donde estaba el tapanco de rastrojo. El padre Esqueda, con infinita humildad, sin decir palabra, intentó cumplir lo que se le ordenaba. Mas no pudo hacerlo, ya que tenía el brazo derecho roto y no podía hacer fuerza. Hizo varios intentos de subir pero no pudo. ¿Qué intentaba el coronel Santoyo con hacer que el sometido subiera al tapan­co?

Injurió el coronel al sacerdote por no subir al tapanco y sacó entonces la pistola, descargando tres tiros sobre el padre Esqueda. Uno le entró en la mandíbula y salió en el cráneo y dos en el costado izquierdo. Cayó muerto con “el brazo derecho exten­dido hacia arriba, y el izquierdo en el pecho”. “Eran entre una y dos de la tarde”, del 22 de noviembre de 1927.

Los habitantes del poblado de Teocaltitán recogieron el cuerpo del mártir la tarde de ese día. Lo tuvieron en un salón de la escuela del pueblo y al siguiente día en la tarde le dieron sepultura en el panteón del lugar.

BEATO MIGUEL AGUSTÍN PRO JUÁREZ, S.J. MÁRTIR

El Padre Pro es un Beato del siglo veinte. Se caracterizó por su profunda humanidad. Conocedor de su gente, cercano a todos. Murió en 1927, y fue beatificado por el Santo Padre Juan Pablo II en 1988.

En el pueblo minero de Guadalupe, Zacatecas nació Miguel Agustín el 13 de enero de 1891. Pocos años después, la familia se trasladó a Concepción del Oro, en el mismo Estado.

Miguel fue un niño muy inquieto, le gustaba hacer travesuras y hacía renegar a sus hermanas. Cuando tenía 7 años, el 19 de marzo de 1898, hizo su primera comunión, el Sr cura, don Mateo Correa, quien le dio la comunión al pequeño Miguel, sería un futuro mártir.

Era un jovencito muy alegre, trabajador y optimista, pero ponía toda la casa en revolución. Tenía predilección por la música y la poesía. Al escucharle sus discursos en las veladas estudiantiles, las ancianas decían: “Este sí que serviría para sacerdote predicador”. Con sus hermanos y hermanas organizó una pequeña orquesta que amenizaba las reuniones del barrio.

Por un corto tiempo estuvo estudiando lejos de Concepción, pero, por su enfermedad no pudo continuar sus estudios y regresó a la casa paterna. El Sr. Pro se llevó a Miguel a trabajar con él en la administración de los negocios, pero éste siguió sus estudios regularmente. Le gustaba  charlar con los mineros y, así, fue  conociendo los problemas del pueblo pobre y se iba encariñando con los más necesitados.

Un buen día llegaron al pueblo unos sacerdotes jesuitas e invitaron a los jóvenes a unas reflexiones y  convivencia de tres días;  allí encontró la paz y algunas respuestas a sus dudas.

Decidió ser jesuita y, en 1911 su padre lo acompañó al noviciado de los jesuitas ubicado en El Llano, Michoacán, un poblado cerca de Zamora. En 1913 hace sus votos de pobreza, castidad y obediencia y queda admitido como jesuita. Por aquellos días estalla una revolución en México y el papá de Agustín pierde sus bienes que pasan a manos de los guerrilleros. El noviciado jesuita es invadido y los religiosos tienen que salir huyendo disfrazados. Miguel viaja disfrazado de charro y por entre maizales y montes logra llegar a Guadalajara.

Los superiores viendo el peligro que corren los jóvenes novicios los envían a Estados Unidos a seguir sus estudios. Pero a Miguel, el no saber inglés le trae muchas molestias y entonces lo envían a España y permanece 5 años dedicado a la filosofía y retórica.

Aprovechando sus cualidades naturales, Miguel hace de payaso, actor, equilibrista, y caricaturista, y así distrae mucho a los demás compañeros y hasta a los superiores, en aquellos años de horribles angustias mundiales. Llega la terrible gripa asiática en 1917, que lleva al sepulcro a miles y miles de personas, y entonces Miguel se va a los salones donde yacen montones de enfermos con fiebres y los distrae muy sabrosamente con sus representaciones cómicas. Los enfermos piden frecuentemente que les envíen al joven seminarista para que los distraiga en aquellas horas monótonas de su enfermedad.

Terminando sus estudios de Filosofía en España, fue enviado a Granada, Nicaragua para sus 2 años de magisterio, “los años más difíciles” en palabras del mismo Hno. Pro. Llegó al Colegio Centro América del Sagrado Corazón, el cual estaba a media construcción. Tuvo a su cargo a los más pequeños y la vigilancia de los externos y semi-internos. A veces, se retiraba discretamente a su cuarto, para sufrir en soledad los dolores de estómago que no lo dejaban, y después regresaba animoso y alegre. Los domingos y festivos iba a los barrios pobres a enseñar catecismo a los niños y se encariñó grandemente con esta gente abandonada.

Sus superiores lo enviaron para que estudiara teología en el Colegio de San Ignacio en Sarriá, España.

El Hno. Pro deja España y se dirige a Bélgica, llegando en pleno invierno. Aquel frío le hace sufrir, pero ofrece a Dios sus sacrificios, lo mismo que su enfermedad. Como continuaba con el fuerte dolor de estómago, le hicieron unos estudios y, al fin descubrieron que tenía una úlcera y lo operan. En varias ocasiones estuvo hospitalizado a causa de los dolores que padecía. Tuvo tres operaciones.

Por fin llegó el día tan esperado por él, su ordenación sacerdotal que recibió en Enghien, Bélgica el año 1925. Por lo delicado de salud sus superiores consideraron enviarlo a México para que muriera en su patria. Dios tenía otro camino para él, no moriría a causa de su enfermedad.

La situación persecutoria en México arreciaba, el presidente Elías Calles se había  propuesto acabar con la religión católica y prohibió toda actividad pública religiosa haciendo valer las leyes anticatólicas, escrupulosamente. Muchos sacerdotes habían sido expulsados del país. El padre Pro, conociendo los peligros que podrían presentarse en el viaje de Europa a México, llegó disfrazado de comerciante y con carnet de ganadero. En la aduana no se dieron cuenta de que era sacerdote y lo dejaron entrar.

En México los católicos se unieron para defender la libertad religiosa y fundaron la “Liga Nación Defensora de la Libertad Religiosa”. Recogieron ayudas en alimento, ropa y dinero y las llevaron a las familias cuyos jefes habían sido llevados a la cárcel por ser católicos.

Un día el Padre Pro iba en un taxi y se dio cuenta de que la policía lo venía siguiendo. Le dijo al taxista: “Siga viajando despacio. Pero no se detenga. Yo me lanzo del auto en movimiento”. Y se lanzó al pavimento, se hizo el borracho andando de lado a lado por la calle. Los policías al creer que era un borracho, siguieron adelante diciendo: “Ese no puede ser un sacerdote”. Otro día en una farmacia al ver que la policía viene en su busca, con el consentimiento de una señorita, la tomó del brazo, y,  como un par de novios se alejaron de allí sin que la policía pudiera sospechar que ese era el sacerdote que estaban buscando.

En plena persecución organizó en la Ciudad de México una tanda de retiros espirituales por tres días a un gran número de empleadas domésticas. Disfrazado de mecánico fue a los garajes y talleres a dar conferencias de religión a los obreros, y vestido a la última moda llegó a las casas de los ricos a dictar conferencias de religión a las señoras ricas allí reunidas.

Sus grandes devociones son la Eucaristía, el Espíritu Santo y la Sma. Virgen. Celebra la misa con gran devoción, aunque siempre a escondidas porque el gobierno anticatólico ha prohibido la celebración. Respecto al Espíritu Santo exclamaba: “Yo confío en el Divino Espíritu y Él me ilumina siempre lo que debo decir”. Y en cuanto a la Sma. Virgen sentía por Ella el afecto de un buen hijo hacia la mejor de las madres y la Madre de Dios lo libró y le salvó la vida muchísimas veces, porque los peligros eran de todos los días y a todas horas.

Ejerció su sacerdocio sin ningún temor a las amenazas del gobierno. Llegó a dar hasta 1600 comuniones diarias. Disfrazado, viviendo en distintas casas, recorriendo la ciudad en bicicleta o en un “forcito”, organizó el sustento para casi 100 familias desamparadas por las venganzas políticas y el odio religioso de Plutarco Calles. Predicó retiros, casó, bautizó, convirtió comunistas, anarquistas, dio cientos de extremaunciones… Sostuvo vocaciones vacilantes, organizó un sistema monetario de vales para canjear entre los católicos y hasta colocó más de una treintena de huérfanos entre familias adoptivas.

A pesar de su ingenio sin límites para pasar desapercibido ante las barbas de la policía, finalmente fue detenido y acusado de participación en un ataque dinamitero contra el general Obregón realizado el 13 de noviembre. Junto con sus hermanos Humberto y Roberto se habían escondido, temiendo ser imputados en un hecho del que nadie sabía nada, porque fue decidido por dos dirigentes de la resistencia armada (en la que no participaban los Pro) y luego comunicado a otros dos para tareas auxiliares.

El responsable del intento de tiranicidio, Luis Segura Vilches, se entregó bajo promesa de que liberarían a los hermanos Pro, exculpándolos en su declaración. Sin embargo, él, su cómplice y dos hermanos Pro fueron fusilados bajo un mismo cargo. Roberto quedó en libertad gracias a los buenos oficios del embajador argentino, que trató de salvar a los tres Pro, presionando al gobierno de Plutarco Elías Calles, quien habría -no se sabe con certeza- prometido liberarlos sin intención de cumplir

Al P. Pro antes de ser fusilado le dijeron que expusiera su último deseo: “Quiero que me dejen unos momentos para rezar y encomendarme al Señor”. Y en el momento en el que le iban a disparar extendió sus brazos en cruz y gritó: “¡Viva Cristo Rey!”. Era el 23 de noviembre de 1927.

Actualmente los restos del mártir jesuita se encuentran en la parroquia de la Sagrada Familia. La devoción al padre Pro está muy extendida. A la parroquia de la Sagrada Familia, ubicada en la Col. Roma de la Ciudad de México, llegan diariamente cientos de devotos no sólo del país sino de diferentes partes del mundo, entre ellos de Turquía, India, China, Canadá y Estados Unidos.

3. Recorriendo los lugares de los Santos y Beatos. (Recorrido fotográfico)

San Margarito Flores García, Pbro.

Taxco, Gro.

Chilapa y Chilpancingo Gro.

Tecalpulco, Gro. y Ciudad de México (Academia San Carlos)


Tulimán, Gro.

San Pedro Esqueda Ramírez, Pbro.

San Juan de los Lagos y Guadalajara, Jal.

Jalostotitlán y San Juan de los Lagos – reliquias del Mártir

Beato Miguel Agustín Pro Juárez, S.J.

Guadalupe y Concepción del Oro, Zac.

El Llano, Mich., y Los Gatos, Calif. EE.UU.

Granda, España y Granada, Nicaragua

Sarría, España y Enghein, Bélgica

Inspección General de Policía. Traslado de los féretros de los hermanos Pro.

Reliquias del Beato Miguel Agustín Pro Juárez, S.J., en el templo de la Sagrada Familia, Ciudad de México.

4.- Un lugar para ellos. Santuario de los Mártires de Cristo (Recorrido fotográfico)

Proceso de armado

Acero de refuerzo y cimbra, muro del altar – Vista posterior de la construcción


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Un rosario de rosas y un árbol por cruz

1. México. Los primeros años del siglo XX.

A partir de agosto de 1927, las aguas de la persecución religiosa parecen volver a su antiguo cause. Continuarán los intentos de arreglar las cosas, pero a escondidas. Cada parte teme ser descubierta. Por parte de algunos obispos se teme la dureza de la Liga a favor de la libertad religiosa, apoyada por algunos obispos.

El gobierno no quiere mostrarse condescendiente con nadie. Por todo ello predomina el secreto y las sospechas de los unos contra los otros hasta bien entrado el año 1929.

En su discurso del 1 de septiembre de 1927, Calles afirmaba que “…el conflicto religioso ocasionado por la rebeldía del clero ha concluido prácticamente; pues todas las leyes […] se han cumplido no obstante la inútil resistencia del clero”. El gobierno de Calles continúa firme en su lucha anticatólica.

Cuando esto decía el presidente, el ejército cristero avanzaba, resistía, vencía, aunque en ocasiones sufría derrotas.

¿Quién se preocupaba por el conflicto que se vivía en México? Nada menos que los Estados Unidos, por eso, a lo largo de 1927 varios representantes de los intereses de las propiedades, petrolíferos y bancarios estadounidenses, entre ellos Lamont, Dwinht Morrow y otros dirigentes del Banco Morgan* se encuentran con varios políticos mexicanos, miembros de la “familia revolucionaria” para discutir los intereses yanquis y obtener sus propósitos, para ello hay que obtener una paz social y en concreto un modus vivendi con la Iglesia que la haga posible.

*(Jack Morgan, mantuvo vínculos estrechos con cada uno de los gobiernos sucesivos de México. Dwight Morrow, un socio influyente de la firma, fue nombrado Embajador de los Estados Unidos en México en 1926).

2. México, tierra de Santos y Beatos.

San Miguel de la Mora de la Mora, Pbro. 

Nació en Tecalitlán, Jal. (Diócesis de Colima), el 19 de junio de 1878, en el seno de una familia campesina, numerosa y profundamente cristiana. Pasó su niñez en el rancho del Rincón del Tigre, en donde se aficionó a la tierra, a sus frutos, al ganado, y llegó a ser un buen jinete. Como su padre murió, su hermano Regino lo llevó a vivir con él a Colima; enterado de los deseos de Miguel, de ser sacerdote, lo inscribió en el seminario. Fue ordenado sacerdote en 1906 en la ciudad de Colima.

El P. Miguel desarrolló su ministerio sacerdotal en Tomatlán, en la Catedral de Colima, en la Hacienda de San Antonio, como párroco en Zapotitlán, donde ejerció su ministerio con dedicación, atento a las necesidades espirituales de sus fieles, dedicado especialmente a la catequesis. En mayo de 1918 regresó nuevamente a la catedral de Colima. Su trabajo en catedral no le impedía visitar a los enfermos. Fue Director Diocesano de la Propagación de la Fe a favor de las misiones y director espiritual del colegio de niñas La Paz.

Al P. Miguel de la Mora, así como al Sr. Obispo y todos los sacerdotes de la región, les tocó vivir una época de cruel represión y persecución por parte de las autoridades gubernamentales. Colima fue una de las regiones de profunda convicción cristera, verdadero dolor de cabeza para el Gobierno del Estado y el de la federación que golpeaban sin parar a la Iglesia e intentaban por todos los medios amordazar las libertades civiles y religiosas. Se distinguía en ello su gobernador, Francisco Solórzano Béjar. La Iglesia, su clero y sus fieles no se quedaron callados. Pero la obcecación hostil e insensata del gobernador quiso poner en práctica, con todos los medios que la violencia le sugería, las nuevas leyes antirreligiosas del callismo.

El gobierno de Colima no reconocía la autoridad de los Obispos, ni la del Papa. De nada valieron las protestas del obispo Mons. Amador Velasco. El gobernador firmó la ley el 24 de marzo de 1926 determinando los delitos en materia religiosa y estableciendo las penas a los infractores. Entre otras cosas estableció en 20 el número de sacerdotes permitidos en todo el Estado, orden que no fue aceptada por la Iglesia. El gobierno nunca logro apresar al Obispo, que no abandonó su territorio, sino que vivió arropado por su mismo pueblo.

Ante estas situaciones, el Obispo de Colima ordenó en abril la suspensión pública de cultos, como lo haría tres meses después todo el episcopado mexicano. Como consecuencia, el Obispo y todos los sacerdotes fueron procesados sin excepción. Algunos fueron desterrados y otros se ocultaron. El gobernador no sólo pretendía aplicar las disposiciones de aquellas leyes claramente injustas contra todo derecho natural, sino también las sanciones correspondientes para quienes no las cumpliesen.

El P. Miguel se escondió para seguir ejerciendo su ministerio en la clandestinidad. Se negó a salir de la ciudad hacia su pueblo natal donde hubiese encontrado refugio seguro. Un día fue reconocido por su vecino de casa, el general Flores, que lo detuvo. Le ordenó que abriera el culto en la catedral adhiriéndose a una iglesia cismática promovida por el gobierno. Pero el sacerdote se mantenía siempre fiel a su Obispo y al Papa. El general Flores con otros militares lo hacía traer a su presencia y se mofaba de él y de otro sacerdote que habían apresado, el padre Carrillo.

Ante tanta presión, el P. Miguel decidió escapar, salió de Colima en la madrugada del 7 de agosto de 1927, en compañía de un hermano suyo y del padre Sandoval. Iría al Rincón del Tigre en un auto de un amigo. El vehículo se quedó en La Estancia, en donde los esperaban unos mozos con caballos en los que continuaron su viaje hasta llegar a Cardona, donde trataron de tomar el desayuno. En Cardona alguien lo reconoció como sacerdote y esto bastó para que un agrarista lo detuviese, y así, presos, los llevaron a Colima para entregarlos a los federales.

Los agraristas no supieron que su acompañante, el padre Sandoval, era sacerdote también. Por esa razón se desentendieron de él y pudo huir. Tampoco detuvieron a los mozos, pero sí a su hermano Regino.

El padre tuvo que viajar a pie desde Carmona, en medio de los agraristas, quienes ocuparon los caballos de los sacerdotes. Llegó muy cansado a la ciudad. Era casi medio día. Los agraristas los llevaron al cuartel, ahí, el general Flores, en tono de burla le dijo: “¿Qué está haciendo aquí el padrecito?”, a lo que él respondió: “Pues aquí me tienen”. Repuso el general: “Pues ahora se lo van a llevar”, y de inmediato ordenó el fusilamiento de los dos hermanos.

Los soldados le ordenaron que caminara hacia la caballeriza del cuartel, entonces el padre sacó su rosario y se puso a rezar. Le ordenaron se recargará a la pared y, acto seguido, le dispararon. El capitán de la escolta dio el tiro de gracia. Regino, el hermano del padre, se defendió alegando que él no tenía ningún delito y no era sacerdote. Lo tuvieron preso por unos días, sólo después que pagó una multa lo dejaron libre. El general Flores se presentó en la casa de la hermana del Mártir y le dijo: “Acabo de fusilar a su hermano, mande a recoger su cuerpo”, y sin más entró en la habitación del Mártir para saquearla.

Enseguida corrió la noticia y la gente corrió a recoger el cuerpo para velarlo. El general y sus soldados no les dejaron. En un carro fúnebre fue llevado al panteón, en donde parece que algunos familiares pudieron obtener el cuerpo y sepultarlo de prisa. Aquél 7 de agosto de 1927, quedaba escrito en la historia de los Mártires el nombre de aquel sencillo, humilde, caritativo, servicial  y fiel sacerdote, Miguel de la Mora y de la Mora.

En 1942 fue exhumado y enterrado en la cripta de los mártires de la catedral de Colima.

San Rodrigo Aguilar, Alemán, Pbro.

El padre Rodrigo Aguilar, ordenado sacerdote en enero de 1903, sirvió en varios ministerios pastorales de Los Altos de Jalisco y en otros lugares de aquel estado. Tuvo la gracia de poder peregrinar a Tierra Santa poco antes de su martirio y antes de ser nombrado párroco de Unión de Tula en 1925.

Fue ahorcado en un árbol de mango de la plaza de Ejutla, Jalisco, el 28 de octubre de 1927 a los 52 años de edad y 24 de sacerdote. Había dicho: “Los soldados nos po­drán quitarla vida, pero la fe nunca”. Un sacerdote culto y buen escritor se había dedicado con toda su alma al ministerio sacerdotal por lo que optó también él por permanecer junto a su gente.

Había nacido el 13 de marzo de 1875 en Sayula, Jalisco, y era hijo de Buenaventura Aguilar y de Petra Alemán, siendo bautizado dos días después. Niño y joven despierto, entra en el seminario auxiliar de Ciudad Guzmán, donde se distingue por su apro­vechamiento, talento y aplicación. Enseguida demuestra tener un alma de poeta y estar dotado de buenas cualidades literarias. Sus escritos eran publicados en los pe­riódicos de Ciudad Guzmán y tenían como temas principales, sobre todo, argumentos religiosos como el Santísimo Sacramento, la Santísima Virgen, la cultura cristiana, el sacerdocio, y acontecimientos de la parroquia. Fue ordenado presbítero el 4 de enero de 1905 por manos del arzobispo de Guadalajara, don José de Jesús Ortiz y Rodríguez (1849-1912).

Desempeñó diferentes ministerios en la parroquia de La Yesca, en donde misionó y bautizó a muchos huicholes. Estuvo en Lagos de Moreno, Atotonilco el Alto, Cocula y Sayula, en Jalisco. Pasó luego a Zapotiltic, en el mismo estado, como vicario coope­rador y, a la muerte del señor cura, recibió nombramiento de párroco en julio de 1923. Allí formó círculos de estudio y fomentó los ya fundados. Realizó también un viaje a Jerusalén y con sus impresiones y vivencias escribió un piadoso libro titulado Mi viaje a Jerusalén. El 20 de marzo de 1925 fue nombrado párroco de Unión de Tula.

El 27 de octubre de 1927, una columna de 600 soldados federales callistas al mando del general Juan B. Izaguirre y otra partida de agraristas al mando de Donato Aréchiga, invadieron el pueblo de Ejutla como a las once de la mañana y lo saquearon. La gente huyó a las montañas dejando casas y posesiones para refugiarse en barrancas y cuevas. Lograron aprehender a muchos de los que huían y un grupo de soldados avanzó directamente al convento de las adoratrices, cuya superiora estaba gravemente enferma. El señor cura Rodrigo estaba en el convento, ya que el entonces seminarista José Garibay presentaba examen de latín y él era uno de los sinodales. El señor cura Rodrigo entró a su cuarto para sacar unos documentos y se entretuvo. El seminarista Garibay se quedó a esperarlo, y en vista de que los soldados comenzaban a tirotear a los que huían, le pidió que se apresurase. Rodrigo Ramos quiso ayudar al padre Aguilar, y tomándolo por un brazo, puesto que se encontraba enfermo de los pies, lo hizo llegar al potrero, pero los soldados los cercaron y el padre le dijo a su ayudante: “Se me llegó mi hora, usted váyase”.

Los soldados, con lenguaje grosero, preguntaron quién era, a lo que contestó: “Soy sacerdote”. Lo injuriaron y lo aprehendieron, juntamente con el seminarista Garibay y algunas religiosas que también huían. El padre Aguilar iba a ser conducido a distinto lugar que los demás prisioneros, por lo que con toda calma se despidió de las religio­sas diciéndoles: “Nos veremos en el cielo”.

Poco después de la una de la madrugada del 28 de octubre de 1927 fue llevado a la plaza central de Ejutla para ser ahorcado. El heroico sacerdote continuaba tranquilo y casi toda la tarde y las horas de la noche que habían transcurrido las había pasado en oración. Los soldados hicieron alto al pie de un grueso y alto árbol de mango. Amarraron una soga sobre una de las ramas más gruesas e hicieron una lazada. El padre Rodrigo tomó en su mano la soga con que lo iban a colgar, la bendijo y per­donó a todos y regaló su rosario a uno de los que lo iban a ejecutar. Los soldados le pusieron la soga al cuello y uno de ellos, para poner a prueba su fortaleza, le dijo altaneramente: “¿Quién vive?”. Le había dicho que no lo colgarían si gritaba: “¡Viva el Supremo Gobierno!”.  “¡Cristo Rey y Santa María de Guadalupe!”, contestó con voz firme el mártir. La soga fue tirada y quedó suspendido en el aire; se le bajó y de nuevo se le volvió a preguntar: “¿Quién vive?”, “¡Cristo Rey y Santa María de Guadalupe!”, respondió por segunda vez sin titubear; se le subió y bajó de nuevo.“¿Quién vive?”, se le gritó de nuevo, con soez provocación. “¡Cristo Rey y Santa María de Guadalupe!”, dijo arrastrando la lengua, agonizante.

Lo levantaron con rabia, lo dejaron caer y, en ese momento expiró. Todo se ha­bía cumplido, como con Jesús en su pasión. Era la una de la madrugada. Los testigos afirmaron que en ese momento vieron una claridad en el cielo. En el cielo brillaba la luz del nuevo mártir de Cristo. Lo dejaron colgado hasta el medio día.

Estaba en camiseta, pantalones y calcetines, pero sin zapatos y con un sombrero de paja puesto de lado. El nudo de la soga lo tenía en la nuca y el cuerpo casi tocaba el suelo con los pies.

Cerca de las cinco de la tarde, tres cristianos piadosos pidieron autorización a un capitán de los federales, llamado Mata y descolgaron el cuerpo. Lo llevaron de inmediato al panteón municipal y lo enterraron superficialmente y sin caja; sólo pusieron encima del cuerpo la tabla en la que habían cargado el cuerpo y sobre la tumba colocaron algunas piedras y unas flores. Inmediatamente después de su muerte la gente lo tuvo como un ver­dadero mártir y esta fama continúa firme hasta el día de hoy. En la iglesia parroquial de Unión de Tula allí se veneran sus reliquias y la gente implora su intercesión.

3. Recorriendo los lugares de los Santos y Beatos. (Recorrido fotográfico)

San Miguel de la Mora de la Mora, Pbro.

Tecalitlán y Tomatlán, Jal.

Colima, Col. y Zapotitlán, Jal.

San Rodrigo Aguilar, Alemán, Pbro.

Ciudad Guzmán y Lagos de Moreno, Jal.


Atotonilco el Alto y Cocula, Jal.

Sayula y Zapotiltic, Jal.

Ejutla, Jal.

4.- Un lugar para ellos. Santuario de los Mártires de Cristo (Recorrido fotográfico)

Cortando placas para conexiones y Cuerdas de arco roladas

Habilitando diagonales con P T y placa, y Muro de ingreso, ala sur, listo para colado.



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Consolidación del ejército cristero. Nuevos Mártires

1. México. Los primeros años del siglo XX.

En julio de 1927 se consolida el movimiento cristero, es un hecho que domina y se extiende por buena parte de los estado de la República. La represión del gobierno era cada vez más fuerte, esto causaba el levantamiento armado en varios estados de la República.

En el Estado de Colima, los primeros meses de 1927, la organización cristera estaba extendida por todo el estado. Se desarrollaron los primeros combates con el ejército. La Cámara de Comercio pidió una acción rápida del gobierno de Solórzano. Los partidos políticos, pidieron al gobernador una represión pronta y efectiva del ejército, con el apoyo de las autoridades del centro, para combatir a los rebeldes.

Organizaciones sociales, como la CROM y las ligas agraristas, se pusieron a disposición de las autoridades constituidas para combatir a los “rebeldes”. El gobierno llevó a cabo acciones de inmediato, siempre con el apoyo del presidente Calles, principal interesado en combatir la rebelión católica en todos los confines regionales del país. A mediados de 1927, Colima se encontraba en guerra abierta.

También en Aguascalientes, Nayarit, Guanajuato y Michoacán, varios grupos se habían alzado en armas. En Guanajuato y Michoacán Luis Navarro Origel estaba al mando de algunos de los grupos de cristeros combatientes. Los enfrentamientos con las fuerzas gubernamentales, causaban bajas tanto de un bando como de otro. El gobierno buscaba reprimir al movimiento cristero.

En Jalisco, Zacatecas y Durango, el ejército federal fue sufriendo derrota tras derrota. Esto causo que aquellos soldados, generalmente dirigidos por militares ávidos de estrellas y de fácil botín, no pararan de diezmar y fusilar por donde pasaban o por represalia o por sospecha. Por ello, muchos habitantes de la comarca se fueron al monte.

Al mismo tiempo que el Ejército Libertador iba creciendo, en Jalisco, Colima, Zacatecas, y otros Estados; se iban fundado grupos de Brigadistas. Estas mujeres, jóvenes de 15 a 25 años en su mayoría, apoyaban a los cristeros llevándoles ropa, alimentos, municiones, armas, medicamentos. Incluso, se formó un grupo de enfermeras que atendían a los heridos, aún arriesgando su vida. Muchas de ellas fueron apresadas, algunas fueron enviadas a las Islas Marías.

El 15 de julio de 1927, en la prensa se dijo: “El conflicto religioso va a ser resuelto. El arreglo se halla en preparación”. El Arzobispo Mora y del Río anunció que el Lic. Mestre, enviado oficioso del gobierno, viajaría a Estados Unidos llevando a los Obispos desterrados una propuesta.

La propuesta enviada por el gobierno no contemplaba la reforma a la Constitución acerca de las leyes anticatólicas ahí contenidas. No ofrecía mayores garantías. La situación continuaba como antes.

2. México, tierra de Santos y Beatos.

San Cristóbal Magallanes, Pbro., mártir

Nació en Totatiche, Jal., el 30 de julio de 1869. Párroco de su tierra natal. Sacerdote de fe ardiente, prudente director de sus hermanos sacerdotes y pastor lleno de celo que se entregó a la promoción humana y cristiana de sus feligreses.

Misionero entre los indígenas huicholes y ferviente propagador del Rosario a la Santísima Virgen María. Las vocaciones sacerdotales eran la parte más cuidada de su viña.

Cuando los perseguidores de la Iglesia clausuraron el Seminario de Guadalajara, él se ofreció para fundar en su parroquia un Seminario con el fin de proteger, orientar y formar a los futuros sacerdotes y logró abundante cosecha.

El 25 de mayo de 1927 fue fusilado en Colotlán, Jal. Frente al verdugo confortó a su ministro y compañero de martirio, Padre Agustín Caloca, diciéndole: «Tranquilízate, hijo, sólo un momento y después el cielo». Luego dirigiéndose a la tropa, exclamó: «Yo muero inocente, y pido a Dios que mi sangre sirva para la unión de mis hermanos mexicanos».

San Agustín Caloca Cortés, Pbro., mártir

Nació en San Juan Bautista del Teúl, Zac., el 5 de mayo de 1898. Ministro en la parroquia de Totatiche y Prefecto del Seminario Auxiliar establecido en la misma población, para quienes fue un modelo de pureza sacerdotal.

Fue hecho prisionero después de ayudar a escapar a los seminaristas y conducido a la misma prisión en donde se encontraba su párroco el Sr. Cura Magallanes.

Un militar, en atención a su juventud, le ofreció la libertad, pero no aceptó si no la concedían también al señor Cura. Frente al pelotón encargado de su ejecución, la actitud y las palabras de su párroco lo llenaron de fortaleza y pudo exclamar: «Por Dios vivimos y por Él morimos». Sufrió el martirio el 25 de mayo de 1927 en Colotlán, Jalisco.

San José Isabel Flores Varela, Pbro., mártir

Nació en San Juan Bautista de El Teúl, Zac., el 28 de noviembre de 1866.

Después de su ordenación sacerdotal fue adscrito a la parroquia de Teocaltiche, con residencia en la Congregación de Belén del Refugio, allí permaneció tres años. En 1900 llegó a Matatlán, Jal., como Capellán. Por 26 años ejerció su ministerio en esa capellanía.

Hombre de oración, de profunda devoción a la Santísima Virgen María, a la Eucaristía y al Sagrado Corazón de Jesús. Fundó obras caritativas e impulsó la catequesis.

Durante la persecución religiosa el P. Flores tuvo que esconderse para continuar ayudando espiritualmente a sus feligreses.

Ante la recompensa económica que ofreció el gobierno a quienes delataran a los sacerdotes que celebraban a escondidas, no faltaron delatores. Fue el caso del P. Flores, un ex seminarista, llamado Nemesio Bermejo, lo denunció ante el presidente municipal de Zapotlanejo, J. Rosario Orozco.

En la madrugada del 13 de junio salió el padre Flores del rancho La Loma de las Flores, a celebrar misa; en el camino fue detenido y conducido al curato de Zapotlanejo que había sido convertido en cuartel. Le propusieron la libertad a cambio de que firmara la aceptación de las leyes de Calles, pero se negó. La Sagrada Mitra, sus familiares y feligreses buscaban como liberarlo, pero todo resultó inútil.

El 21 de junio de 1927 fue conducido al camposanto de Zapotlanejo. Intentaron ahorcarlo pero no pudieron. Ordenó el jefe que le dispararan, pero el soldado, que reconoció al sacerdote que era su padrino se negó a hacerlo, entonces, el jefe de los soldados lo mató. Al padre trataron de ahorcarlo, pero solamente lo martirizaron, luego intentaron dispararle, pero las armas no dispararon. Uno de los soldados lo degolló con un machete.

San José Ma. Robles Hurtado, Pbro., mártir

Nació el 3 de mayo de 1888 en Mascota. A los 12 años ingresó al seminario de Guadalajara. Se distinguió por su inteligencia, responsabilidad en los estudios y dedicación a la catequesis. Cuando aún era seminarista fue invitado por el obispo de Tehuantepec a trabajar en su diócesis. Fue ordenado sacerdote en Guadalajara en 1913.

Desempeñó sus ministerios en diversas parroquias. En Nochistlán fue nombrado profesor del Seminario Auxiliar, allí tuvo por Párroco al señor cura Román Adame (Mártir también).

Expresaba un profundo amor al Corazón de Jesús. Se dedicaba a confesar y atender a los enfermos. En 1918 fundó la congregación “Víctimas del Corazón Eucarístico de Jesús”.

Su última parroquia fue en Tecolotlán, Jal., en dicha parroquia se preocupó por la reconstrucción del hospital, casi en ruinas; tuvo especial atención para los obreros; se dedicaba a la catequesis, administración de sacramentos, a las necesidades espirituales de sus feligreses, y nunca descuidaba su vida de oración personal.  Con motivo de la persecución tuvo que ocultarse, pero no abandonó a los suyos.

En junio de 1927 se disponía a celebrar una eucaristía, en la casa particular donde se escondía, cuando llegaron los soldados y lo tomaron preso. Lo condujeron al cuartel de los agraristas; a media noche lo sacaron de allí y lo trasladaron a la sierra de Quila en donde fue ahorcado. Sus restos se encuentran en el noviciado de las hermanas del Corazón de Jesús Sacramentado.

3. Recorriendo los lugares de los Santos y Beatos. (Recorrido fotográfico)

San Cristóbal Magallanes, Pbro., mártir

Rancho San Rafael y Totatiche, Jal.

San Agustín Caloca
El Teúl, Zac y Totatiche, Jal.

San José Isabel Flores

El Teúl, Zac. y Matatlán, Jal.

San José Ma. Robles Hurtado, Pbro., mártir

Mascota, Jal. y Sierra de Quila, lugar en donde fue asesinado

4.- Un lugar para ellos. Santuario de los Mártires de Cristo (Recorrido fotográfico)

Habilitando diagonales y diagonales habilitadas

Preparando perfiles para rolado y Muro de ingreso ala sur, listo para colado


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Mártires de abril

1. México. Los primeros años del siglo XX.

El 19 de abril de 1927 el jefe cristero, padre Reyes Vega, ataca a un tren militar y mueren  más de cincuenta soldados que lo escoltan. La prensa  comparó este ataque al que los zapatistas organizaron contra el tren de Cuernavaca. El gobierno hizo responsables a los obispos que aún quedaban en México; el 21 de ese mes, a los arzobispos de México y de Morelia y los obispos de Aguascalientes, Saltillo, Cuernavaca y Chiapas, fueron desterrados a los Estados Unidos.  Mientras tanto, el general Amaro, para castigar la complicidad manifiesta de la población, preparaba la concentración de los civiles.

¿En qué consistía la concentración de civiles? El gobierno llevó a cabo esa dura política con la finalidad de controlar a toda la población; todos los civiles que vivían en ranchos o pueblos, tenían que abandonarlos y trasladarse a las ciudades. Los pobres campesinos no llevaban sino lo que tenían puesto. En las ciudades todos los que llegaban padecían hambre, hacinamiento, frío, escasez de ropa y medicamentos. Aunque las personas que los recibían eran solidarias, la situación de pobreza en las ciudades era tal, que fue inevitable la muerte y las epidemias. Quienes se resistían a dejar sus casas eran declarados rebeldes y si los federales o soldados los descubrían fuera de los lugares de concentración, eran asesinados.

¿Cuál era el objetivo de dicho control de la población? Evitar que los pobladores ayudaran a los cristeros que estaban en combate, quienes, por lo general, se ocultaban en cerros y rancherías, así quedarían desprovistos de alimentos y cualquier ayuda.

Entre mayo y julio la Liga reorganizó las actividades militares nombrando nuevos jefes de operaciones, entre los principales se encuentran el general Jesús Degollado Guízar primero, y el general Enrique Gorostieta después. El Estado de Jalisco, casi en su totalidad, estaba bajo el control de los cristeros; en otros Estados también estaban controlando a las fuerzas federales.

El 27 de junio el general Gómez presentó su candidatura a la presidencia como anti reeleccionista en oposición a Obregón y Calles. Otro general, Serrano, se opone también a la elección de Obregón, en cuanto contraria a los principios promovidos por la Revolución.

2. México, tierra de Santos y Beatos.

El mes de abril de 1927, se vio coronado con el mayor número de Mártires. Tres de ellos son santos y nueve son beatos. El más joven de ellos contaba sólo con 22 años de edad; el mayor tenía 68 años.

BEATO ANACLETO GONZÁLEZ FLORES, LAICO. MÁRTIR

José Anacleto González Flores nació en Tepatitlán, Jalisco, el 13 de julio de 1888, en un ambiente de extrema pobreza. En 1908 ingresó al seminario de San Juan de los Lagos, viendo que no era su vocación, entró a la Escuela libre de Leyes. Fue esposo modelo y padre responsable de sus dos hijos. Propuso a los católicos la resistencia pacífica y civilizada a los ataques del Estado contra la Iglesia; constituyó la Unión Popular, que contó con miles de afiliados. En 1926, después de haber agotado todos los recursos legales y cívicos habidos,  apoyó la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa. Fue un hombre de oración y comunión diaria, donde fortaleció su espíritu para dar su voto con sangre por la libertad de la Iglesia católica. La madrugada del 1º de abril de 1927 fue aprehendido. Los federales lo torturaron, descoyuntaron sus extremidades, le levantaron las plantas de los pies y, a golpes, le desencajaron un brazo. Antes de morir, dijo a Ferreira:”Perdono a usted de corazón, muy pronto nos veremos ante el tribunal divino, el mismo juez que me va a juzgar, será su juez, entonces tendrá usted, en mi, un intercesor con Dios”. El militar ordenó que lo traspasaran con el filo de una bayoneta calada.

BEATO LUIS PADILLA GÓMEZ, LAICO. MÁRTIR

Nació en Guadalajara, Jalisco, el 9 de diciembre de 1899. Recibió una esmerada educación en el seno de una familia distinguida y cristiana. En 1917 ingresó al seminario de Guadalajara, pero por dudas en su vocación lo dejó. Fue profesor, socio fundador y miembro activo de la ACJM, donde desarrolló un intenso apostolado, sobre todo en el campo de la promoción social; tenía una ferviente devoción a la Santísima Virgen. Al estallar la persecución del Estado contra la Iglesia católica, Luis se afilió a la Unión Popular para trabajar a través de medios pacíficos en la defensa de la religión. El día 1º de abril de 1927, a las dos de la mañana, fue detenido en su domicilio por el general Ferreira. En la prisión se encontró con Anacleto González Flores. Ya en el paredón mientras Luis, arrodillado, ofrecía su vida a Dios con ferviente oración, los verdugos descargaron sus armas sobre él.

BEATO JORGE VARGAS GONZÁLEZ, LAICO. MÁRTIR

Nació en Ahualulco, Jalisco, el 28 de septiembre de 1899. Fue el quinto de once hermanos. Su familia se trasladó a Guadalajara. Como muchos jóvenes católicos en México, Jorge participó de los anhelos y de las inquietudes de quienes sufrían la persecución religiosa. Fue miembro activo de la ACJM. Su hogar sirvió de refugio a muchos sacerdotes perseguidos, A finales de marzo de 1927, los Vargas González recibieron en su hogar al proscrito líder Anacleto González Flores, columna de la resistencia católica de Jalisco y sus alrededores; la familia conocía de sobra lo que podía costar su acción. El 1ª de abril, todos los que se encontraban en la casa fueron aprehendidos por el jefe de la policía. A Jorge lo fusilaron sin juicio alguno, por el solo hecho de ser católico, y por el odio del gobierno a la Iglesia.

BEATO RAMÓN VARGAS GONZÁLEZ, LAICO. MÁRTIR

Nació en Ahualulco, Jalisco, el 22 de enero de 1905. Fue el séptimo de once hermanos; tres notas lo distinguieron de ellos: era pelirrojo, alto y jovial. Siguió los pasos de su padre al ingresar a la Escuela de medicina, donde destacó por su buen humor, su camaradería y su clara identidad católica. Ayudaba con especial cuidado a los enfermos más pobres y era caritativo con los necesitados. Cristiano cabal, la oración y la comunión eran el alimento frecuente de su espíritu. Perteneció a la ACJM. Fue detenido con toda su familia y encarcelado en el cuartel Colorado. El general Ferreira, ofreció dejar en libertad al menor de los hermanos Vargas González; el indulto le correspondía a él, pero, sin admitir reclamos, cedió su lugar a Florentino. Antes de ser fusilado, flexionó los dedos de su mano diestra formando la señal de la cruz.

BEATO EZEQUIEL HUERTA GUTIÉRREZ, LAICO. MÁRTIR

Nació en Magdalena, Jalisco, el 6 de enero de 1876. Su nombre de bautizo fue José Luciano Ezequiel. Se trasladó a Guadalajara. Esposo y padre ejemplar de numerosa familia, fue poseedor de una magnífica y bien cultivada voz de tenor. Cantaba en los templos para la celebración Eucarística. Comulgaba con frecuencia. Era un hombre caritativo. Fue aprehendido la mañana del 2 de abril de 1927, regresando de visitar la capilla ardiente donde era velado el cadáver del líder católico Anacleto González Flores. En el calabozo de la Inspección de Policía, lo torturaron hasta hacerlo perder el conocimiento. Cuando volvió en sí, se puso a cantar: “Que viva mi Cristo, que viva mi Rey”. La madrugada del día siguiente, fue trasladado, junto con su hermano Salvador, al cementerio municipal. Antes de morir dijo a su hermano: “Los perdonamos, ¿verdad?”. Él respondió: “Sí, y que nuestra sangre sirva para la salvación de muchos”.

BEATO J. SALVADOR HUERTA GUTIÉRREZ, LAICO. MÁRTIR

Nació en Magdalena, Jalisco, el 18 de marzo de 1880. Se dedicó al oficio de mecánico. Devoto de Jesús Sacramentado, participaba todos los días de la Eucaristía. Su conducta como hijo, esposo y padre fue siempre ejemplar. Al comenzar el año de 1927, la situación religiosa se tornó imposible para los católicos. El 2 de abril de 1927, consumado el asesinato de Anacleto González y sus tres compañeros, acudió al cementerio a despedir los restos del conocido líder. De regreso a su taller, lo esperaban agentes de la policía, lo arrestaron y llevaron a la Inspección general; allí lo colgaron de los dedos pulgares; querían los verdugos conocer el paradero de sus hermanos sacerdotes: Eduardo y José Refugio. En las primeras horas del 3 de abril, lo condujeron, junto con su hermano Ezequiel, al panteón de Mezquitán. Ante el pelotón de fusilamiento, pidió una vela encendida, iluminando su pecho descubierto dijo: “¡Viva Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe!; disparen; muero por Dios, que lo amo mucho”.

SAN DAVID URIBE VELASCO PBRO. MÁRTIR

Nació en Buenavista de Cuéllar, Gro.,  el 29 de diciembre de 1889. Párroco de Iguala, Gro. Ejerció ejemplarmente su ministerio en una región atacada por la masonería, el protestantismo y un grupo de cismáticos. Fue perseguido, y apresado. El militar que le apresó le propuso la libertad si aceptaba las leyes y el ser obispo de la Iglesia cismática creada por el Gobierno de la República, pero el Padre David  rechazó sus propuestas. Ya en la prisión escribió sus últimas palabras: «Declaro que soy inocente de los delitos que se me acusa. Estoy en las manos de Dios y de la Virgen de Guadalupe. Pido perdón a Dios y perdono a mis enemigos; pido perdón a los que haya ofendido». Lo asesinaron cerca a la estación de San José Vistahermosa, Mor., el 12 de abril de 1927.

SANTO SABÁS REYES SALAZAR PBRO. MÁRTIR

Nació en Cocula, Jal., el 5 de diciembre de 1883. Ejerció su ministerio como Vicario de Tototlán, Jal. Era sencillo y fervoroso, tenía especial devoción a la Santísima Trinidad. Procuró la formación de los niños y jóvenes, tanto en la catequesis como en la enseñanza de ciencias, oficios y artes. En la Semana Santa de 1927, llegaron las tropas federales y los agraristas buscando al Sr. Cura Francisco Vizcarra y a sus ministros. Sólo encontraron al padre Reyes y en él concentraron todo su odio. Lo tomaron preso, lo ataron a una columna del templo parroquial, lo torturaron tres días, le quemaron las manos porque estaban consagradas. El 13 de abril de 1927, Miércoles Santo lo asesinaron a balazos, pero antes de morir, pudo gritar: “¡Viva Cristo Rey!”.

SAN ROMÁN ADAME ROSALES PBRO. MÁRTIR

Originario de Teocaltiche, Jal, nace el 27 de febrero de 1859, recibe la ordenación sacerdotal el 30 de noviembre de 1890. En 1914 llegó como párroco a Nochistlán, Zac. A pesar de la persecución religiosa, continuó ejerciendo su ministerio en domicilios particulares y escondiéndose de un lado a otro para no ser aprehendido. Sin embargo, Tiburcio Angulo, denunció ante las autoridades el escondite del sacerdote. Después de la media noche del 19 de abril de 1927 el señor cura fue apresado y trasladado a Yahualica, Jal. Tres señores gestionaron su libertad ante el coronel Quiñones, quien les pidió seis mil pesos en oro, para dejarlo libre. Éste recibió el dinero pero ordenó fusilar al Padre Adame y, acto continuo, a Antonio Carrillo, un soldado que se negó dispararle.

BEATO P. ANDRÉS SOLÁ MOLIST. C.M.F. MÁRTIR

Es originario de Taradell, España. Nació el 7 de octubre de 1895. Su infancia se desarrolló en un ambiente familiar cristiano, tuvo dos hermanos sacerdotes: Jaime y Eduardo. Hizo su Profesión Religiosa como claretiano el 15 de agosto de 1914. A fines de 1924 fue enviado a la comunidad de León, Gto. La persecución religiosa se recrudeció cerrando templos y persiguiendo a sacerdotes y religiosos. Una fotografía, recuerdo de una Primera Comunión, delató al P. Solá como sacerdote. Fue acusado, junto con Leonardo Pérez, un laico colaborador, y el joven sacerdote Trinidad Rangel, de haber asaltado y descarrilado un tren. El P. Solá dijo con toda entereza: «Que me sea lícito manifestar que no tengo otro crimen, que yo conozca, que el de haber cumplido con mi deber como misionero que soy». El día 25 de abril de 1927 fueron fusilados los tres.

BEATO JOSÉ TRINIDAD RANGEL MONTAÑO PBRO. MÁRTIR

Nació el 4 de junio 1887 en Dolores Hidalgo, Gto. Ordenado Sacerdote en el año 1919. Fue enviado a León, Gto., allí le toco vivir como refugiado en casa de las hermanas Alba, donde conoció al padre Solá, refugiado como él, con el que compartía sus temores y dificultades, y en quien encontró una ayuda en su vivencia sacerdotal. Rechazó el ofrecimiento de su hermano Agustín de irse a refugiar a Estados Unidos y prefirió aceptar el ofrecimiento de su superior de ir a celebrar clandestinamente los oficios de la Semana Santa a las Hnas. Mínimas de San Francisco del Rincón. Allí fue detenido y asesinado. Como sacerdote destacó por su modestia, humildad, sencillez y celo por la salvación de las almas.

BEATO LEONARDO PÉREZ LARIOS, LAICO. MÁRTIR

Nació el 28 de noviembre de 1883 en Lagos de Moreno, Jalisco. Hijo de una familia sencilla, recibió una buena educación cristiana en el seno de su familia. A la muerte de su padre se trasladó la familia a vivir a León. Vivió como un auténtico cristiano, con una profunda devoción al Santísimo Sacramento y a la Virgen María. Fue detenido en la casa de las hermanas Alba tras participar en la Eucaristía y en la Hora Santa que el P. Andrés Solá había organizado. Los soldados al verlo vestido de negro y con una actitud muy devota, lo tomaron por sacerdote. Fueron inútiles las aclaraciones realizadas por el P. Solá y las personas que estaban en ese momento en la casa. Cuando le preguntaron sobre su condición sacerdotal él la negó, pero afirmó ser católico, apostólico y romano. Fue conducido al cuartel y de ahí con sus dos compañeros al martirio, siendo fusilado el 25 de abril de 1927.

3. Recorriendo los lugares de los Santos y Beatos. (Recorrido fotográfico)

BEATO ANACLETO GONZÁLEZ FLORES, LAICO. MÁRTIR

Tepatitlán, Jal. – Guadalajara, Jal.

BEATO LUIS PADILLA GÓMEZ, LAICO. MÁRTIR
Guadalajara, Jal.

BEATOS JORGE Y RAMÓN VARGAS
Ahualulco – Guadalajara, Jal.


BEATOS EZEQUIEL Y SALVADOR HUERTA GUTIÉRREZ
Magdalena – Guadalajara, Jal.

LOS SEIS MÁRTIRES ANTERIORES FUERON TORTURADOS Y ASESINADOS EN EL CUARTEL “COLORADO” DE LA CIUDAD DE GUADALAJARA, JAL.

SAN DAVID URIBE VELASCO, PBRO. MÁRTIR
Buenavista de Cuéllar, Guerrero – San José de Vista Hermosa, Morelos

SANTO SABÁS REYES SALAZAR, PBRO. MÁRTIR
Cocula – Tototlán, Jal.

SAN ROMÁN ADAME ROSALES, PBRO. MÁRTIR
Teocaltiche – Yahualica, Jal.

BEATO JOSÉ TRINIDAD RANGEL MONTAÑO, PBRO. MÁRTIR
Dolores Hidalgo, Gto. – León, Gto.

BEATO LEONARDO PÉREZ LARIOS, LAICO. MÁRTIR
Lagos de Moreno, Jal. – León, Gto.

LOS TRES ÚLTIMOS MÁRTIRES FUERON FUSILADOS EN SAN JOAQUÍN, JAL., EN EL KM. 491

4.- Un lugar para ellos. Santuario de los Mártires de Cristo (Recorrido fotográfico)
Muro de ingreso, ala sur, listo para colado

Muro intermedio, ala sur, terminado.

Panorámica interior muros, ala norte.

Panorámica, muros ala sur.

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Los Mártires de 1927, 1ª parte

1. México. Los primeros años del siglo XX.

El 27 de Octubre de 1926, el presidente Plutarco Elías Calles envió a los Diputados el Proyecto de ley reglamentaria del artículo 130 de la Constitución Federal:

“Ciudadanos diputados: En uso de la facultad que me concede la fracción 1 del artículo 71 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, inicio, ante esa H. Cámara, la expedición de la Ley Reglamentaria del artículo 130 de la mencionada Constitución…”

Dicha Ley fue aprobada y publicada en el Diario Oficial de la Federación el 18 de enero de 1927.

Entre otros puntos, la Ley dice que, corresponde exclusivamente al Congreso de la Unión legislar en materia de culto público y de iglesias y agrupaciones religiosas. También que, todos los ministros de culto deben de ser mexicanos.

En enero de 1927, el Presidente reformó los artículos 82 y 83 de la Constitución para que Obregón volviera a la presidencia: “…no podrá ser reelecto para el periodo inmediato; pasado éste podrá desempeñar nuevamente el cargo de Presidente, sólo por un periodo más”.

El New York Herald Tribune, publicado el 10 de febrero de 1927 habla de intentos de un acuerdo entre el Estado mexicano y la Iglesia a través de dos sacerdotes norteamericanos, los padres Burke y Walsh.

El 16 de marzo de 1927 Álvaro Obregón mandó a dos emisarios mexicanos, el Sr. Simón Ortega y el Ing. N. Olvera, para encontrarse con los obispos mexicanos en el exilio (Estados Unidos) y buscar la forma de un acercamiento.

El 23 de marzo de 1927, el comité Episcopal aceptó enviar a la Ciudad de México al obispo Fulcheri, que el mismo Obregón había sugerido. El Sr. Obispo Fulcheri se hizo presente en la residencia presidencial de Chapultepec. Obregón pidió al Episcopado que se comenzara de nuevo el culto, pero, visto que las leyes persecutorias continuaban y que no había ningún documento escrito por parte del gobierno de Calles, el obispo respondió que hasta que las leyes no cambiaran no se podría modificar la decisión.

2. México, tierra de Santos y Beatos.

San Jenaro Sánchez Delgadillo

Murió colgado y apuñalado en Tecolotlán, Jal., en el primer mes de aquel venturoso año 1927, que dio a la Iglesia muchos Mártires. A él le tocó encabezar la gloriosa lista.

Jenaro, hijo de Cristóbal Sánchez y Julia Delgadillo, de condición humilde y cristianos observantes, nació el 19 de septiembre de 1886 en Agualele, Parroquia de Zapopan, Jal. Fue educado en el Colegio del Espíritu Santo, en la ciudad de Guadalajara, Jal. Allí cursó su educación primaria. Trabajaba la fragua en el Taller de Artes y Oficios, donde ganaba algún dinero, con el fin de ayudar en el sostenimiento de su hogar.

Terminada la instrucción primaria ingresó al Semi­nario de Guadalajara. Re­cibió la ordenación sacer­dotal el 20 de agosto de 1911. Ejerció su ministerio sacerdotal en las siguientes parroquias: Nochistlán, Zac., Zacoalco de Torres, Jal., San Marcos, Jal., Cocula, Jal., Tecolotlán, Jal., y finalmente, en la Ca­pellanía de Tamazulita, Jal., de la misma pa­rroquia de Tecolotlán.

Ejerció su ministerio con mucho celo apostólico y con buena organización. Su párro­co, de Cocula, se expresaba con elogio de él y se mostraba muy contento con su conducta y tra­bajo. Le gustaba predicar y su predica­ción era elocuente y conmovedora. Era asiduo en el confesionario, desprendido de las cosas materiales, y compasivo con los necesitados; atendía a todos, pero especialmente a los enfer­mos, este apostolado lo ejercía en numerosos ranchos.

Movido por su amor a Dios, el padre Jenaro se preocupaba por la salvación de todos. Se esmeraba por la formación cristiana de los niños y él mismo les estudiaba el catecismo. Llegó a Tamazulita en el año de 1923, acompañado de sus padres. En este lugar ejerció su ministe­rio hasta su martirio.

Ante el ambiente persecutorio que había desatado el Gobierno, especialmente contra los sacerdotes, el P. Jenaro sintió en su corazón la impotencia de desempeñar conveniente­mente su ministerio, y lloró cuando se dio la orden de cerrar los templos.

Cuando se suspendió el culto público ejerció su ministerio sacerdotal a escondidas, en casas particulares y en las afueras del poblado. Guardaba el Santísimo Sacra­mento en una casa y él estaba cuidándolo de cerca. Era consciente del peligro que corría de morir pero, por atender espiritualmente a sus feli­greses, no se decidió a abandonarlos. En varias ocasiones comentó con algunos feligreses: “En esta persecución van a morir muchos sacerdotes y tal  vez yo sea uno de los primeros”.

Y así fue. El 17 de enero de 1927, el P. Jenaro andaba en el campo tendiendo lazos a los venados con un grupo de vecinos: Herculino, Crescenciano y Crescendo Castillo, Lucio Camacho, Ricardo Brambila, Agustín Chavarín y Juan Barajas. Vivía entonces en el rancho “La Cañada”, en casa de la familia Castillo. Por la tarde, al regresar al rancho, aquel hombre de Dios  y sus acompañantes, se dieron cuenta que andaban soldados buscándolos. Los compañeros le insistían al sacerdote para que se escapara, y pudo haberlo hecho, pero no trató de huir. Les dijo: “Vamos bajando todos. Si no me conocen, ya me salvé; si me conocen, me ahorcarán sin remedio, pero a ustedes nada les pasará, fuera del susto. Yo tengo esa confianza en Dios”.

Al llegar al rancho, todos fueron tomados presos. Al padre lo ataron junto con Agustín Chavarín, espalda con espalda,  y así se los llevaron a Tecolotlán. Después, el Capitán federal Arnulfo, mandó soltar a todos, menos al sacerdote.

El mismo día de su aprehensión, como a las once de la noche, llevaron al sacerdote a las orillas de Tecolotlán, a un cerrito que se llama “La Loma” o “Cruz Verde”, donde había un mezquite. A escasos diez metros del mezquite había una casita, don­de vivía la señora Jovita García, madre de Victoria Santos García, quien pudo darse cuenta de los hechos. La señora Jovita oyó mucha algara­bía y malas palabras, por lo que se asomó por los hoyos de las paredes de su casa y vio muchos soldados, quienes al llegar a aquel sitio hicieron una rueda y en medio quedó el futuro Mártir. Vio que le pusieron una reata al cuello y oyó que él dijo: ”Bueno, paisanos, me van a colgar; yo les perdono y que mi Padre Dios también les perdone, y siempre que viva Cristo Rey”. Luego los soldados jalaron de la reata con violencia de manera que la cabeza del padre pegó violentamente en la rama del mezquite donde habían colgado la soga. Allí lo dejaron colgado y se fueron.

Así estuvo el cuerpo hasta la madrugada, y antes de que amaneciera volvieron los soldados, le dieron un balazo en el hombro izquierdo, lo ba­jaron, y ya estando en el suelo el cadáver, un sol­dado le dio un ballonetazo que casi lo traspasó. El cuerpo del sacerdote quedó allí tirado toda la mañana. Estaba repechado al mezquite y lleno de hormigas; la gente que por allí pasó le hizo una sombrita. Ni la familia de Jovita, que había presenciado el crimen, ni los que pasaban, sa­bían que era el sacerdote de Tamazulita.

El 18 de enero, cerca de las once de la mañana, pasó por allí la maestra Angelita Fernández Lepe, quien reconoció el cadáver y dijo que era el padre de Tamazulita. Dieron aviso a la madre del P. Jenaro. Doña Julia llegó y, abrazando el cadáver de su hijo, lloró amargamente. Los ha­bitantes del lugar consi­guieron el permiso del jefe militar por medio del presidente munici­pal, Amado Lepe, para llevarse el cadáver a Tecolotlán, a la casa de la maestra Angelita Fernández Lepe, y allí lo velaron, porque las autoridades no permitieron que se lo llevaran al templo.

En “La Loma” o “Cruz Verde”, lugar del marti­rio, los fieles erigieron un monumento para re­cordar el sacrificio del sacerdote Mártir, quien estregó su vida por Cristo Rey y Santa María de Guadalupe.

San Mateo Correa Magallanes

El padre Mateo Correa Magallanes nació un 22 de julio de 1866 en Tepechitlán, Zacatecas, sus padres fueron don Rafael Correa y doña Concepción Magallanes.

Realizó los estudios primarios en Jerez y en Guadalajara, donde vivió de 1879 a 1881. Ingresó al Seminario de Zacatecas. Como era un estudiante ejemplar y aplicado, recibió una beca. Recibió la ordenación sacerdotal el 20 de agosto de 1893, y cantó su primera misa en Fresnillo, Zac.

Después de estar como capellán en algunos poblados, fue párroco de Concepción del Oro, donde conoció y tuvo amistad con la familia Pro Juárez. Dio la Primera Comunión a Miguel Agustín Pro Juárez quien, siendo sacerdote jesuita, también murió como mártir durante la persecución religiosa; y bautizó a su hermano Humberto, que murió con Agustín.

Mateo Correa ejerció su ministerio en Zacatecas y Jalisco, y fue conocido como Cura de los pobres, de los niños y de los jóvenes; además cumplió fielmente con las obligaciones de su sacerdocio: evangelizar y servir a los más pobres, obedecer a su obispo, unirse a Cristo Sacerdote y Víctima, especialmente al convertirse en mártir a causa del sello sacramental.

En dos etapas estuvo en la parroquia de Cocotlán, la segunda vez estuvo tres años, y en febrero de 1926 fue destinado a Valparaíso, Zacatecas, lugar en donde tuvo que soportar la persecución encarnizada y constante de los federales, capitaneados por el general Eulogio Ortiz, quien odiaba a muerte a los sacerdotes.

El 2 de marzo de 1926, llegó a Valparaíso, Zac., el general Ortiz; inmediatamente  supo que los jóvenes de la Acción Católica daban a conocer el manifiesto del comité central que expresaba el sentir de los católicos ante las leyes injustas de la Constitución, y juntaban firmas para pedir al Congreso de la Unión se derogaran tales leyes. Metió en la cárcel a los jóvenes acejotaemeros y, lleno de ira, mandó traer a los sacerdotes del lugar, el padre J. Rodolfo Arroyo y al párroco recién llegado, Mateo Correa. “Labor de paz” es cuanto se hace, contestó el P. Mateo. El general les mostró el manifiesto y la lista de firmas y les dijo: “¿Ésta es labor de paz?” El padre Arroyo dijo entonces que el Sr. Cura no sabía nada del manifiesto, porque acababa de llegar. El general contestó  que se los iba a llevar presos a Zacatecas.

Al ver que el pueblo estaba exaltado, el general Ortiz y los quince soldados que con él habían llegado al pueblo, se fueron de Valparaíso, pero dejó al presidente la orden  de que remitiera a Zacatecas a los dos sacerdotes y a los jóvenes acejotaemeros.

A pesar de las amenazas de muerte, el Sr. Cura Correa no quiso dejar solos a sus feligreses. A invitación del Sr. José María Miranda, pasó unos días en la hacienda de San José de Yanetes, a fines de diciembre de 1926. Estando allí, atendía las necesidades de los cristianos. El 30 de enero de 1927, Eleuterio García, del rancho Las Mangas, cercano a la hacienda de Sauceda, fue a pedir al padre que atendiera a su señora madre que estaba gravemente enferma. Pronto se fue a atenderla, acompañado de José María Miranda. En el camino los detuvieron y los llevaron a la prisión de Fresnillo. En la cárcel los presos se burlaban del sacerdote y lo injuriaban, él, pacientemente, sufría los ultrajes.

El 1º de febrero, por orden del general Ortiz, trasladaron en el tren a los dos presos a la ciudad de Durango, y los encarcelaron. El sacerdote se despidió de los acompañantes (allí estaba también su hermana) y les dijo que no lloraran, que él iba contento. Lo tuvieron preso tres días en una cárcel común. Desde allí escribió a sus hermanas: “Tiempo es ya de padecer por Cristo Jesús, que murió por nosotros”. Aquel hombre de Dios rezaba el rosario con los detenidos y los alentaba a vivir con fe y esperanza cristianas.

El día 5, después de la cena, el general Ortiz  mandó que le llevaran al P. Correa, y le pidió que confesara a unos cristeros que tenía detenidos y que estaban condenados a muerte, que después vería que hacía con él. El P. Mateo los confesó y preparó a bien morir. Cuando acabó de confesarlos el general le dijo: “Ahora usted va a decirme lo que esos bandidos le han dicho en confesión”. “¡Jamás lo haré!”, fue la respuesta. “¿Cómo que jamás?”, le replicó el general, y le gritó: “¡Voy a mandar que lo fusilen inmediatamente!”. “Puede hacerlo, -dijo el futuro Mártir-; pero no ignora usted general, que un sacerdote debe guardar el secreto de la confesión. Estoy dispuesto a morir”.

Fue fusilado en el campo, a las afueras de la ciudad de Durango, el 6 de febrero de 1927 y se abrieron, para aquel párroco abnegado y bondadoso, las puertas del cielo.

San Julio Álvarez Mendoza

Tenía 71 años de edad, y 34 como sacerdote cuando fue fusilado aquél abnegado hombre de Dios, Julio Álvarez.  La persecución lo sorprendió ejerciendo su ministerio en una zona rural de las más castigadas por el gobierno, en Mechoacanejo, Jal.,  donde se había dado una fuerte sublevación popular de protesta por parte de la gente que defendía su derecho a la libertad religiosa.

Nuestro Mártir nació en Guadalajara, el 20 de diciembre de 1866. Fueron sus padres Atanasio Álvarez y Dolores Mendoza. Ayudado por los patrones de sus padres pudo ingresar en un colegio superior y luego en el seminario de Guadalajara en el año 1880. De acuerdo con los informes rectorales del Seminario, se le revela dotado de inteligencia, constante en el estudio y piadoso. Su amor a la Santísima Virgen María lo llevó a inscribirse en la Congregación Mariana.

Recibió las órdenes sagradas el 2 de diciembre de 1894. Lo nombraron capellán de Mechoacanejo, de la parroquia de Teocaltiche, donde permaneció hasta 1921, en que la capellanía fue elevada a parroquia del Divino Salvador, siendo el primer párroco. El 95 % de la población de la zona era indígena de raza pura; el resto era mestiza. La población no pasaba de 500 habitantes.

Se distinguió por ser un hombre de oración, asiduo al rezo del breviario; devoto y atento en la celebración de la Santa Misa y en las prácticas piadosas de la Iglesia.

Desde su llegada a Mechoacanejo se distinguió por su celo pastoral, manifestado principalmente por la atención a la catequesis de niños y jóvenes, sin descuidar por ello  a las demás personas. Infundió a todos los feligreses un gran amor a Jesús Sacramentado y a la Santísima Virgen María.

Atendía a todos los ranchos por lejanos y difíciles que fueran, sin importar la hora y las condiciones del tiempo.

Celebraba la Santa Misa con profundo amor a Dios y solemnizaba los misterios del Señor: Fiesta de Corpus Christi, la Navidad, la Última Cena y otros más. Cuidaba con mucha delicadeza el templo, lo mantenía con decoro y limpieza.

El P. Álvarez era un hombre cariñoso, amable, bondadoso, caritativo, comunicativo y sencillo. Cuando debía reprender alguna falta de sus feligreses, lo hacía con prontitud y firmeza; pero siempre de la mejor manera, evitando herir a las personas y hasta disculpándose al final.

Vivió desprendido de todo, y en todo fue generoso. Las diferentes habilidades que poseía las puso al servicio del prójimo. Enseñó a sus feligreses el oficio de sastrería y él mismo hizo ropa que después repartió entre los pobres. También les enseñó a elaborar dulces, para que tuvieran otro trabajo que les ayudara en su economía familiar.

Ya desde 1915 había comenzado la persecución religiosa en México;  persecución legalizada en la Constitución de 1917, cuya paulatina aplicación llevaría al desenlace violento de 1926. Tal situación obligó al Episcopado a decretar la suspensión de culto público en todas las iglesias del país, ya que era imposible seguirlo ejerciendo en condiciones tan hostiles, creadas por el Gobierno, contra la Iglesia.

El Arzobispo de Guadalajara dejó a los sacerdotes en libertad para concentrarse en la ciudad o permanecer en sus parroquias. El párroco, siguiendo el ejemplo del arzobispo, prefirió quedarse en la suya. Celebraba y administraba los sacramentos ocultamente en los ranchos. Lo aprehendieron cuando se dirigía al rancho El Salitre, el 26 de marzo de 1927. Le acompañaban un muchacho y el sacristán. De camino toparon a los soldados federales. El sacerdote se distanció de sus acompañantes, para disimular. No estaban lejos cuando uno de los soldados se acercó y le besó la mano. Al darse cuenta de su error, trató de justificarse diciendo que era su padrino. En eso pasó un señor y le preguntaron quién era ese hombre, él respondió: “Es el Sr. Cura de Mechoacanejo”. El jefe de los soldados le preguntó si era sacerdote, y él no lo negó; lo arrestaron de inmediato junto con sus acompañantes

Allí comenzó su calvario. Primero los llevaron a Villa Hidalgo, luego a Aguascalientes; posteriormente a León, donde el general decidió enviarlos a San Julián, Jal. Los condujeron atados, privándolos de alimento. Al futuro Mártir, en especial, la tropa lo insultaba con odio; no le permitían que se sentara; o estaba de pie o de rodillas. Llegaron a San Julián llevando al P. Julio caminando, atado a la silla de un caballo.

El 30 de marzo de 1927 fue conducido al lugar de la ejecución. Serían como las 5:15 a.m. El Sr. Cura preguntó: “¿Me van a matar?”. “Esa es la orden que tengo”, respondió el militar. “Voy a morir inocente, dijo, porque no he hecho ningún mal. Mi delito es ser ministro de Dios. Yo les perdono a ustedes. Sólo les ruego que no maten a los muchachos porque son inocentes, nada deben”. Cruzó entonces los brazos y los soldados recibieron la orden del fusilamiento. Su cuerpo quedó tirado sobre un basurero cercano a la iglesia parroquial. Cuando la gente del pueblo se enteró de que habían matado a un sacerdote, acudió  con piedad a velarlo en la casa del sacristán José Carpio.

En el sitio donde fue aprehendido se erigió un monumento a la Santa Cruz, y otro en San Julián, donde fue martirizado. Ambos lugares son visitados por numerosos fieles que mantienen vivo el recuerdo de su vida ejemplar y muerte edificante.

3. Recorriendo los lugares de los Santos y Beatos. (Recorrido fotográfico)

1) San Jenaro Sánchez Delgadillo

Zapopan y Guadalajara, Jal.

Nochistlán, Zac. y Zacoalco de Torres, Jal.

San Marcos y Cocula, Jal.

Tamazulita y Tecolotlán, Jal.


2) San Mateo Correa Magallanes

Tepechitlán y Jerez, Zacatecas

Guadalajara, Jal. y Seminario de Zacatecas

Fresnillo y Concepción del Oro, Zac.

Colotlán, Jalisco y Valparaíso, Zacatecas

Noria de los Ángeles, Zac. y Huejúcar, Jal.

Guadalupe y Tlaltenango,  Zac.

Durango

3) San Julio Álvarez Mendoza

Guadalajara y Mechoacanejo, Jal.

Villa Hidalgo y Aguascalientes, Ags.

León, Gto. y San Julián, Jal.

4.- Un lugar para ellos. Santuario de los Mártires de Cristo (Recorrido fotográfico)

Anclas, armadura de borde

Asamblea principal

Acceso a urnas

Anclas, muro intermedio ala sur


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Los Mártires de Chalchihuites

1. México. Los primeros años del siglo XX.

En ese año convulsivo de 1926, después de haber entrado en vigor la llamada “Ley Calles”, de haberse cerrado los templos al culto, los obispos presentan al Congreso un memorial para que se modifiquen las leyes, pero su memorial fue rechazado con la excusa de que quienes lo firmaban habían perdido su calidad de ciudadanos mexicanos; la consecuencia inmediata fue el destierro de la mayoría de los obispos; seguido de otra petición con más de dos millones de firmas, presentada por la LNDLR, pidiendo la derogación de las leyes antirreligiosas; también es rechazada por el Congreso.

El gobierno lanzó una política programada, brutal y dura de represión contra la Iglesia. La aplicación de tal política varía de estado en estado de la República, dependiendo a veces del sentir de las autoridades estatales y locales. Calles cuenta con el apoyo de la CROM, del ejército federal, de los “agraristas” que controlan el campo, y del gobierno de los Estados Unidos, quien dio un notable giro en su política de apoyo a Calles con la llegada del embajador y banquero Morrow. La burocracia gubernamental y estatal, controlada por el secretario de Hacienda hasta 1926, Alberto J. Pani, se identifica con el gobierno callista.

La Iglesia refugió la acción pastoral en casas particulares. Mas no lo permitió el gobierno de Calles. La policía se dedicó a catear casas donde privadamente se celebraban los sacramentos, y los sacerdotes fueron perseguidos y buscados como malhechores. El gobierno de Calles tenía el propósito de acabar con la fe católica en el país.

2. México, tierra de Santos y Beatos.

Los Mártires de Chalchihuites:

San Luis Batis Ortega, Pbro. San Manuel Morales, laico. San Salvador Lara Puente, laico. San David Roldán Lara, laico.

El padre Luis Batis nació en San Miguel de Mezquital, Zac., el 13 de septiembre de 1870.

En la parroquia de Chalchihuites organizó y apoyo la Acción Católica de la Juventud Mexicana en la parroquia de Chalchihuites, así como las congregaciones marianas, los padres de familia, los obreros católicos y la naciente Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa en ese lugar.

El presidente municipal, Donaciano Pérez, y su secretario Refugio García, acusaron falsamente al señor Cura de convocar a la gente para que se levantara en armas contra el gobierno. Lo denunciaron con cartas y telegramas al jefe federal de la zona y a las autoridades superiores del estado, a la ciudad de Zacatecas. Inventaron la noticia de que el 15 de agosto los conspiradores se levantarían en armas. El comandante de la zona envió una compañía de soldados federales, bajo el mando del teniente Blas Maldonado, llegaron en dos automóviles la noche del 14 de agosto de 1926.

El padre fue detenido en la casa de los obreros, en donde pernoctaba debido a que los templos habían sido cerrados. La gente se movilizó para salvar la vida de su pastor. En la mañana del 15 se reunieron los dirigentes de las asociaciones parroquiales en la Botica Guadalupana para ver la forma de liberar al padre Batis. Irrumpió la tropa y tomó presos a Manuel Morales, David Roldán  y Salvador Lara, del grupo de la Acción Católica.

Manuel Morales era de Mesillas, Zac., nació el 8 de febrero de 1898. Era un hombre amable y trabajador, ejemplar esposo y padre de tres hijos. Fue un cristiano comprometido. Desempeñó el cargo de presidente del Taller de Obreros Católicos, secretario del Círculo de Obreros Católicos León XIII, miembro de la ACJM y presidente de la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa.

El 29 de julio de 1926, organizó con el señor Cura un encuentro público en la plaza de toros del pueblo en favor de la Liga para defender legalmente los derechos de la libertad religiosa y de la Iglesia. La asistencia fue muy numerosa. Esto provocó sospechas en el presidente municipal.  El discurso pronunciado por Manuel Morales fue el siguiente: “…os exhorto a pertenecer sin temores a la Liga, cuyos medios de obrar en nada atacarían el respeto al Gobierno constituido. ‘Dios y mi derecho’ es nuestro lema. Dicha Liga será pacífica, sin mezcla ninguna en asuntos políticos. Nuestro proyecto, suplicar al gobierno se digne ordenar la derogación de los artículos que oprimen la libertad religiosa. A los cuatro vientos y con el corazón henchido de júbilo, gritemos: ¡Viva Cristo Rey y la Morenita del Tepeyac!”

Cuando terminó de hablar se escucharon vivas a Cristo Rey y a la Virgen del Tepeyac.

El gobierno interpretó esas manifestaciones como un desafío y se sirvió de ellas como un ardid para reprimir a sangre y fuego los ‘conatos de rebelión’ o los ‘actos sediciosos en contra del Estado’, siendo ambos delitos del fuero federal y de penalidad máxima.

Al entrar los soldados a la botica en donde estaban reunidos dirigentes de los grupos católicos, uno de ellos nombró a Manuel, éste sin vacilar respondió: ¡A sus órdenes! Al instante recibió varios golpes con las culatas de los fusiles de los soldados, y fue conducido a prisión. Tenía 28 años.

Salvador Lara Puente nació en un rancho llamado Berlín en el estado de Durango. Pertenecía a una familia de agricultores. Había ingresado al seminario de Durango, pero tuvo que dejarlo para trabajar y ayudar a su familia.

Fue un joven responsable en su trabajo, servicial, jovial y abierto a todos. Era un buen cristiano, y practicaba su religión. Asistía asiduamente a la misa y comulgaba con frecuencia. Fue presidente de la ACJM y miembro de la Liga y del grupo de Obreros Católicos. Tenía 20 años cuando fue martirizado.

David Roldán Lara, era primo de Salvador, nació el 2 de marzo de 1902 en Chalchihuites, Zac. Quedó huérfano de padre cuando tenía dos años. Al igual que Salvador tuvo que salir del seminario para trabajar y ayudar a su madre y sus hermanos.

A los 17 años ya trabajaba en la mina El Conjuro, pronto se ganó la confianza de su patrón y lo colocó como uno de los pagadores de los obreros. Era un chico comprometido con su fe, comulgaba con frecuencia, apoyaba en la parroquia en las obras sociales de la misma y perteneció a la ACJM de la que fue presidente y a la Liga como vicepresidente.

Fue detenido en la botica por los soldados que detuvieron a Manuel y a su primo Salvador. Los tres jóvenes fueron conducidos a golpes y palabras groseras hacia la prisión.

Hacia el martirio

Los soldados saquearon la parroquia y la casa del señor cura Batis, se llevaron lo que quisieron, nada respetaron; destruyeron a su antojo.

Aquel 15 de agosto era la fiesta solemne de la Asunción de María, y además, día domingo, por lo que, desde muy temprano había personas del pueblo y de los alrededores, para celebrar la fiesta; su sorpresa fue enterarse del arresto del sacerdote y de los jóvenes.

Los pobladores fueron a hablar con las autoridades para pedir la libertad del señor Cura, y de los jóvenes, incluso ofrecieron una suma de dinero por su rescate. El teniente Maldonado engañó al pueblo haciéndoles saber que trasladarían a Zacatecas a los prisioneros para interrogarlos y que regresarían luego.

Sacaron a los cuatro detenidos, los llevaron hacia los carros, en uno subieron al Sr. Cura y a Manuel, en el otro a Salvador y a David. La gente se amotinó y cerró el cerco a los carros. El teniente, temeroso, pidió al párroco que calmara a la gente; así lo hizo, y les dijo: “¡Por favor, no me sigan, no pasará nada!”.

Ya cerca de un lugar llamado Puerto de Santa Teresa, fueron bajados de los vehículos, se formó el cuadro y se dio muerte al padre Batis y a Manuel Morales. El señor

Cura recibió el tiro en la frente, se dobló en cuclillas, elevó las manos al cielo y se desplomó, rodando por la ladera su sombrero panamá.  Más adelante, la comitiva se detuvo, se formó el cuadro y fueron fusilados David y Salvador. Los cuatro recibieron el tiro de gracia.

3. Recorriendo los lugares de los Santos y Beatos. (Recorrido fotográfico)

MEZQUITAL, ZACATECAS


BERLÍN, DGO.

SUCHIL, ZAC.

MESILLAS, ZAC.


CHALCHIHUITES, ZAC.

4.- Un lugar para ellos. Santuario de los Mártires de Cristo (Recorrido fotográfico)

Anclas de borde

Cimbra, acero y concreto

Estructura de acceso a urnas

Vista frontal

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La Ley Calles y los intentos pacíficos de los católicos

1. México. Los primeros años del siglo XX.
Durante el mandato del presidente Plutarco Elías Calles, las relaciones entre México y Estados Unidos fueron tensas, debido a los problemas del petróleo y de los bienes e intereses norteamericanos en México. Calles declara, por medio de leyes en las que, el petróleo es un bien de la nación, y que se prohibía comprar tierras cerca de la frontera. El 7 de enero de 1926, pidió al Congreso poderes extraordinarios para reformar el Código Penal influir más directamente y obligar a los gobernantes a obedecerle con la fuerza de la ley. La persecución del siglo XX (la Iglesia Católica ha sido perseguida desde sus orígenes), se fue agravando, el gobierno expulsó a más de 200 sacerdotes extranjeros. El siguiente paso fue contra la obra educativa y social de la Iglesia. Fueron clausurados arbitrariamente numerosos templos, colegios, asilos y las obras de caridad cristiana más significativas.
El 14 de junio de 1926 fue aprobada la ley conocida como Ley Calles, que contenía 33 artículos atentatorios contra libertad religiosa, dicha ley fue promulgada el 2 de julio y entró en vigor el 31 de ese mes. Entre otras cosas, esa ley limitaba el número de sacerdotes a 1 por cada 6 mil habitantes y donde estableció que los sacerdotes del país debían registrarse con el presidente municipal y solo podrían ejercer quienes tuvieran licencia otorgada por el Congreso de la Unión o del estado correspondiente. Nadie puede enseñar religión en ninguna escuela primaria, ni aun en las particulares. Se prohíben en México los votos religiosos, se decreta la disolución y supresión de todo tipo de monasterios, conventos o comunidades religiosas. Supresión de la libertad de prensa en materia religiosa. Todo lo que son templos, casas curales, residencias episcopales, seminarios, asilos y colegios religiosos dejan de ser suyos y ahora son del gobierno federal, quien determinará qué hacer con ellos.

2. México, tierra de Santos y Beatos.

En febrero de 1926, el Papa Pío XI envía una carta apostólica a los obispos mexicanos Paterna sane sollicitudo, en la que una vez más apoyaba la protesta contra la Constitución de 1917, protestó ante la injuria que se le hizo con la expulsión o impedimento del regreso de sus delegados, monseñor Filippi y monseñor Cimino después.

Considerando que, agotados todos los recursos para un diálogo con el Gobierno, y viendo que la situación persecutoria era más patente y que se impedía a los ministros y fieles católicos, el ejercicio de su libertad de culto,  los obispos publicaron una Carta pastoral colectiva anuncia la suspensión de cultos en todas las iglesias del país a partir del 31 de Julio, diciendo así:
“… En la imposibilidad de continuar ejerciendo el ministerio consagrado según las condiciones impuestas por el decreto, después de haber consultado con Su Santidad Pío XI y obtenida su aprobación, ordenamos que desde el día treinta y uno de julio del presente año, hasta que dispongamos otra cosa, se suspenderá en todos los templos de la República el culto público que exija la intervención del sacerdote.

Dejamos los templos al cuidado de los fieles y estamos seguros que ellos conservarán con toda solicitud los santuarios que heredaron de sus mayores o los que a costa de sacrificios consagraron y construyeron y consagraron ellos mismos para adorar a Dios…

Dada el 25 de Julio de 1926.

José, arzobispo de México, Martín, obispo de Yucatán, Leopoldo, arzobispo de Michoacán, Francisco, arzobispo de Guadalajara, Juan, arzobispo de Monterrey, Rafael, obispo de Veracruz, Pascual, obispo de Tabasco,…”

Aquella carta causó un gran dolor a los fieles cristianos, pero aceptaron aquella medida con la esperanza de que mejoraría la relación entre Estado e Iglesia.

El 31 de julio entró en vigor la Ley Calles, ese mismo día, a la media noche, se celebró la última misa en todos los templos del país. El domingo 1º de agosto, los templos amanecieron cerrados. El ambiente era de duelo general ya que, más del 90% de la población era católica.

3. Recorriendo los lugares de los Santos y Beatos. (Recorrido fotográfico)

Mérida, Yucatán

Monterrey, N.L

Villahermosa, Tabasco

4.- Un lugar para ellos. Santuario de los Mártires de Cristo (Recorrido fotográfico)

Muro posterior e intermedio, ala sur


Muro posterior, ala norte

Muro intermedio con ménsulas, ala norte

Muro intermedio y ménsulas, ala sur

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